Fue el argentino que cambió el fútbol antes que Maradona y Messi y una frase de su hijo lo convenció de retirarse
Hace 100 años, nacía Alfredo Di Stéfano. El polémico pase al Real Madrid y la puja con el Barcelona. Su influencia en el fútbol europeo y por qué dicen que fue el inventor del fútbol moderno
Aún antes de Maradona, y antes de Messi, la Argentina tuvo al mejor jugador de fútbol del mundo. Alfredo Di Stéfano fue uno de los cuatro grandes del Siglo XX: Pelé, Diego, Cruyff y él. Una de las cuatro coronas. Fue el jugador más decisivo de la historia del Real Madrid, el que lo convirtió en el club más grande del mundo. También el que modificó el fútbol europeo y el que hizo que la Copa de Campeones fuera el campeonato de clubes más codiciado. Desde un potrero porteño conquistó el mundo.
Cien años atrás, el 4 de julio de 1926, nacía Alfredo Di Stéfano. En su Barracas natal jugaba al fútbol todo el día en su calles. Luego fue a River. Pero en el club de Núñez no encontró lugar de inmediato. Debutó en primera en 1945. Ese año jugó solo un partido. En River estaba La Máquina en su apogeo, una delantera legendaria. Eran tiempos de pocos cambios, de equipos de memoria y mucho más si eran implacables, históricos.
Para ganar experiencia lo mandaron a préstamo a Huracán con una opción de compra no demasiada alta. Al promediar el torneo River con todas sus figuras enfrentó a Huracán. Di Stéfano la rompió; hizo un gol en el que dejó sentada a toda la defensa millonaria.
Antonio Liberti, presidente de River, preguntó quién era ese rubio deslumbrante. Le respondieron que era un jugador del club que él había mandado a préstamo a Huracán. Al día siguiente Liberti se ocupó de asegurarse de que a final de la temporada, Di Stéfano regresara. En esos años todavía lo llamaban El Alemán, por su pelo rubio; recién tiempo después llegaría el apodo definitivo: la Saeta rubia.
Salió dos veces campeón con River y luego, en 1949 en medio de la huelga de jugadores locales, se fue a Colombia como otros casi 200 argentinos. Los más destacados fueron él, Pipo Rossi, Adolfo Pedernera. Cambiaron el fútbol colombiano.
Era la llamada Liga Fantasma porque no era reconocida por la FIFA por problemas de afiliación y políticos. Pero estos exiliados argentinos cambiaron el perfil del fútbol caribeño e hicieron de ese Millonarios un equipo inolvidable: lo llamaban El Ballet Azul.
Di Stéfano descolló en sus años colombianos. Jugó 294 partidos e hizo 267 goles. El Ballet Azul era tan deslumbrante que recibía ofertas de todo el mundo para jugar. En 1953, una gira por Europa. Una tarde enfrentó al Real Madrid y ya nada volvería a ser lo mismo.
Ese rubio ágil, con personalidad y clase que parecía estar en cada rincón del campo de juego, que hacía jugar a los restantes 21 a lo que él decidía, maravilló a todos en esa tarde madrileña.
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Barcelona y Real Madrid se lo disputaron. Santiago Bernabeu, presidente del club merengue, se movió con astucia. Pero Di Stéfano estuvo varias semanas entrenando en Cataluña con el Barça.
Había que decidir a quién le pertenecía Di Stéfano. Barcelona negoció con River, el Real Madrid con Millonarios. La Federación Española tomó una solución salomónica, acaso sin entender por qué se disputaban a este jugador ignoto en Europa que estaba cerca de los 27 años y que parecía, por una calvicie incipiente y de una cara poco expresiva, de muchos más.
El fallo decía que Di Stéfano tenía que jugar los dos primeros años en el Madrid y los dos siguientes en Barcelona. Los catalanes ofendidos por la resolución, renunciaron a sus derechos sobre él.
El mismo día del pronunciamiento de la Federación, Di Stéfano comenzó su camino épico. A las diez de la noche salió de la estación de Barcelona. Llegó a Atocha, en Madrid, a las 10 de la mañana después de dormir como pudo en el tren.
De allí fue a un hotel que le había conseguido su nuevo club y dejó a su familia. Corrió hacia la revisación médica. Al salir conoció a sus nuevos compañeros y almorzó con ellos. A las tres de la tarde estaba entrando a la cancha para debutar en un partido frente al Nancy francés. Ese fue el momento en que comenzó a cambiar la historia del Real Madrid y del fútbol europeo.
