El fútbol, otra vez
No había alcanzado a conciliar el sueño, cuando escuché la vuvuzela. Un soplido largo, casi una catarsis. A los pocos minutos, los fuegos artificiales, estruendos, gritos. La algarabía de un gol en
No había alcanzado a conciliar el sueño, cuando escuché la vuvuzela. Un soplido largo, casi una catarsis. A los pocos minutos, los fuegos artificiales, estruendos, gritos. La algarabía de un gol en el Mundial. Y no era un gol cualquiera.
No puede ser pensé todavía en la cama.
Y el celular empezó a vibrar, como si tuviese vida propia. Un vistazo a los resultados en vivo. No tuve más remedio que levantarme.
Porque, te confieso, me fui a dormir luego del segundo gol de Egipto, el que anularon por la falta al Licha Martínez. Me había levantado demasiado temprano y todavía me daba vueltas una foto con un referente de La Derecha Diario. ¿Hacía falta? Esa contradicción entre fingir demencia y alentar a este equipo que se metió en la piel de la gente.
Me gusta el fútbol. Y los Mundiales son especiales.
A pesar de mis resquemores con este que se juega en la tierra que bombardea a niños en Irán y que presiona sin disimulo para revisar la expulsión de un jugador estadounidense. Pero, ¿Cómo no emocionarse con una remontada que nadie esperaba?
Ayer, Scaloni decía que en el grupo le dicen «La llorona». Y este equipo tiene la virtud de permitirte que te emociones, que te abraces con un desconocido, que saltes, grites y revivas una y otra vez goles y jugadas.
¿El fútbol opio de los pueblos? Puede ser.
O quizás no y pienso en las banderas palestinas que aparecen en las tribunas, en las denuncias que brotan desde las propias entrañas del imperio. El fútbol y un escenario de disputas.
También es un Mundial que me recuerda a otro, de equipo golpeado que llegó a la final en 1990, con un gobierno neoliberal como el de ahora. Las lágrimas de Diego contra Alemania. Las de Messi, al finalizar el encuentro con Egipto.
Porque no estamos jugando bien, ¿No?
Pero con estos ya no tan pibes algunos nunca se sabe.
Casi dos horas después, salí a caminar por el barrio.
Me contaban que el centro de la ciudad era una marea celeste y blanca, un océano de bocinazos y cánticos. Por acá barriada popular en la cercanía calles medio cortadas, banderas y camisetas celestes y blancas por donde mires.
Una nena en los hombros de su papá y sus mejillas con tres rayitas celestes y blancas.
Otro envuelto en un trapo que necesita renovación.
Que hermoso deporte que es el fútbol, pese a mis innatas cualidades de patadura, el que mandaban como defensor, porque había que ponerlo en algún lado, para raspar y tirar la pelota afuera.
Y ayer, parecía todo perdido, solo quedaba la porfía de ir hacia adelante.
Pasa un auto destartalado, un brazo asoma de una ventanilla con una botella de cerveza en la mano. ¡Aguante Argentina!
Retruco con un bocinazo.
Horacio Beascochea
Publicado también en Con letra propia