Viñateros del Valle de Uco pierden $2,65 millones por hectárea - Informe Digital
La rentabilidad quedó en rojo: recuperan apenas el 62% de los costos y advierten que pequeños productores podrían abandonar.
Los productores vitivinícolas del Valle de Uco, en Mendoza, encendieron una alarma por el derrumbe de la rentabilidad. Según el relevamiento difundido durante una recorrida de dirigentes rurales, producir una hectárea de vid hoy deja un quebranto de $2,65 millones y empuja a muchos establecimientos a trabajar a pérdida.
La preocupación quedó expuesta durante una recorrida realizada por el presidente de Confederaciones Rurales Argentinas (CRA), Carlos Castagnani, junto con dirigentes de la Sociedad Rural del Valle de Uco y productores de la Cooperativa Vitivinícola San Carlos Sud.
De acuerdo con el relevamiento presentado en el encuentro, producir una hectárea de vid demanda hoy alrededor de $7.050.000, mientras que el ingreso estimado alcanza $4.400.000. El resultado es un quebranto de $2.650.000 por hectárea, con una recuperación de apenas el 62% de los costos operativos, sin contar tierra, infraestructura ni rentabilidad del capital.
El principal componente del costo es la mano de obra, con $3 millones por hectárea. Después aparecen los insumos agrícolas ($1,5 millones), maquinaria y rodados ($900.000), cosecha y acarreo ($800.000), combustibles y lubricantes ($600.000), energía eléctrica ($200.000) e impuestos y servicios.
La rentabilidad es totalmente negativa. Solamente alcanzamos a recuperar el 62% y tenemos una pérdida del 38%. Esto va totalmente en desmedro de la actividad y vos te vas achicando cada vez más, resumió Claudio Giusti, vicepresidente de la Cooperativa Vitivinícola San Carlos Sud y presidente de la CAR de Mendoza, en diálogo con LA NACION.
El dirigente explicó que, frente a este escenario, muchos productores postergan inversiones indispensables para sostener la productividad. Todos los años hay que cambiar entre el 10 y el 15% de la estructura: palos, alambres y otros materiales que con el tiempo se van desgastando. Eso lo vas evitando porque directamente no lo podés afrontar. También cuesta mucho fertilizar, y eso va todo en desmedro de tener una buena producción, tanto en cantidad como en calidad. Es como una rueda que te va achicando, señaló.
A eso se suma el aumento de los costos energéticos, especialmente en una región donde el riego es indispensable. Nosotros invertimos en riego por goteo para ser eficientes con el agua, pero hoy no te alcanza para mantener la energía que necesitás para regar ese viñedo, afirmó.
Giusti advirtió además que quienes todavía riegan por surco enfrentan una presión extra por la menor disponibilidad hídrica. Cada vez hay menos agua. El sistema es por turnos y no alcanzás a dar la vuelta para regar toda la viña. Eso termina produciendo una baja de producción, explicó.
Además de la mano de obra, los productores señalan que la presión impositiva, el combustible y los agroquímicos siguen encareciendo la actividad. Está todo dolarizado. Mantenemos un dólar más o menos estable, pero igual influyen muchísimo los abonos, los herbicidas y los productos para curar la viña. Tenemos costos en alza y precios en baja. La disparidad es tremenda, sostuvo.
El dirigente remarcó además que se trata de una actividad muy demandante de mano de obra y que cualquier retroceso repercute rápido en las economías locales. Si no podés ocupar mano de obra, eso se ve en el comercio, en toda la actividad y en la vida de los pueblos que dependen del agro. Hay que tener mucho cuidado cuando se habla de cambiar la matriz productiva, porque muchos pueblos viven de esta actividad, afirmó.
Según Giusti, la situación golpea a todos los establecimientos sin distinción de tamaño. El 100% de los productores está en situación crítica. Este año fue complicado tanto para el productor chico como para el mediano y el grande. Acá no hay economía de escala; sufre tanto el grande como el pequeño, aseguró. No obstante, consideró que los pequeños viñateros son los que enfrentan el mayor riesgo de desaparecer.
Los productores de cinco hectáreas van a tener que abandonar la actividad porque no pueden afrontar ni siquiera la poda, que es lo primordial para comenzar el año productivo, advirtió. El problema se agrava porque cambiar de actividad requiere fuertes inversiones y tiempo. Una viña necesita tres años desde que se planta hasta tener la primera cosecha. Es muy difícil mudarse de actividad porque necesitás una espalda financiera para esperar todo ese tiempo, explicó.
A la pérdida de rentabilidad se suma la demora en la cadena de pagos. Las bodegas le pagan al productor, como mínimo, a seis o siete meses, indicó Giusti. No obstante, aclaró que la situación también afecta a la industria elaboradora. Las bodegas también tienen costos. El aumento de la energía elevó muchísimo su costo de producción y tampoco les está siendo muy rentable. Hay mucha diferencia entre las bodegas que venden vinos con marca propia y las trasladistas, que venden vino para que otro lo envase y comercialice. Esa disparidad también termina influyendo sobre el productor, dijo.
A su entender, el eslabón primario sigue absorbiendo los mayores ajustes. Siempre la variable de ajuste termina siendo el último eslabón de la cadena, resumió. Incluso señaló una paradoja que refleja el desbalance de la actividad. Hoy es más caro todo lo que viste una botella que el producto en sí. La botella, el corcho, la etiqueta y todo el packaging cuestan más que el vino que llevan adentro. Es muy difícil y hasta triste decirlo, lamentó.
Pese al complejo panorama, Giusti sostuvo que existen oportunidades de largo plazo vinculadas a la apertura de mercados. Hay algunas cosas que dan una luz de esperanza, como los tratados de libre comercio con la Unión Europea. Nuestra producción es de mucha calidad y el productor trata de ser competitivo, dijo.
Sin embargo, remarcó que el desafío inmediato pasa por evitar que desaparezcan establecimientos antes de que esos beneficios puedan materializarse. Si logramos exportar más, creo que a largo plazo esto tiene que salir bien. El tema es salvar a los productores para que no queden en el camino, afirmó. En ese sentido, indicó que mantienen conversaciones con distintos organismos para acceder a herramientas financieras.
No necesitamos un crédito de un año. Necesitamos financiamiento que acompañe al productor, porque atrás del productor hay muchas familias, mucho comercio y está la vida de los pueblos, concluyó.