La última frase parece una exageración pero no lo es. Cuando llegó, el equipo merengue sólo tenía dos ligas. Estaba quinto en el palmarés del torneo español. Eso cambió pronto. 8 ligas y 5 Copas de Campeones de Europa después, el Real Madrid, de la mano de Di Stéfano, era una potencia europea y terminaría siendo proclamado el mejor club del siglo. La grandeza original se la deben a su genio, a su convicción y a su personalidad para conquistar terrenos no frecuentados hasta el momento.
La delantera de ese equipo ya es mítica, uno de esos quintetos inolvidables y que los viejos repetían de memoria y con un brillo especial en los ojos, aun cuando no los hubieran visto jugar. Gento (español), Di Stéfano (argentino), Rial (español), Puskas (húngaro) y Kopa (francés). Un ataque multinacional que conquistó primero España y después Europa.
La Copa de Campeones se convirtió en un espectáculo, tomó relevancia luego de la seguidilla de triunfos del Madrid encabezado por Di Stéfano. Todo el continente quería ver a ese equipo magnífico, imperial.
La Copa Libertadores se creó en espejo a ese certamen. El correlato fue otro conjunto de época: el Santos de Pelé. Y la otra competición que también tiene en su nacimiento algo de la influencia de Di Stéfano es la Copa Intercontinental, el cruce entre los campeones de Europa y Sudamérica. La posibilidad de ver en persona a un campeón lejano y prestigioso en el propio país en épocas de escasa tecnología.
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Alfredo Di Stéfano fue uno de los impulsores del fútbol moderno. Dicen que fue el primero en practicar el fútbol total. Combinaba el potrero de Barracas, la experiencia adquirida en la dura primera división argentina, los conceptos de sabios precoces del fútbol como Carlos Peucelle, Adolfo Pedernera y Renato Cesarini, la emulación de Ángel Labruna y el Charro Moreno, una sabiduría alimentada por la picardía porteña, con un entendimiento natural del juego, amor propio y un despliegue absolutamente inusual para su tiempo.
Aparecía con naturalidad y sin descanso en ambas áreas y era decisivo en cada instancia del juego. Por si faltaba algo, tenía mucho gol. Hizo 483 tanto en 669 partidos oficiales.
El juego fue visto de manera diferente después de él. Al poco tiempo surgió Pelé y a la eficacia y el despliegue se agregaron la potencia y la plasticidad artística.
En agosto de 1963, el Real Madrid jugaba en Venezuela un torneo llamado la Pequeña Copa del Mundo. A la madrugada unos hombres irrumpieron en la habitación de hotel en la que dormía la Saeta Rubia. No grite, no se resista. Esto es un secuestro. No le va a pasar nada, dijeron mientras lo encapuchaban y se lo llevaban hacia un auto. Tres días desaparecido, 72 horas en las que no se supo el paradero del segundo jugador más importante del mundo (Pelé ya había surgido).
Ya en su cautiverio le explicaron: No tenemos nada contra usted: lo hacemos para que la prensa se ocupe de nosotros. El gobierno prohíbe a los diarios que hablen de las FALN. En unas horas lo devolvemos. Integrantes del grupo armado Fuerzas Armadas de Liberación Nacional querían hacerse conocidos y para eso buscaron llamar la atención secuestrando al jugador más famoso posible.
Durante el tiempo que duró el cautiverio, Di Stéfano no fue maniatado, vio por la televisión el partido que él debía estar jugando contra el Porto y participó de varias partidas de dominó (Mi compañero era un fenómeno, un crack: ganamos siempre, contó). Luego fue liberado en el centro de Caracas y de allí caminó hasta la embajada española. Unas horas después regresaba a España.
Tras once años gloriosos en el Real Madrid jugó una temporada más en el Español de Barcelona.
Alguna vez contó que se retiró a los 40 años porque su hijo le dijo: Papá, pelado y con los pantalones cortos no quedás bien.
Con la Selección Argentina salió campeón sudamericano en 1947, antes de su éxodo. Con España jugó una veintena de partidos e hizo 19 goles. No jugó el Mundial de Chile 62 con España porque se lesionó en los días previos.
El fútbol era sagrado para él. También la cancha. Nunca pisaba un campo de juego, a menos que lo obligaran y ya muy grande, a algún acto protocolar, con zapatos de calle. El césped se pisaba con botines. Era una ley que creía inviolable. Una manera de decir que la cancha le correspondía sólo a los jugadores.
