Prisioneros amputados, congelados o calcinados vivos: el brutal experimento japonés con seres humanos que nunca llegó a juicio
Los aberrantes hechos ocurrieron tras la ocupación de la región china de Manchuria en 1931 y terminaron poco antes del final de la Segunda Guerra Mundial. Shiro Ishii, el principal responsable, fue capturado por los EE.UU., que consideró que sus hall
Shiro Ishii
Shiro Ishii nació el 25 de junio de 1892 en la aldea de Shibayama, en Chiba, una región agrícola situada al este de Tokio. Su familia pertenecía al grupo de propietarios de tierras, lo que le permitió acceder a educación formal. Ingresó a la Facultad de Medicina de la Universidad de Kioto, uno de los centros académicos más prestigiosos del país, donde la enseñanza seguía modelos alemanes tanto en metodología como en organización científica.
El Japón de comienzos del siglo XX concebía la medicina no sólo como práctica sanitaria sino como instrumento estratégico del Estado. Las guerras contra China y Rusia habían mostrado que más soldados morían por infecciones que por combate directo, y el ejército comenzó a invertir en investigación microbiológica. En ese ambiente intelectual Ishii se formó estudiando patología, microbiología y técnicas de laboratorio orientadas al control de epidemias, aprendiendo a cultivar bacterias, aislar patógenos y observar la progresión de enfermedades en condiciones experimentales.
Se graduó en 1916 e ingresó al Cuerpo Médico del Ejército. Ishii entró en un sistema que concebía la guerra futura como una competencia tecnológica entre naciones industrializadas. Los laboratorios militares comenzaban a estudiar la prevención de enfermedades entre tropas y también la posibilidad de manipular agentes biológicos con fines ofensivos.
La Primera Guerra Mundial había demostrado el impacto devastador de las armas químicas y había dejado instalada la idea de que la ciencia podía redefinir el campo de batalla. Ishii defendía que un país con recursos limitados como Japón podía equilibrar su inferioridad industrial mediante armas biológicas, cuyo costo de producción era mucho menor que los arsenales convencionales.
Hacia mediados de la década de 1920 Ishii ya era considerado un oficial prometedor dentro del sistema médico militar.
En 1928 fue enviado al extranjero para estudiar los avances médicos de las potencias occidentales. Al regresar en 1930 presentó informes donde defendía la creación de un programa nacional de guerra bacteriológica. El ejército halló en esas propuestas una coincidencia con sus propias necesidades estratégicas.
Ishii en acción
En septiembre de 1931 Japón ocupó Manchuria, una extensa región del noreste de China, rica en recursos naturales. Allí creó el Estado de Manchukuo, presentado como país independiente pero gobernado por autoridades japonesas. Para Shiro Ishii aquella conquista representó una oportunidad decisiva. Japón disponía ahora de un territorio inmenso, alejado del archipiélago japonés y prácticamente fuera del control internacional, donde podían desarrollarse proyectos militares secretos sin supervisión externa.
El primer centro de investigación se estableció en la fortaleza de Zhongma, donde comenzaron los experimentos humanos con prisioneros chinos, detenidos políticos y personas consideradas sospechosas por los japoneses. Se realizaron con ellos las primeras infecciones deliberadas con enfermedades como peste y cólera, con el objetivo de observar la evolución natural de los patógenos sin intervención terapéutica. Ishii buscaba datos que no podía obtener con experimentación animal.
Entre 1935 y 1936, comenzaron los planes para construir un complejo nuevo en la zona de Pingfang, al noroeste de China. Se construyó más de un centenar de edificios, rodeados por alambrados electrificados y torres de vigilancia. El acceso estaba restringido incluso para oficiales ajenos al programa.
La Unidad 731
El nombre oficial asignado a la instalación fue Departamento de Prevención Epidémica y Purificación de Agua del Ejército de Kwantung, una denominación elegida para ocultar su función real. Internamente, sin embargo, comenzó a conocerse como Unidad 731, número administrativo que identificaba al programa dentro de la estructura militar. Ishii fue designado comandante.
Dentro de Pingfang, los prisioneros utilizados en experimentos comenzaron a ser denominados maruta, palabra que significa troncos o leños, una expresión surgida de la necesidad de ocultar que los experimentos se realizaban con personas.
