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TN 08/07/2026 09:56 5 min de lectura

Por qué la responsabilidad de proteger el cerebro infantil es tarea de los adultos y no de los algoritmos

Columnista invitada (*) | En los últimos 20 años, la infancia experimentó una gran transformación. Hoy los chicos crecen en un mundo digital y, lo que comenzó como un televisor en el comedor familiar, se convirtió en un universo de dispositivos portá

Por qué la responsabilidad de proteger el cerebro infantil es tarea de los adultos y no de los algoritmos
Foto: TN

Durante los primeros años de vida, el cerebro infantil posee una asombrosa plasticidad: se moldea según lo que vive día a día. Por naturaleza, ese sistema nervioso en desarrollo espera estímulos del mundo real: observar rostros, tocar diferentes texturas, aprender a hablar interactuando con otros y, fundamentalmente, aprender a gestionar el aburrimiento.

El universo digital irrumpe en esta rutina con una oferta imposible de rechazar. Los juegos, las redes sociales y los videos de reproducción automática están diseñados para atraparnos: utilizan algoritmos que provocan ráfagas intermitentes de dopamina, un neurotransmisor clave para la motivación, el placer y la recompensa.

Al deslizar el dedo y obtener una respuesta inmediata, el cerebro registra un logro sin esfuerzo físico ni mental. El riesgo científico es que se eleva el umbral del aburrimiento. En comparación con la velocidad del entorno digital, el mundo real (donde aprendemos a leer, esperamos un turno para jugar o armamos un rompecabezas) se vuelve lento y carente de estímulo.

Lo que las pantallas no pueden enseñar

En los más pequeños, el aprendizaje depende de la interacción humana bidireccional. Un niño menor de 2 años puede imitar un movimiento o repetir una palabra que vio o escuchó en una pantalla, pero es incapaz de trasladar ese conocimiento al mundo real con la misma eficacia que si lo hubiera aprendido de alguien presente físicamente.

El lenguaje se adquiere mediante el intercambio de miradas, balbuceos, gestos y la forma de hablar entre seres humanos. Cuando un dispositivo interrumpe esta dinámica, las consecuencias pueden ser un vocabulario más pobre y un desarrollo tardío de la capacidad de ponerse en el lugar del otro; esa habilidad clave para comprender pensamientos e intenciones ajenas, que es la base misma de la empatía.

El impacto en el cuerpo y la mente

El sedentarismo asociado al ocio digital ha disparado los índices de obesidad infantil y dolores posturales prematuros. A esto se le suma el aumento global de casos de miopía, provocado por el esfuerzo desmedido de la vista de cerca.

Sin embargo, los daños más profundos ocurren a nivel neurológico y emocional. La lluvia constante de impactos visuales, notificaciones y recompensas inmediatas alteran el descanso. La luz azul de las pantallas confunde al reloj biológico, frena la producción de melatonina y provoca insomnio, lo que al día siguiente se traduce en irritabilidad, falta de rendimiento escolar y problemas de memoria.

El resultado es el debilitamiento de ciertas funciones del cerebro, como la capacidad de concentración profunda, la planificación y el autocontrol. Un niño acostumbrado a la velocidad digital pierde el entrenamiento de la paciencia, volviéndose más propenso a la frustración.

El costo de hacer todo a la vez

La neurociencia desmintió categóricamente el mito de la infancia multitasking. El cerebro humano es incapaz de procesar dos tareas complejas al mismo tiempo; lo que hace en realidad es alternar rápidamente entre ellas. Esta conmutación de tareas tiene como resultado una alta fatiga cognitiva, menor retención de la memoria y elevación de los niveles de cortisol, la hormona del estrés.

A este desgaste biológico, se le suma el aislamiento social que genera el consumo individual e ilimitado de contenidos, esto debilita el desarrollo de las habilidades sociales y de la empatía, que solo se aprenden en el mundo real.

La Sociedad Argentina de Pediatría (SAP), propone una regulación basada en las distintas etapas del crecimiento:

- De 0 a 2 años: se desaconseja por completo el uso de pantallas ya que interfieren directamente con el neurodesarrollo temprano.

- De 2 a 5 años: limitar el uso a un máximo de una hora diaria, priorizando contenido educativo de alta calidad y siempre acompañados por un adulto que ayude a procesar la información.

- Entre los 5 y los 12 años: el tiempo máximo recomendado es de una hora y media por día, preferentemente acompañados por un adulto.

Al llegar a la adolescencia, el control estricto de los padres pierde terreno. Los adolescentes se mueven en las redes con independencia, crean contenido, chatean y buscan refugio en grupos virtuales que tengan sus mismos intereses y emociones. Sin embargo, detrás de esa aparente seguridad frente a la pantalla, no hay que olvidar que están transitando una etapa de enorme vulnerabilidad.

El desafío de los adultos es involucrarnos para educarlos en el valor de su privacidad y protegerlos de amenazas reales como el cyberbullying, el grooming, los retos peligrosos o las falsas expectativas sobre su propia imagen corporal. La clave está en sostener límites claros y consistentes, cuidando que el mundo digital no desplace al sueño, la actividad física diaria y el contacto social cara a cara.

Aunque los dispositivos nos deslumbran con su tecnología, carecen de algo fundamental: la capacidad de autorregulación. Por eso, la responsabilidad de proteger el cerebro infantil no es de los algoritmos; es tarea de los adultos. El secreto está en lograr que la tecnología funcione siempre como un aliado para expandir el conocimiento y nunca como un sustituto de la vida misma.

(*) Dra. Laura B. Oviedo (M.N. 114.690 M.P. 227.736), médica especialista jerarquizada en Clínica pediátrica, especialista en Alergia e Inmunología Clínica, miembro de la Sociedad Argentina de Pediatría y miembro Titular de la AAAeIC.

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