Otra muestra: sobre su casa había una gran escultura de una pelota con la leyenda Gracias Vieja (de esa manera tituló también sus memorias). Ese Vieja se refería a su madre, pero también, por supuesto, a la pelota de fútbol.
Alguna vez le preguntaron si él o Puskas podrían jugar en el fútbol de ahora. Di Stéfano casi le pega una piña a su entrevistador. Parecía que nunca había recibido una ofensa parecida: ¡Cómo no íbamos a poder jugar! Los que jugaban antes, jugarían ahora, y también en el futuro. Sin embargo no era alguien que se dejaba ganar por la nostalgia y por el lema tanguero de todo tiempo pasado fue mejor. Alababa a los buenos jugadores de cualquier época, y no denostaba al fútbol moderno.
Cómo él había visto a todos los considerados candidatos al cetro de mejor jugador de la historia, era una consulta que solían hacerle. ¿Pelé, Cruyff, Maradona, Messi? Siempre respondía lo mismo: Muñoz, Pedernera, Labruna, Lousteau. Los integrantes de la Máquina de River, el célebre equipo de la década del 40. Esos que eran tan buenos que hicieron que él tuviera que ir una temporada a Huracán para poder jugar.
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Se le atribuyen varias frases célebres sobre fútbol. El Gráfico durante años repitió como un mantra, que él había dicho que Un partido sin goles era como un domingo sin sol. Otros dicen que fue el autor del ingenioso: Jugamos como nunca, perdimos como siempre. Quizá la frase que mejor representa su visión del juego sea: Nunca uno solo es tan bueno como todos juntos.
Hablaba raro. Dicción enrevesada, un acento único, mezcla de un porteño añejo congelado en el tiempo y el castizo de Madrid. A veces se necesitaban subtítulos para entender lo que decía. Siempre tenía una a mano una expresión arrabalera, de su Barracas natal.
Eso no le impidió ser un buen técnico. En España ganó una Liga con el Valencia y una Supercopa con el Real Madrid, al que dirigió dos veces. En la Argentina posee un récord. Es el único técnico en salir campeón dirigiendo a Boca y a River.
Primero estuvo en el banco del xeneize contratado por Alberto J. Armando. En 1969 ganó el Nacional y la Copa Argentina. En el primer torneo se consagró en cancha de River después de empatar 2-2 un clásico. Son imágenes de un mundo cercano pero que hoy parecen imposibles. Una gloria con pasado riverplatense dirigiendo a su clásico rival. Boca dando una vuelta olímpica en el Monumental.
En esos años la sociedad futbolera aceptaba el paso de jugadores consagrados en un club a la dirección técnica de su clásico rival (Independiente salió campeón de Libertadores con dos glorias racinguistas en el banco como Pedro Dellacha y Humberto Maschio).
Muchos después, Don Alfredo fue la carta que jugaron los dirigentes de River para intentar contrarrestar el fenómeno de la llegada de Diego Maradona a Boca. Primero trajeron a Kempes. Luego enfrentaban otro problema que parecía de imposible resolución. Echaron a Ángel Labruna, luego de seis años de triunfos y conseguir su reemplazante y que tuviera algún tipo de posibilidad de éxito parecía una tarea ímproba.
Necesitaban alguien con mucha personalidad, espaldas anchas y gloria incontrastable. El único que se podía comparar con Labruna era Di Stéfano. Y Alfredo aceptó el desafío. Ganó el primer torneo, el Nacional del 81 luego de superar la fase de grupos de manera angustiosa y de tener conflicto con varios referentes del plantel lo que terminó con la salida de Norberto Alonso del club.
En la final derrotó en los dos partidos al Ferro de Griguol, que lo había vencido en los dos encuentros de la fase regular. Olarticoechea y Kempes hicieron los goles de esas finales; eran dos de los 8 campeones del mundo de ese equipo. Di Stéfano nunca tuvo pruritos para manejar grandes figuras. Era frontal, tenía personalidad, muy mal carácter y un pasado glorioso, un nombre gigante.
Di Stéfano fue uno de los candidatos a dirigir la Selección Nacional tras el Mundial del 74. Finalmente el elegido fue César Menotti.
El Real Madrid lo nombró presidente honorario. También la UEFA. Reconocimientos merecidos para alguien que modificó el destino de las dos instituciones. Pero los honores lo incomodaban. Al Real Madrid iba todos los días a trabajar porque no le parecía correcto cobrar un sueldo sólo por lo que había hecho en el pasado.
Murió el 7 de julio de 2014. Tenía 88 años. Hacía muchas décadas que se había asegurado la inmortalidad.