La palabra que cambió la historia: el error de traducción que aceleró las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki
Un término japonés con múltiples significados fue interpretado por Estados Unidos como un rechazo absoluto al ultimátum de rendición. Cómo mokusatsu quedó en el centro de una de las decisiones más dramáticas del siglo XX y por qué todavía se debate
El mundo entró en la era atómica por un malentendido. La hecatombe que desataron las bombas arrojadas por Estados Unidos sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, el 6 y el 9 de agosto de 1945, fue provocada por un error de traducción, o de interpretación, por una inferencia mal hecha, por una palabra japonesa que originó una deducción equivocada. Parece tonto, pero fue así. Desde entonces, también el mundo vivió bajo la amenaza nunca admitida del todo de entrar en un desastre atómico por error, por impulso, por imprudencia y hasta por vanidad: Chernóbil lo grita todavía.
La palabra japonesa que liberó el átomo es mokusatsu. Se trata de dos caracteres kanji, que es uno de los tres sistemas de escritura japonesa, que tienen reglas generales a la hora de combinarlos, porque cada uno tiene una función y un significado diferente.
Los caracteres kanji son de origen chino, sinogramas, que llegaron a Japón alrededor del año 57 después de Cristo, y que aún hoy tienen significados distintos según haya sido su origen: chino o japonés. Mokusatsu, la palabra de la discordia, está compuesta por dos caracteres kanji y por dos palabras: moku, que significa silencio, y satsu, que quiere decir asesinato. Asesinar con el silencio. Matar con el desprecio, con el desdén. Es casi un insulto, una bofetada. La palabra tiene acepciones más benignas: también significa ignorar, no tener en cuenta, desestimar, desairar, desdeñar; todos significados más amplios, benévolos y comprensivos que matar con el silencio y el menosprecio.
Fue mokusatsu la palabra que usó el primer ministro de Japón, Kantaro Suzuki, para rechazar el pedido de rendición incondicional con el que los aliados, Estados Unidos, Gran Bretaña y la URSS, emplazaron a Japón, entre fines de julio e inicios de agosto de 1945, para poner fin de una buena vez a la Segunda Guerra Mundial. Los tres grandes, como se les llamó entonces, el presidente de Estados Unidos, Harry Truman (Franklin Roosevelt había muerto en abril), el primer ministro británico Winston Churchill y el dictador soviético José Stalin, se habían reunido en Potsdam, en la derrotada Alemania y cerca de la que había sido la Cancillería del Tercer Reich, donde se había suicidado Hitler, para terminar de definir las nuevas fronteras continentales. Buscaban fijar las condiciones de reconstrucción de Europa y decidir qué hacer con Japón, el único país que seguía en guerra en el Pacífico.
Los aliados exigieron a Japón la rendición incondicional.
El primer ministro Suzuki contestó mokusatsu.
Después llegaron las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki.
Mokusatsu, la palabra que anticipó el desastre sobre Hiroshima y Nagasaki
Todo empezó el 17 de julio de 1945 cuando Truman, Churchill y Stalin se reunieron en Potsdam. El estadounidense llegó con un secreto: un día antes, el 16 de julio, en Nuevo México, los científicos de EE.UU., de la mano de Robert Oppenheimer, habían detonado la primera bomba atómica y comprobado su poder devastador.
Mientras Truman estrechaba las manos del Churchill y de Stalin, en su bolsillo descansaba un telegrama que la anunciaba: El niño ha nacido bien. El niño, Little Boy, era la atómica.
Los tres grandes debatieron en Potsdam lo que habían iniciado cinco meses antes, en febrero, en la conferencia de Yalta que de alguna forma marcó el inicio de la Guerra Fría: cómo iban a quedar delineadas las fronteras de Europa, en especial los volátiles límites del Este que se sacuden aún hoy en Ucrania, y qué hacer con Japón. También discutieron otros asuntos que podían juzgarse como menores, pero que no lo eran. Por ejemplo, Stalin insistió, en vano, en que los aliados rompieran relaciones con la España de Francisco Franco, nada más lejos de las intenciones de Estados Unidos.
Los aliados calcularon sus pérdidas de guerra en 200 mil millones de dólares ¡de 1945! Pero convinieron en obligar a Alemania a pagar solo 20 mil millones en productos industriales y mano de obra, y dividieron al país derrotado en dos: una Alemania del Este y otra del Oeste.
