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Provinciales
AnalisisDigital 04/07/2026 11:51 3 min de lectura

Sarita | Análisis

Sarita Roda era una buena mujer. Exigente, inteligente, generosa en su tarea, creativa. Nos conocimos en El Diario, a comienzos de los 80. Sarita subía y bajaba por las escaleras de la Redacción, con las pruebas corregidas y siempre cantando. Sarita

Sarita | Análisis
Foto: AnalisisDigital

Sara Roda.

Sarita Roda era una buena mujer. Exigente, inteligente, generosa en su tarea, creativa. Nos conocimos en El Diario, a comienzos de los 80. Sarita subía y bajaba por las escaleras de la Redacción, con las pruebas corregidas y siempre cantando. Sarita amaba cantar; era una muy buena soprano y nos deleitaba con algunos pocos minutos. El Choilo y el Negrito Rematar -dos hermanos que trabajaban en el linotipo y ya fallecieron- solo meneaban la cabeza como respuesta. No estaban del todo convencidos de aprobar lo que cantaba Sara, pero tampoco se animaban a decirle nada. Apenas si llegaban hasta nuestros escritorios, apoyaban el brazo derecho, como acodándose en un boliche de pueblo y acotaban, buscando nuestra reacción también: Escuchá, Carlitos. Llegó la Sara. Biennnn locooooo, acotaba Choilo, con esa frase que aún sigue dando vueltas en nuestra cabeza, cada vez que nos encontramos en la calle con Jorge Riani o Julio Vallana. Con esa escena de los ocurrentes hermanos Retamar, Carlos Lerena no podía contener la risa; Carlitos Bolzán se ponía colorado (como siempre le pasaba) y Carlitos Ramírez subía y bajaba también desde el sector de Armado y Diagramación, tratando de receptar esa escena y no ocultar su sonrisa cómplice. Sarita sabía que ella podía cantarnos algo, siempre y cuando no llegaran algunos de los miembros de la familia Etchevehere y menos aún cuando el viejo compañero de fórmula del general Pedro Eugenio Aramburu, Don Arturo J. Etchevehere, ingresaba raudamente a la sala y se desplomaba en aquel recordado viejo sillón blanco para observar lo que sucedía. Sarita y Graciela Libedinsky quedaban a no más de un metro del sillón de Don Arturo y no decían una palabra. Cuando llegaba Don Arturo no volaba una mosca. Y todos sabíamos que había que cumplir con ese silencio absoluto. Sarita dejaba de cantar, lo saludaba amablemente al viejo empresario y lo enamoraba con esos ojazos claros que tenía.

De ese matutino los Etchevehere nos despidieron el 23 de abril de 1989, en pleno proceso hiperinflacionario de Raúl Alfonsín. A Sarita, a Hugo Remedi, a mi. Yo estaba de licencia, porque el 9 de abril había nacido mi hija mayor, Agustina. Y no entendíamos nada, de por qué los tres despidos. Muchos años después, Luis F. Etchevehere me pediría disculpas personalmente por aquella decisión, en un encuentro casual. Obviamente que lo perdoné y no le pregunté los motivos; no era necesario. Valoraba el gesto de Zahori Etchevehere, con quien llegué a tener una buena relación, más allá de fuertes discusiones, piñas en el escritorio y puteadas encendidas más de una vez.

Cuando armamos el diario Hora Cero a fines de 1993 (como continuidad de la revista ANALISIS), con el Hugo Remedi no dudamos en poner su nombre sobre la mesa. Sarita Roda era la indicada para ser la jefa de Corrección. Tenía oficio, personalidad y era una laburante 24 x 24. Fue ella quien armó el equipo de Corrección y quien les enseñó el oficio a quienes se sumaron. Todos aprendieron (aprendimos) de la sabiduría de Sara, mientras seguía cantando, esta vez en el edificio de calle San Martìn, donde nadie le iba a decir nada. Sarita podía cantar y seguir cantando.

Y así cantó hasta el final de sus días. Amando cada sonido, amando cada estrofa.

Sarita, descansa en paz. Y no dudes en seguir cantando. Los ángeles también lo van a apreciar.

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