Adiós a la calefacción a gas: cómo funciona la opción que reduce la emisión y baja los costos a largo plazo
En el último tiempo, con el objetivo de ahorrar a largo plazo y promover la eficiencia energética, surgieron nuevas alternativas.
Mientras millones de hogares todavía dependen del gas natural para calefaccionar sus viviendas o calentar el agua, algunas ciudades comenzaron a acelerar un cambio profundo en su matriz energética. Nueva York se convirtió en uno de los principales ejemplos de esta transición, con nuevas regulaciones que buscan reducir progresivamente el uso de combustibles fósiles en edificios residenciales.
El proceso, de todas formas, no surgió de manera aislada. En gran parte, esas zonas tomaron como referencia las experiencias europeas, especialmente el modelo alemán, donde la crisis derivada de la guerra en Ucrania obligó a repensar el consumo doméstico. El aumento de los precios del gas y la necesidad de reducir la dependencia externa impulsaron políticas de largo plazo orientadas a sistemas más eficientes y menos contaminantes.
En ese contexto, la tecnología que gana terreno es la de las bombas de calor, que ya se están instalando en miles de viviendas. Estos equipos permiten tanto calentar como refrigerar los ambientes empleando electricidad, con una eficiencia superior a la de los mecanismos tradicionales. Aunque la inversión inicial suele ser más elevada, lo cierto es que las proyecciones indican una reducción de costos operativos a largo plazo.
Las bombas de calor transfieren energía calórica de un espacio a otro gracias a la termodinámica, cuyos principios explican que es posible usar la energía presente en el agua, el aire (aerotermia) o en la tierra (geotermia) para calentar o enfriar ambientes.
De ese modo, la bomba de calor toma la energía de un ambiente y la cede a otro. Así, en invierno se transfiere al interior y, en verano, se invierte el proceso.
Qué ciudades implementaron el uso de las bombas de calor eléctricas
La estrategia se apoya también en objetivos ambientales un tanto más amplios. Los edificios representan una de las principales fuentes de emisiones contaminantes en las grandes ciudades, por lo que reemplazar los sistemas habituales es una pieza clave dentro de los planes de descarbonización urbana.
La meta es reducir el impacto vinculado al cambio climático sin comprometer el confort térmico de los hogares. Sin embargo, este proceso intermedio no está exento de tensiones: sectores del mercado inmobiliario advierten que la infraestructura eléctrica aún debe fortalecerse para soportar una mayor demanda, mientras que muchos propietarios señalan el alto costo de afrontar esta alternativa.
A pesar de estas dudas, las políticas públicas avanzan en ese sentido y cada vez más lugares observan esta opción como una posible hoja de ruta de cara al futuro cercano.
La calefacción, así, deja de depender completamente de combustibles fósiles y comienza a integrarse en un entramado mucho más complejo, donde la eficiencia y la reducción de emisiones se vuelven criterios centrales para muchos países. Alemania y Estados Unidos, por ejemplo, convergen en una misma dirección, que es transformar la manera en la que se calientan las casas en el siglo XXI.
Cuál es el costo de los nuevos sistemas de calefacción para el hogar en Argentina
En Argentina, esa transición avanza de forma desigual: depende excesivamente del poder adquisitivo individual o familiar y del tipo de residencia que habitemos. Hoy, un equipo de aire acondicionado split frío/calor inverter con instalación, uno de los más implementados, se ubica aproximadamente entre los $500.000 y más de 4 millones de pesos. Por ello, es la propuesta más extendida por costo inicial medio y eficiencia en consumo.
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En cambio, un calefactor a gas sigue siendo la alternativa más barata para instalar, con rangos que van desde los $310.000 hasta los $700.000, aunque depende de la red disponible y del mantenimiento asiduo. Las tecnologías más avanzadas, como la aerotermia -bombas de calor centralizadas- todavía tienen valores muy altos en el país, ya que puede superar los 15 millones de pesos. Su ventaja es el fuerte ahorro a largo plazo.