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Provinciales
Clarin 10/07/2026 08:27 3 min de lectura

Una noche en la avenida Corrientes

Sobre "Charly y la fábrica de chocolate", el Indio Solari y una reflexión sobre lo real y lo soñado.

Una noche en la avenida Corrientes
Foto: Clarin

Un sábado, ya tirando a la noche, fui con mi hijo a un musical : Charlie y la fábrica de chocolate. A la salida, me invitó a cenar en El Almacén de la calle Suipacha: desde allí se domina perfectamente la esquina de la calle Corrientes. Y mientras esperábamos nuestra orden, hablamos de la importancia de la imaginación para Roald Dahl. En esta historia, tras la fachada oscura de la fábrica, se esconde un valle interior atravesado por un río de chocolate caliente y árboles de caramelos. Allí, lo impensable se materializa porque, para Dahl, la verdadera imaginación no evade sino que obra ante lo imposible. Es una fuerza moral que construye, y Willy Wonka es un inventor movido por la imaginación. También comentamos que nos resultó increíble el paseo aéreo de Wonka y Charlie por sobre la platea...

Dentro del restorán se escuchaba, a lo lejos, Ji ji ji, de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, un tema genial, de ambigüedad exquisita, que deja imaginar lo que a uno le parezca; aunque el propio Indio refirió, una vez, que: es un poco la paranoia de la droga () de cuando alguien está a la deriva dentro de esa situación. Otros creen que es un asunto de la noche urbana y la identidad perdida. Pero nuestra plática dahliana se vio interrumpida por un golpe inesperado de la realidad. Desde una TV del local, puesta en mute, vemos que la policía antimotines enfrenta los aparentes excesos de una gran concentración en homenaje al Indio Solari, muerto un día antes. Lo cierto es que esa misa ricotera derivó en violencia.

Transmiten imágenes de unidades de efectivos policiales uniformados de negro, avanzando en formación de bloque compacto por Corrientes para contener a los manifestantes. Eso lo muestra la pantalla. Pero, justo cuando nuestros ojos buscan la esquina de Corrientes estamos apenas a 250 metros del Obelisco, verificamos lo que ocurre. Es una comprobación in situ que produce una sensación muy extraña: la TV nos da imágenes del suceso, pero nos basta con posar la mirada en la esquina y observar la realidad física. Lo más raro es que suena: No lo soñé, yeh / los ojos ciegos bien abiertos / no mires, por favor.

Me aturde la sensación de estar dentro de la realidad y la ficción a la vez. No obstante, el coro de Solari, No lo soñé, sirve de autoconfirmación; pero al otro día no estoy seguro de nada. Es como haberlo soñado.

La conversación dahliana de El Almacén parece expandirse más allá de nuestra inexperta crítica teatral. Sucede entonces que la gente entra asustada al restorán. Busca refugio. Dos señoras, algo grandecitas, se sientan cerca de nuestra mesa, y una llora de puro miedo. Me acerco y le doy una botella de agua mineral y un vaso. Ella me mira, sonríe y me pregunta si le tengo miedo a esos quilombos. Le digo que no tanto, y me dice: ¿Vos sos venezolano?. Sí, señora. Imagino que has visto cosas horribles. Me apretó las manos y añadió: Gracias.

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