Entre 1937 y 1939, en la Unidad 731 comenzaron a producir bacterias en cantidades crecientes; los prisioneros llegaban mediante transportes militares desde cárceles, zonas ocupadas o redadas realizadas por la policía militar japonesa. Ishii supervisaba el sistema como un administrador científico y comandante militar al mismo tiempo.
Cada día, a los médicos se les indicaba qué patógeno debía utilizarse. Las infecciones se realizaban mediante inyecciones, alimentos contaminados o exposición directa a bacterias rociadas con spray. La característica central del sistema era la ausencia deliberada de tratamiento.
A medida que la Unidad 731 consolidó su funcionamiento, la investigación se dedicó a analizar cómo reaccionaban órganos y tejidos frente a traumas, temperaturas extremas y lesiones que pudieran reproducir situaciones de combate.
Las vivisecciones se transformaron en una práctica sistemática. A los prisioneros infectados, se les abría el pecho o el estómago en el quirófano sin anestesia, con el propósito de observar órganos en funcionamiento durante el avance de la infección hasta que ocurría la muerte. Los médicos estaban convencidos de que la anestesia alteraría los resultados fisiológicos.
Amputaciones deliberadas y trasplantes forzados
Otro eje de investigación fue el estudio del congelamiento, impulsado por la experiencia militar japonesa en campañas de invierno. Los prisioneros eran expuestos a temperaturas bajo cero mientras mojaban sus extremidades para apurar la congelación. Los médicos golpeaban brazos y piernas congelados para determinar el grado de endurecimiento del tejido. Luego se los descongelaba con agua caliente, fuego directo o temperatura ambiente, para estudiar la aparición de gangrena.
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Hacían también amputaciones deliberadas y trasplantes forzados de extremidades. Brazos y piernas eran amputados para analizar pérdida de sangre y tiempos de supervivencia. En algunos casos, los miembros amputados eran reimplantados en posiciones invertidas o en otros sectores del cuerpo para observar la reacción vascular y nerviosa.
Se colocaba a los prisioneros en cámaras especiales donde se reducía gradualmente el oxígeno. Los médicos observaban la aparición de convulsiones, pérdida de conciencia y ruptura de órganos internos mientras registraban el tiempo de supervivencia. Experimentos similares evaluaban los efectos de la deshidratación extrema, privando a los prisioneros de agua durante largos períodos.
Las heridas balísticas también formaron parte del programa. Prisioneros eran atados a postes y utilizados para medir el impacto de distintos tipos de munición a diversas distancias. El interés no residía únicamente en el daño inmediato sino en la evolución posterior de las heridas sin tratamiento médico.
Ishii supervisaba todas estas pruebas
Hacia finales de la década del ´30, convenció al alto mando japonés de convertir a la planta en una fábrica militar de microorganismos patógenos. Los laboratorios bacteriológicos ampliaron su capacidad mediante grandes sistemas de cultivo diseñados para multiplicar bacterias. Se utilizaron tanques de fermentación similares a los de la industria farmacéutica, adaptados para producir con rapidez agentes infecciosos como la peste bubónica, el cólera, el tifus y el ántrax, seleccionados por su alta tasa de mortalidad.
Cada lote producido era probado previamente en prisioneros para verificar su virulencia antes de ser aprobado para uso militar.
Uno de los proyectos centrales fue la producción masiva de pulgas infectadas con peste bubónica. Criaban roedores portadores de la enfermedad y utilizaban insectos como vectores biológicos capaces de transmitir la infección de forma natural.
En 1939, comenzaron las primeras operaciones
Los japoneses introducían cultivos bacterianos en pozos, depósitos de agua y reservas de alimentos ubicados en aldeas rurales. El objetivo era provocar brotes epidémicos que se expandieran de manera autónoma entre la población civil y las fuerzas chinas presentes en la zona.
Pronto, aviones japoneses lanzaron sobre distintas regiones recipientes cerámicos diseñados para romperse al impactar contra el suelo y dispersar pulgas infectadas con la peste. Entre 1940 y 1942, los ataques biológicos se multiplicaron.
En algunos casos, se liberaron agentes infecciosos en áreas agrícolas con la intención de destruir cosechas y provocar hambrunas que debilitaran la resistencia local. El impacto combinaba enfermedad, escasez y desplazamiento forzado de civiles, alterando la estabilidad social de regiones enteras.
