Mostró cómo restaura las Barbies que todos darían por perdidas y se convirtió en un fenómeno viral
Diego Gregoras trabaja en el aeropuerto, pero en sus horas libres les devuelve la vida a muñecas y bebotes antiguos. Una infancia sin prejuicios, el valor de los detalles y la emoción de quienes recuperan un pedazo de su pasado.
Detrás del usuario que hoy cautiva a miles de personas en las redes sociales reparando muñecas, hay una historia que cruza la nostalgia, los lazos familiares y un profundo respeto por los afectos ajenos. Diego Gregoras trabaja desde hace años en el aeropuerto, un ámbito de horarios cruzados y ritmos vertiginosos que nada tiene que ver con el universo de hilos, pinturas y texturas al que le dedica sus horas libres en su atelier.
Su fascinación por estos objetos no es nueva; nació en su niñez y creció de manera orgánica gracias al entorno que lo rodeaba, en una época donde los roles de juego solían ser mucho más rígidos que en la actualidad. Las muñecas siempre me gustaron, jugaba con las de mi hermana, pensaba en cómo dejarlas más lindas, así que a veces pienso que la restauración fue algo que toda la vida tuve y simplemente con el tiempo fui puliendo, reconoce con ternura en diálogo con TN.
Cuando veía publicidades de muñecas en revistas pensaba: ay, ¿cómo serán? Qué lindas. Pero cuando conocí a Barbie quedé fascinado. Siempre me llamó la atención el pelo largo, cuando era chiquito mi hermana tenía el pelo largo y le decía ¿te puedo jugar al peluquerito?, agregó.
A lo largo de su infancia, los regalos significativos reforzaron esa pasión: Para Reyes una vez pedí una muñeca y me la regalaron. Mis papás nunca me prohibieron jugar. Cuando era chico había una muñeca que se llamaba Pequitas que me la regaló una amiga de la familia y estaba feliz. Me acuerdo que en el colegio las chicas jugaban y les pedía jugar con las Barbies.
A la distancia, Diego (IG @grego.atelier) valora enormemente la libertad y la contención que recibió en su hogar, algo clave para que su vocación se desarrollara sin mochilas ni mandatos. Lo bueno es que nunca jamás mis papás me dijeron esto no se puede, no está bien, es de nena, jugá a la pelota. Creo que eso hizo el proceso más natural, que lo pueda disfrutar normalmente. No es como hoy que un nene juega con la muñeca y nadie dice nada. Era otro momento y se los agradeceré infinitamente.
Del aeropuerto al ensayo y error artesanal
Su labor diaria atendiendo pasajeros le dio una sensibilidad especial para tratar con personas, además de permitirle conectar con su pasión en otras partes del mundo. Atiendo pasajeros en el aeropuerto, entré en el 98 trabajando en una tienda de artículos regionales, una amiga trabajaba en Aerolíneas Argentinas y caí ahí, cambié de compañía, estuve un año sin hacer nada y volví hace unos años. El aeropuerto es muy particular, hay días que me levanto 2:30, el movimiento de gente, la dinámica, son cosas que te da muchas herramientas de conocer personas, de ver actitudes y la posibilidad de viajar en su momento. Me permitió ir a Praga y en una exhibición de Barbie, ver cosas grosas de muñecas. Vivís al revés del mundo, pero hay cosas buenas, sostiene.
Sin embargo, cuando las luces del aeropuerto se apagan, Diego se encierra en su propio mundo. El oficio de restaurar lo aprendió de manera autodidacta, impulsado por una mezcla de curiosidad, perfeccionismo y el recuerdo frustrado de un reparador barrial de su infancia que solo peinó un poco la muñeca maltratada de su hermana.
Su primer gran desafío técnico llegó en 2009, en Mar del Plata: A mí me llamaba mucho la atención el tema de la refacción de muñecas, pero no había tutoriales, era a prueba y error, hay cosas que se me fueron ocurriendo hacerlas porque siempre tuve en mente el trabajo artesanal, el arreglar y armar. Una vez vi una muñeca de la Mujer Maravilla que quería y tenía el pelo como una paja de escoba. Yo había conseguido una muñeca de Jazmín de Aladín que tenía el pelo divino y ahí dije ¿cómo podré hacer para cambiarlo?. Así fui sacando mechita por mechita, le fui agregando todo hasta que quedó bien. Después fui viendo si le faltaba pintura en la cara, la ropa, soy medio obsesivo con los detalles y la estética, la vara alta para todo, porque creo que va de la mano una cosa con la otra. Cuando me dicen hacé algo así nomás, no puedo, soy súper observador, ver el detalle y que esté bien me encanta.
