Ella tenía 18 años, él 22 y se cruzaron en julio de 1918: la historia de amor más célebre y dolorosa del sigo XX
Vivieron rodeados de glamour, fiestas y dinero, pero detrás de las fotografías perfectas se escondía una relación marcada por los celos, el alcohol, las infidelidades y la enfermedad. Zelda y Scott Fitzgerald, la pareja que simbolizó una era y cuyo m
Pasión, brillo, ambición, celos, enfermedad, traiciones, internaciones, alcohol, fama y una pregunta que atraviesa toda la historia: ¿se amaban o se destruyeron mutuamente?
La tarde era húmeda y pesada en Montgomery, Alabama. Corría julio de 1918 y el calor parecía pegarse a la ropa. Así fue el día que el futuro se cruzó con el deseo.
Ella tenía 18 años y era la joven más comentada de la ciudad. Él tenía 22 y acababa de llegar como teniente del ejército estadounidense para entrenarse antes de partir a la Primera Guerra Mundial. Ella era Zelda Sayre. Él era Francis Scott Key Fitzgerald. Ninguno imaginaba que aquel encuentro terminaría convirtiéndose en una de las historias de amor más célebres y dolorosas del siglo XX.
Zelda había nacido el 24 de julio de 1900. Era la menor de seis hermanos. Su padre, Anthony Dickinson Sayre, era juez de la Corte Suprema de Alabama. Su familia pertenecía a la aristocracia más respetada del sur estadounidense. Desde muy chica había demostrado una personalidad imposible de domesticar. Bailaba, fumaba cuando casi ninguna mujer respetable lo hacía, nadaba con trajes considerados escandalosos para la época y disfrutaba provocando comentarios. Era inteligente, hermosa y completamente imprevisible.
Scott, en cambio, había nacido el 24 de septiembre de 1896 en Saint Paul, Minnesota. Pertenecía a una familia que conservaba el prestigio social, pero no la fortuna económica que alguna vez había tenido. Desde adolescente estaba convencido de que sería escritor. Lo deseaba con una intensidad feroz. Más que dinero, más que estabilidad, más que cualquier otra cosa.
Cuando conoció a Zelda quedó fascinado. Ella representaba todo lo que soñaba: belleza, juventud, elegancia y ese brillo social que él siempre había sentido que le faltaba. Zelda quedó intrigada por aquel oficial delgado que hablaba sin parar sobre literatura, fama y futuro. Años más tarde, Scott anotaría en uno de sus registros personales que se había enamorado de Zelda el 7 de septiembre de 1918. También escribiría a un amigo: La amo, y ese es el principio y el fin de todo.
Comenzaron a verse durante los bailes organizados para los militares. Muy pronto se volvieron inseparables.
Cuando terminó la guerra, Scott fue dado de baja y se mudó a Nueva York decidido a triunfar. En parte, o sobre todo, porque se había enamorado de una mujer que no quería casarse con un fracasado.
Pero el éxito no llegó. Tenía un trabajo mediocre en una agencia de publicidad y ganaba poco dinero. Zelda empezó a dudar. Lo quería. Pero también sabía que el matrimonio significaba seguridad económica, y Scott no podía ofrecérsela.
En 1919 Zelda rompió el compromiso. La decisión dejó al escritor devastado. Se encerró a revisar una novela que ya había sido rechazada varias veces por las editoriales. Era una apuesta desesperada. La obra se llamaba This Side of Paradise (A este lado del paraíso). Cuando finalmente una editorial aceptó publicarla, la vida de ambos cambió para siempre.
El libro apareció en marzo de 1920 y se convirtió en un fenómeno inmediato. Cuenta y analiza la moral del joven protagonista en tiempos de guerra. De un día para otro, Scott se volvió famoso. Una semana después, Zelda aceptó casarse.
El 3 de abril de 1920 se casaron en Nueva York. Ella tenía diecinueve años. Él tenía veintitrés. Parecían los protagonistas perfectos de una nueva generación.
Durante los años veinte se transformaron en celebridades. Nadie representaba mejor el espíritu de la llamada Era del Jazz, una expresión que el propio Fitzgerald ayudó a popularizar.
Vivían entre hoteles de lujo, viajes, fiestas interminables y titulares de prensa. Los periodistas los perseguían. La sociedad los imitaba. La gente quería vestirse como ellos, beber como ellos y vivir como ellos.
En octubre de 1921 nació su única hija, Frances Scott Fitzgerald, conocida como Scottie. Pero incluso durante los momentos de mayor felicidad, había algo que comenzaba a romperse. Poco después del parto, Zelda pronunció una frase que Scott inmortalizaría cuatro años más tarde en El gran Gatsby, en boca de Daisy Buchanan: Espero que sea una hermosa tonta. Es lo mejor que una mujer puede ser en este mundo. Aquella línea terminaría convirtiéndose en una de las más célebres de la literatura del siglo XX.
Scott bebía cada vez más. Mucho más. ¿De qué escapaba? Y Zelda empezaba a sentir que había quedado atrapada dentro del personaje que su marido estaba construyendo. Porque Scott no solo escribía sobre ella. También utilizaba fragmentos de sus diarios, cartas y conversaciones para sus novelas y cuentos. A veces sin pedirle permiso.
