¿De quién nos independizamos cuando nos hacemos grandes?
Entre el fantasma de la tutela familiar y el derecho a decidir, la salud mental en la vejez libra hoy su propia batalla de Tucumán.
¿De quién nos independizamos cuando nos hacemos grandes?
Hoy es 9 de Julio y el aire huele a pastelitos de membrillo y chocolate caliente. En medio de esta modorra patria, me acordé de Don Tito, un paciente de 78 años que la semana pasada cruzó la puerta de mi consultorio con los ojos encendidos y una frase que todavía me retumba en la cabeza: "Doctor, mis hijos me declararon la guerra de la independencia... pero los realistas son ellos". Su delito, según la familia, había sido querer mudarse solo frente a la plaza.
La anécdota de Tito no es un caso aislado; es la foto cotidiana de una colonización silenciosa que camina por nuestras calles entrerrianas. Asociamos la independencia con próceres de bronce, con actas firmadas en Tucumán y batallas a caballo, pero pocas veces nos sentamos a pensar en la independencia subjetiva. Esa soberanía íntima, diaria, que consiste simplemente en tener el derecho a decidir sobre la propia vida, sobre el propio cuerpo y sobre los propios errores.
En el consultorio, tras veinte años de escuchar dolores y búsquedas, uno aprende que la peor pérdida de libertad no viene de un ejército extranjero. Viene camuflada de amor filial, de hiperprotección y de discursos médicos que se olvidan del sujeto. Nos pasa a todos cuando los años se nos vienen encima... El entorno empieza a decidir por nosotros: qué comemos, cuándo salimos, en qué gastamos la jubilación y, lo que es peor, qué nos tiene que doler y qué no.
Ahí es donde la salud mental se vuelve un territorio en disputa. En mis años de docencia en la universidad siempre les machaco a los estudiantes la misma idea: no hay salud mental posible sin autonomía, sin subjetividad. Si le quitamos a una persona mayor la capacidad de elegir, le estamos quitando el deseo. Y un sujeto sin deseo es, llanamente, un sujeto deprimido... un cuerpo tutelado que espera el final sin oponer resistencia.
Muchas veces me toca ver esta realidad. Es una pelea cultural hermosa pero agotadora. Todavía arrastramos ese modelo del "viejito" como un objeto pasivo de cuidado, alguien a quien hay que abrigar, sentar frente al televisor y callar cuando la conversación se pone seria. Nos cuesta horrores entender que el envejecimiento activo no es un eslogan de folleto ministerial; es una conquista de derechos que se defiende con las uñas.
La teoría psicoanalítica nos habla de la importancia de desasirse de las figuras parentales para poder crecer, de esa necesaria independencia del nido. Pero en la vejez asistimos a un proceso inverso y perverso: son los hijos los que intentan colonizar la subjetividad de los padres. "Es por su bien", argumentan con un paternalismo que asusta. Y ahí es donde debemos plantar bandera... porque el cuidado que anula la voluntad del otro no es amor, es dominación.
Por supuesto que la salud mental requiere de un entramado interdisciplinario, de médicos, trabajadores sociales y psicólogos trabajando codo a codo. Pero ningún andamiaje profesional sirve si no tiene como norte la soberanía del paciente. Don Tito, con su rebeldía a flor de piel, me recordaba que la vejez no tiene por qué ser un territorio dócil ni un tratado de capitulación.
Esta tarde, mientras los gurises jueguen en la Plaza Ramírez y la ciudad celebre la gesta de 1816, yo me voy a quedar pensando en las otras independencias que todavía tenemos pendientes. Esas que no figuran en los manuales de historia escolar, pero que salvan vidas todos los días en el silencio de un consultorio o en la mesa de un comedor familiar.
Al final del día, la soberanía nacional no es solo una frontera geopolítica bien custodiada. Es, sobre todo, la libertad de poder decir "yo elijo" hasta el último suspiro, sin que nadie nos venga a expropiar el deseo en nombre de nuestra propia seguridad... ¿Estaremos realmente preparados para bancarnos la libertad de nuestros viejos, o preferimos seguir teniéndolos bajo nuestra cómoda y protectora tutela?