Como en todo proceso de aprendizaje, hubo tropezones. Un día una compañera de trabajo me dio sus Barbies, me la trajo en una bolsa y me dijo experimentá y me las dejás mejor, cuando termines me las das. Ahí me interioricé un montón más. Previo a eso le quise hacer un peinado a una y le quemé todo el pelo sin saber. Lo que me pasaba primero era frustración y después pensé esto lo tengo que poder solucionar, que es algo que me dio mi trabajo también, que la solución la tenés que buscar rápido y bien.
El desafío de restaurar tesoros cargados de historia
Para Diego, cada muñeca es un mundo desconocido y un reto estructural que requiere paciencia absoluta, lejos de los mensajes que a veces recibe en las redes sociales de manera jocosa. Yo veo a la muñeca y digo esto va a quedar de tal manera, es como un trabahobby, como me gusta llamarlo. Me lleva muchísimo tiempo y convive con mi trabajo en el aeropuerto.
Aunque hoy cobra por cada restauración, admite que le cuesta ponerle precio a una labor tan minuciosa y desgastante, donde los clientes no buscan un juguete nuevo, sino recuperar un pedazo de sus propias vidas: Cuando me mandan una para hacer estoy continuamente en contacto para que las personas se queden tranquilas porque ellos depositaron su afecto en mí, sino no la repararían, la tirarían a la basura. Hoy lo cobro pero me cuesta poner un valor, no tengo un parámetro de cuánto cobrar, porque es algo que te lleva horas y horas, y que me gusta hacer en mi tiempo libre".
Aunque su preferencia inicial era el universo Barbie, la realidad de las familias argentinas golpeó a su puerta en forma de recuerdos de la infancia de padres y abuelos. La mayoría de consultas son por muñecas antiguas, de los 70 u 80, que son las que tenían ojos, que el pelo se les arruinaba, que las escribían con birome. Esas son las que más trabajo te llevan, son grandes y cada cosa es un rato largo de trabajo, hay que desarmarla, limpiarla, lavarla. Si los ojos están bien hay que cuidarlos, que no les entre agua. Si hay que cambiar los ojos hay que removerlos, si tienen pelo es más difícil porque si das el calor que necesitás se puede quemar. Quizás tengo solo cinco horas libres y estoy todas con esto. En general llegan muy destruidas. Con una que tenía que cambiarle el pelo nada más estuve un día desde las 21 a las 5 y al otro día de las 13 a las 23, solo haciendo eso. Algunas, inclusive, me llevaron un mes o mes y medio.
Detrás de cada plástico gastado, de cada articulación rota o pelo reseco por los años, hay historias familiares que quiebran la voz de cualquiera. Eso es lo que verdaderamente moviliza a Diego a seguir adelante. Me escriben muchísimo y me dicen me la regaló mi papá que ya no está, o era de mi abuela. Una señora me escribió diciéndome que era de la hija que había fallecido. Valoro muchísimo que me confíen algo con tanta importancia afectiva. Uno de los bebotes que tengo subido a mis redes era un bebote que una chica amaba, se lo había regalado su papá y cuando lo vio arreglado se re emocionó. Está buenísima esa devolución. Yo creo en la energía de las cosas y si tirás esa energía al aire para darle la vuelta a algo y eso le genera algo a otro es re lindo", asegura.
Un éxito viral que no se esperaba
El salto a la masividad en las redes no estuvo en sus planes. Fueron sus propias compañeras quienes lo empujaron a mostrar lo que hacía entre cuatro paredes. Me impulsaron un poco, yo no le veía la vuelta de hacer una cuenta de Instagram de muñecas, pero dos amigas del trabajo me insistían y yo decía ¿qué voy a subir?, no tenía idea de nada. Me insistieron tanto que lo hice y al principio los veían solo la gente del trabajo y algunos conocidos. Los fui moldeando, pero no me imaginé que iba a tener tanta repercusión, se confiesa.