Toda la conferencia de Potsdam, con el fantasma de Japón rondando las conversaciones, transcurrió como en un juego de póker entre tres jugadores experimentados. Truman le reveló a Churchill que Estados Unidos disponía de la atómica, pero a Stalin le dijo sólo que su país disponía de un arma, una bomba, de un poder devastador. Stalin no reaccionó. Churchill pensó que no se había dado cuenta de la importancia de la revelación de Truman, y así lo dice en sus memorias. Pero Stalin estaba al tanto de todo, sobre todo por el accionar de sus espías en el Proyecto Manhattan, como se llamó el desarrollo de la bomba en Estados Unidos: cuando regresó a Moscú, ordenó de inmediato acelerar los planes de desarrollo atómico de la URSS.
El 26 de julio y después de nueve días de deliberaciones, los aliados, que pronto serían enemigos, redactaron un documento que definía cuáles serían las condiciones de la rendición japonesa. Era de una dureza impresionante e incluía, sin revelarla, la amenaza atómica. En su parte final, el documento decía con cruda elocuencia: Hacemos un llamado al gobierno de Japón para que proclame ahora la rendición incondicional de todas las fuerzas armadas japonesas y para que brinde garantías adecuadas de su buena fe en tal acción. La alternativa para Japón es la destrucción rápida y total.
Otro fragmento de la declaración de Potsdam equiparaba al Japón del futuro con la Alemania destruida y también advertía la capacidad de fuego de las fuerzas aliadas: El resultado de la resistencia alemana, fútil e insensata, al poderío de los pueblos libres del mundo, se presenta con terrible claridad como un ejemplo para el pueblo de Japón. El poder que ahora converge en Japón es inconmensurablemente mayor que el que, cuando se aplicó a la resistencia nazi, necesariamente arrasó las tierras, la industria y el método de vida de todo el pueblo alemán.
La plena aplicación de nuestro poder militar, respaldada por nuestra determinación, significará la inevitable y completa destrucción de las fuerzas armadas japonesas y, de manera igualmente inevitable, la total devastación de la patria japonesa.
Esa frase, la total devastación de la patria japonesa, sería esencial en los días por llegar. El documento aliado de Potsdam se deslizaba incluso hacia la osadía: le sugería a Japón, más bien pretendía imponerle, cuál debía ser su futuro y adjudicaba los males causados al imperio a una casta militar, imperialista y fanática, que había aliado a esa tierra a los destinos del Eje, de Adolfo Hitler y de Benito Mussolini.
El punto seis de ese instrumento, que contenía cierto aroma a humillación, decía: Debe eliminarse para siempre la autoridad e influencia de quienes han engañado y extraviado al pueblo de Japón para que se embarque en la conquista del mundo, pues insistimos en que un nuevo orden de paz, seguridad y justicia será imposible hasta que el militarismo irresponsable sea eliminado, expulsado del mundo () Ha llegado el momento de que Japón decida si continuará bajo el control de esos voluntariosos asesores militaristas, cuyos cálculos poco inteligentes han llevado al Imperio de Japón al umbral de la aniquilación, o si seguirá el camino de la razón. Y luego intimaba: Los siguientes son nuestros términos. No nos desviaremos de ellos. No hay alternativas. No toleraremos demoras.
Valga la ironía, el emplazamiento de Potsdam cayó como una bomba en el imperio japonés. Los aliados se habían cuidado muy bien de meter en la disputa al emperador Hirohito, pero imponía condiciones al gobierno del primer ministro Suzuki y a sus jefes militares, mientras anunciaba una justicia severa para todos los criminales de guerra; concedía muy poco al país a punto de ser derrotado: a sus soldados se les permitiría regresar a casa y vivir una vida constructiva y en paz. Y nada más.
En Tokio, los señores de la guerra estaban temerosos y ofendidos. La declaración aliada fijaba condiciones que les parecían inaceptables, como les parecía desatinada la crudelísima y amenazante parábola con la Alemania nazi recién vencida. Japón estaba al borde del abismo y envuelto en un dilema insoluble: podía aceptar perder la guerra, pero rendirse era inaceptable.
La cultura japonesa, y no solo la cultura militar, prefería la muerte antes que la siempre deshonrosa abdicación. Japón ya ni siquiera podía sostener la guerra que libraba, ni en términos logísticos ni en términos humanos. Pero estaba dispuesto a dar la vida por el emperador; los planes eran llevar la guerra a Tokio, obligar a los aliados a invadir la isla y pelear allí la batalla final, calle por calle, casa por casa. Más o menos lo mismo había anunciado Churchill ni bien nombrado primer ministro en su discurso Jamás nos rendiremos.
El principal adversario de Japón, Estados Unidos había calculado que la invasión a Japón depararía un costo altísimo en vidas aliadas, cerca de un millón de muertos: aceptar el desafío japonés implicaba proseguir por un largo tiempo aquella guerra insensata, algo que no figuraba en los planes aliados. Además, en aquella casi espectral mesa de póker, los aliados sabían algo más que los japoneses no sabían que los aliados sí sabían: el gobierno de Suzuki intentaba llegar a un final negociado del conflicto: se lo habían propuesto a diplomáticos de la URSS, el único aliado que no guerreaba contra Japón. Truman y Churchill también emplazaron a Stalin para que declarara la guerra al imperio, algo que el soviético haría recién el 8 de agosto, cuando ya ardía la segunda atómica en Nagasaki.