A Zelda le molestaba profundamente. Sentía que su vida estaba siendo convertida en literatura por otra persona. Incluso por el hombre que amaba. Con ironía, Zelda solía decir que el plagio empieza en casa. Y, sin embargo, para Scott seguía siendo su gran musa. Cuando publicó El gran Gatsby le dedicó la novela con una frase tan breve como elocuente: Una vez más, para Zelda.
En 1924 se instalaron en Francia. Allí, en París, comenzaron los celos y las grietas. Se relacionaron con la generación de escritores estadounidenses expatriados que incluía a Ernest Hemingway y otros artistas de la época. Además, Zelda desarrolló una intensa relación con el aviador francés Edouard Jozan. Incluso llegó a plantear la posibilidad del divorcio. La crisis terminó, pero Scott jamás volvió a confiar plenamente en ella y esa herida marcaría el resto de la relación.
La ciudad luz parecía el centro del mundo. Pero mientras la reputación literaria de Scott crecía, Zelda buscaba desesperadamente una identidad propia. Quería ser algo más que la esposa de Fitzgerald.
Se obsesionó con el ballet. Aunque había comenzado a estudiar danza tarde para los estándares profesionales, entrenaba hasta ocho horas diarias. Su determinación era feroz.
Scott observaba aquel esfuerzo con una mezcla de admiración y resentimiento. Temía perder el lugar central que ocupaba en la vida de Zelda. Las discusiones se volvieron frecuentes. Los celos aparecieron por ambos lados. El matrimonio empezó a transformarse en un campo de batalla emocional.
En 1930 llegó el colapso. Zelda tenía veintinueve años. Sufrió una grave crisis psicológica y fue internada en una clínica en Francia.
Años más tarde recibiría diagnósticos que en aquella época variaban según el médico que la evaluara. Hoy algunos historiadores y especialistas consideran que parte de esos diagnósticos podrían haber sido erróneos o influenciados por los conocimientos psiquiátricos limitados de la época.
Lo cierto es que Zelda pasó gran parte del resto de su vida entrando y saliendo de hospitales.
Scott quedó devastado. Pero también estaba hundiéndose. El alcohol dominaba cada vez más su existencia. Mientras Zelda era internada, él intentaba terminar la novela que muchos consideran su obra maestra.
En 1925 había publicado El Gran Gatsby. Sin embargo, el libro no había tenido inicialmente el éxito comercial que alcanzaría después.
La fama inmortal llegaría mucho más tarde. En aquellos años Scott necesitaba dinero desesperadamente. Y seguía bebiendo. De repente, eran dos artistas peleando por sobrevivir. En 1932, durante una internación, Zelda escribió una novela. Se tituló Save Me the Waltz (Resérvame el vals). Era una historia profundamente inspirada en su propio matrimonio.
Cuando Scott leyó el manuscrito, estalló de furia. Aseguraba que ella estaba utilizando el mismo material autobiográfico que él necesitaba para una novela que estaba escribiendo. La pelea fue feroz. Y revelaba algo más profundo. Ya no competían solo por amor. También rivalizaban por el derecho a contar la historia de sus vidas.
Hacia fines de la década de 1930 estaban prácticamente separados. Scott se mudó a Hollywood para trabajar como guionista. Necesitaba dinero. Necesitaba una segunda oportunidad para sí mismo. Pero su salud estaba destruida. Estaba llegando al final de un sueño. En esos años inició una relación con la periodista británica Sheilah Graham, quien lo acompañó hasta el final de su vida.
El 21 de diciembre de 1940 sufrió un ataque cardíaco fatal. Murió en Los Ángeles. Tenía apenas cuarenta y cuatro años. Zelda estaba internada cuando recibió la noticia. Habían pasado más de veinte años desde aquel primer encuentro en Alabama. El hombre que había prometido conquistar el mundo ya no estaba.
Después de la muerte de Scott, Zelda vivió ocho años más. Intentó escribir. Intentó pintar. Intentó reconstruirse. Lo intentó todo. Pero nunca logró escapar completamente de sus problemas de salud. Y llegó la última tragedia.
La noche del 10 de marzo de 1948 se encontraba internada en el Hospital Highland de Asheville, Carolina del Norte. Un incendio comenzó en la cocina del edificio. Las llamas avanzaron con rapidez. Zelda estaba sedada y encerrada junto a otras pacientes. No pudo escapar. Murió a los 47 años.
La ironía llegó después. Como la de tantos artistas consagrados, cuando ambos ya estaban muertos. Las novelas de Scott comenzaron a ser reconocidas como clásicos fundamentales de la literatura estadounidense. Y Zelda dejó de ser vista únicamente como la esposa de Fitzgerald para convertirse también en escritora, artista y figura cultural por derecho propio.
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Hoy sus nombres siguen unidos. No porque hayan protagonizado una historia de amor feliz. Ni siquiera porque hayan logrado salvarse mutuamente. Sino porque encarnaron como nadie el precio de vivir persiguiendo un sueño imposible: ser jóvenes para siempre.
Durante años intentaron convertir sus vidas en una obra de arte. Lo consiguieron. El problema fue que, para hacerlo, fueron rompiéndose un poco más cada día. A veces el amor no termina porque desaparece. Termina porque dos personas dejan de ser un refugio y empiezan a sentirse una amenaza para el sueño del otro. Y porque cuando lastima, ya no se puede llamar amor.
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