El momento del quiebre definitivo ocurrió un fin de semana, casi por accidente: Surgió con la muñeca Fiorela, subí el video en la madrugada de un sábado con 400 seguidores. A la tarde me fui a encontrar con un amigo que venía de visita y cuando volví a ver ya había llegado a los 500 seguidores. A la noche volví a mirar y tenía 900 y pico. Me resultó raro, miraba los perfiles y eran perfiles de gente común. No entendía qué podía pasar para que sumen seguidores, al otro día me levanté y tenía casi 2000 y estaba súper sorprendido. Para cuando subí la segunda parte de ese video todo empezó a crecer y empecé a interactuar.
Me parecía impensado que mi trabajo tuviera tanta visualización, fue una sorpresa pero agradezco enormemente, sostiene el artesano que hoy ya cuenta con más de 65 mil seguidores.
El cable a tierra que no quiere que se vuelva una obligación
A pesar del aluvión de mensajes, pedidos y nuevos seguidores, Diego tiene muy en claro cuál es el lugar que este arte debe ocupar en su vida. No busca convertir su pasión en una fábrica a contrarreloj; el secreto está en respetar el ritual de cada pieza. Tengo que poner todo de mí para que esa muñeca que llegó como llegó, se vaya en un estado aceptable, insiste.
La idea es seguir, intentar hacerlo, sacrificarme. Esto no tiene nada que ver con mi trabajo, si bien lo tomo como uno no quiero ponerle ese título para no agregarle el peso de que todo tiene que ser en un tiempo y de una forma estipulada, sobre todo para no quitar el disfrute de los procesos y tiempos de restauración que a veces me genera más de lo previsto y tampoco para no generarme presión, señala Diego.
Por eso, reconoce: Amo ir a ferias, a mercados de fines de semana y ver, buscar qué hay, es una aventura, ver qué conseguir y cómo lo puedo arreglar, es medio un entretenimiento y quiero respetar los tiempos y que siga teniendo eso de lo artesanal. El trabajo de restauración requiere muchísima dedicación, precisión y hacerlo con mucho amor.
Mientras tanto, en su propia casa, conserva su espacio personal, rodeado de las figuras que admira y encontrando en la terquedad de su signo zodiacal la fuerza para no rendirse ante los cabellos enredados o los mecanismos trabados. Otro hobby que también tiene es el modelado de figuras que hace 100% a mano, desde cero, inclusive desde antes que existiera el 3D.
Tengo mis muñecas, debo tener menos de 50 y me gusta tenerlas exhibidas, no tengo tanto espacio y las vengo alternando con una colección muy grande de Madonna. La mayoría las tengo en caja en el living porque me gusta verlas y estéticamente me parecen divinas. También tengo un par de la Mujer Maravilla que son mis joyitas, pero me mido mucho, asegura.
Sobre el final, Diego habla sobre su rutina a la hora de desconectar del mundo y reconectar con la magia: Esto es como una aventura, no sabés con qué te vas a encontrar, no sabés qué vas a hacer, pero le tenés que encontrar la vuelta, es un ensayo y un aprendizaje cada muñeca. Trato de que no suene el teléfono, tener la tele baja, música, pero sí trato de dejar el celular que es el principal foco de atracción y necesito focalizarme. He pasado horas desenredando pelo, haciendo un peinado, que parece pero no es sencillo. Soy re contra mil autocrítico pero doy lo mejor de mí y eso está bueno.
El mundo de las muñecas me parece mágico, fascinante. Mi favorita es Barbie, desde que salió en 1959 hasta las de los principios de los 2000, son las que mas me gustan por la estética, por la variedad, el detalle y por toda esa magia que tiene. Pero aunque sea Barbie, Rayito de sol o Yoly-Bell, siempre que veo una muñeca que está en un estado que cualquiera la tiraría a la basura, la proyecto como nueva y cómo quedaría después de los trabajos que pudiera realizar. Para mejorarla, para que quede nueva, brillante, darle otra oportunidad y que siga vigente muchos años más, concluye con la mirada fija en su próximo desafío, sabiendo que en cada restauración no solo arregla plástico, sino que devuelve pedacitos de felicidad olvidados en el tiempo.