Ahora era Japón quien tenía que responder a la declaración de Potsdam que había despertado un profundo rechazo. El ministro de Guerra, general Korechika Anami, se opuso a todos los puntos expuestos por los aliados. Lo respaldaron el ejército y todos los jefes de la Armada Imperial que exigieron, además, que la humillante declaración fuese contestada punto por punto.
El Ejército también exigió que las demandas aliadas que condicionaban a Japón fuesen conocidas por todos los habitantes del Imperio. El canciller Togo Shigenori logró que todo el gabinete de Suzuki le autorizara a traducir el documento de Potsdam para darlo a conocer a la población. Lo hicieron, pero censurado: quitaron las frases relativas a la total devastación de la patria japonesa y la que anunciaba una justicia severa para los criminales de guerra.
Leé también: La noche en que una función de ópera en Berlín puso al mundo al borde de la guerra nuclear
La frase que hablaba de la total devastación era una ofensa para el orgullo nipón y en especial para su militarismo, y para sus militares, que durante casi medio siglo, desde la victoria sobre Rusia en 1905, había creado el mito del Sol Naciente y el de una tierra elegida para dominar Oriente y también buena parte del mundo. La diplomacia del imperio no ignoraba, no podía hacerlo, que las exigencias aliadas estaban escritas en un lenguaje diplomático militarizado, fiero, rudo, casi brutal, en el que campeaba todavía el rencor del ataque a Pearl Harbor en diciembre de 1941.
Para las fuerzas armadas japonesas, aceptar los términos de la Declaración de Potsdam implicaba desmantelarse a sí mismas, lo anticipaba el artículo seis, y esa inmolación era tan inaceptable como la rendición incondicional. El poder militar y buena parte del poder civil presionaron al primer ministro Suzuki para que rechazara la declaración aliada.
El ultimátum, en su versión mutilada, fue dado a conocer por de la agencia de noticias Domei Press, bajo control militar, y publicado en la edición del 28 de julio, el día siguiente a su firma por parte de los tres grandes, por el diario Ashai Shimbum; el diario también informó que el pedido aliado de rendición incondicional, puesto en manos de las autoridades japonesas por diplomáticos suizos, había sido rechazado por el gobierno imperial.
Ese mismo día, por la tarde, el primer ministro Suzuki dio una conferencia de prensa y habló de mokusatsu. Fue la primera declaración oficial de rechazo al ultimátum aliado, a la Declaración de Potsdam y a cualquier intento de terminar con la guerra en el Pacífico. Suzuki dijo que la intimación aliada era una reiteración (usó la palabra yakinaoshi) de otras propuestas aliadas que habían sido ya rechazadas. No era verdad: ésta contenía al menos dos advertencias sobre el oscuro destino que esperaba a Japón si se negaba a la rendición incondicional.
Luego, Suzuki hizo un agregado. En literatura, también en periodismo, hay una regla de oro jamás escrita que sugiere, más bien aconseja, algo muy simple: cuando una palabra pueda ser interpretada de dos o más formas, hay que usar otra palabra. Suzuki dijo esa tarde, para dar por terminada su conferencia de prensa: En representación del Gobierno Imperial, y en relación con la declaración conjunta de Estados Unidos de América, Inglaterra y China que no transmite algo que tenga algún valor significativo, posiblemente es algo a ser mokusatsu.
En otras palabras, el ultimátum de Potsdam que no tenía para Japón algún valor significativo, podía ser algo matado por el silencio, por el desprecio; aquello no valía nada para Japón, ni siquiera iba a ser tenido en cuenta, era poco menos que basura. El primer ministro Suzuki no ignoraba ni la acepción de la palabra mokusatsu, ni su alto valor simbólico. Era un honorable veterano de setenta y siete años, había sido almirante de la Armada Imperial, se había opuesto a enfrentar a Estados Unidos antes de Pearl Harbor y durante toda la guerra; abogaba por la paz y en los días por venir, ya con Hiroshima y Nagasaki en llamas, contribuiría a las negociaciones con los aliados; fue Suzuki quien fijó los términos con los que el emperador Hirohito llevaría la guerra a su fin, y sobrevivió a dos atentados contra su vida en la mañana del 16 de agosto de 1945, cuando esas negociaciones alumbraban la aceptación incondicional de Japón, como lo exigía Potsdam.