El carácter invisible del arma constituía su principal ventaja, ya que las epidemias podían interpretarse como fenómenos naturales dentro de un contexto de guerra y pobreza generalizada. Sin embargo, el uso reiterado de agentes biológicos produjo consecuencias difíciles de controlar. Brotes epidémicos afectaron áreas bajo administración japonesa, obligando a desplegar campañas sanitarias urgentes para proteger a tropas y colonos.
Entre 1943 y 1945, mientras la situación militar japonesa comenzaba a deteriorarse, hubo planes para emplear armas bacteriológicas en territorio estadounidense, aunque la evolución de la guerra impidió su ejecución completa.
La destrucción
Durante la primera mitad de 1945, el Ejército soviético inició una gran y veloz ofensiva sobre Manchuria. En Pingfang, Ishii recibió órdenes de impedir que toda información sobre el programa bacteriológico cayera en manos enemigas. El complejo debía desaparecer.
Se quemaron documentos científicos, registros experimentales, informes médicos, fotografías y datos de producción bacteriana. Edificios clave recibieron cargas explosivas destinadas a inutilizar laboratorios y equipos científicos fueron desmontados o destruidos, y los tanques de cultivo bacteriano fueron vaciados.
La fase más brutal de la operación estuvo dirigida a eliminar testigos. Los prisioneros que permanecían en las instalaciones fueron ejecutados. Los cuerpos fueron incinerados o enterrados rápidamente.
Ishii organizó la retirada del personal. Científicos, médicos y soldados recibieron instrucciones de dispersarse y regresar a Japón utilizando distintas rutas para evitar capturas. Antes de partir, muchos firmaron compromisos de confidencialidad y recibieron órdenes explícitas de negar la existencia del programa si eran interrogados. El secreto debía mantenerse incluso después de la derrota.
Ishii abandonó Manchuria y logró regresar a Japón
El Imperio anunció su rendición el 15 de agosto de 1945 tras los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki y la ofensiva soviética.
Después de la rendición, los estadounidenses comenzaron a investigar los programas científicos secretos. Así surgieron informes fragmentarios procedentes de Manchuria y declaraciones de oficiales japoneses que mencionaban investigaciones bacteriológicas avanzadas dirigidas por un médico militar llamado Shiro Ishii.
La información adquirió una urgencia especial cuando se confirmó que tropas soviéticas habían capturado a personal relacionado con la guerra biológica japonesa en Manchuria. Washington temía que Moscú obtuviera datos científicos capaces de acelerar su propio desarrollo de armas biológicas. En ese contexto, el objetivo pasó a centrarse en la obtención completa del conocimiento acumulado por Ishii y su equipo.
La captura
Shiro Ishii fue localizado y sometido a interrogatorios prolongados por especialistas norteamericanos. Ishii comprendió que su valor residía en los datos que poseía y adoptó una estrategia de cooperación gradual. Entregó informes, reconstruyó métodos y explicó resultados obtenidos mediante experimentación humana.
A medida que avanzaban los interrogatorios, se tomó una decisión política: en lugar de acusar a Ishii y a sus colaboradores por la muerte de 300.000 a 500.000 personas como consecuencia directa o indirecta de las operaciones de guerra biológica dirigidas por la Unidad 731, Estados Unidos optó por garantizarles inmunidad judicial a cambio del acceso exclusivo a toda la información científica disponible. El acuerdo permaneció clasificado durante décadas.
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Este arreglo marcó una diferencia profunda respecto de los juicios de Nüremberg, donde médicos alemanes fueron condenados por experimentación humana. En el caso japonés, la prioridad estratégica prevaleció. Los informes de los equipos estadounidenses indicaban que los datos obtenidos en la Unidad 731 tenían un valor militar excepcional y que permitir que la Unión Soviética accediera a ellos constituiría un riesgo mayor que conceder inmunidad a sus responsables.
Shiro Ishii nunca fue arrestado ni acusado por tribunales internacionales. Lo ocurrido en la Unidad 731 permaneció fuera del debate público. Su no fue conocido y el silencio también alcanzó su muerte, ocurrida el 9 de octubre de 1959 a causa de un cáncer de garganta.