¿Por qué Suzuki usó la palabra mokusatsu? Fue un misterio que se llevó a la tumba: renunció ni bien se hizo pública la rendición, su gobierno había durado menos de cinco meses, y murió tres años después de la guerra, el 17 de abril de 1948.
El historiador americano John Toland, autor entre otras obras de El sol naciente, sostuvo años después que mokusatsu estuvo destinada a la imperiosa necesidad de Suzuki de aplacar la furia militar japonesa ante lo inevitable, antes que responder a los aliados. Tal vez Suzuki confió en que los aliados leyeran mokusatsu en su significado más benévolo, como un simple rechazo del ultimátum de Potsdam y no con el significado que en realidad tenía: asesinado por el desprecio y la indiferencia.
También se culpó a la prensa, esto de responsabilizar a los medios por todo no es algo nuevo, por la interpretación de la palabra. Hasegawa Saijni, traductor de Domei Press, la agencia de noticias controlada por los militares, fue señalado como quien interpretó la frase de Suzuki y usó el humillante matar con desprecio, en vez de usar una palabra más piadosa que implicara un rechazo del ultimátum.
Es extraño, pero todos los protagonistas de esta historia, civiles, militares, orientales, occidentales, periodistas, diplomáticos, traductores, que se enfrentaron a mokusatsu le dieron a la palabra el sentido más grave. Tal vez todo haya sido algo más que un trágico error en cadena. También es verdad que Suzuki pudo admitir que la propuesta aliada se parecía a otras y que declararía algo después de reunirse con su gabinete; pudo descolgarse con el habitual sin comentarios y ganar un par de horas de tiempo hasta adoptar una estrategia más benévola para aquel Japón derrotado. Pero dijo mokusatsu.
Los aliados también le dieron a la palabra su sentido más grave y despectivo. Los tres grandes ya no eran los mismos: derrotado en las elecciones británicas, Churchill había viajado a Londres el 25 de julio y su lugar en Potsdam lo ocupaba ahora el primer ministro electo, el laborista Clement Attlee. Truman, Attlee y Stalin coincidieron con que Japón no aceptaría la rendición incondicional: la guerra iba a continuar. Potsdam concluyó el 2 de agosto. Ese mismo día, ya a bordo del buque de guerra Augusta y de regreso a Estados Unidos, Truman dio luz verde al lanzamiento de la bomba atómica sobre Japón.
En Los Álamos, la primera arma nuclear de la historia se armó en tiempo récord y llegó a la isla de Tinian, en las Marianas, para ser cargada en el bombardero B-29 Enola Gay al mando del comandante Paul Tibbets. Dada la peligrosidad del arma que llevaba en su bodega, la atómica se terminó de montar para su estallido durante el vuelo hacia Japón.
Seis ciudades del sur del imperio eran blancos posibles del ataque: Hiroshima, Kioto, Nagasaki, Yokohama, Kokura y Niigata. El lunes 6 de agosto, sólo cuatro días después del visto bueno de Truman, un cielo nuboso cubría los objetivos a ser bombardeados con una única y poderosa bomba. Un desgarrón en el banco de nubes le permitió distinguir a Tibbets el perfil de Hiroshima, una mano abierta con sus dedos extendidos, y decidió lanzar la atómica sobre esa ciudad. El jueves 9, otra bomba nuclear cayó sobre Nagasaki.
Leé también: El día que Reagan desafió a la URSS frente al Muro de Berlín y la frase que anticipó el derrumbe del comunismo
El 15 de agosto, con las dos ciudades todavía en llamas por las explosiones nucleares que mataron en el acto a más de 200 mil personas, después de un intento de golpe militar a cargo de los señores de la guerra, que preveía el traslado del emperador a una isla alejada de Tokio y la continuidad de la lucha, y después de la declaración de guerra de la URSS y de la invasión soviética a Manchuria, Japón aceptó rendirse incondicionalmente. Lo proclamó, a su modo, el propio Hirohito en un mensaje grabado que se emitió incluso por altavoces instalados en los parques y plazas del imperio: era la primera vez que el emperador hablaba a su pueblo.
Hirohito leyó un largo texto de once fragmentos bien definidos y hasta numerados. En uno de ellos, dijo: () Sin embargo, en consonancia con los dictados del tiempo y del destino quiero, aun soportando lo insoportable y padeciendo lo insufrible, abrir un camino hacia la paz duradera para todas las generaciones futuras () Me trago mis lágrimas y otorgo mi sanción a la propuesta de aceptar la proclamación de los aliados según ha explicado el ministro de exteriores.
La rendición fue firmada el 2 de septiembre a bordo del acorazado Missouri de los Estados Unidos, anclado en la Bahía de Tokio, en una ceremonia de los aliados presidida por el general Douglas MacArthur.
Y entonces, la palabra mokusatsu pasó al olvido.