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Informe Digital 02/07/2026 16:27 3 min de lectura

La guerra robotizada traslada poder del Estado a las corporaciones - Informe Digital

Drones y software militar reducen bajas, pero también vuelven a las empresas privadas decisivas en el campo de batalla.

La guerra robotizada traslada poder del Estado a las corporaciones - Informe Digital
Foto: Informe Digital

En diciembre de 2024, la Brigada 13 Khartiia de la Guardia Nacional de Ucrania ejecutó un asalto combinado terrestre y aéreo cerca de Lyptsi sin que un solo soldado ucraniano pisara el campo de batalla. Vehículos terrestres no tripulados con torretas de ametralladora, drones aéreos equipados con granadas y fusiles de asalto, y municiones kamikaze convencionales tomaron posiciones rusas, despejaron minas y establecieron un perímetro defensivo. Según describe Juan Severini en Palladium Magazine, el episodio muestra hasta dónde llegó un cambio de fondo: la guerra robotizada avanza como respuesta a la escasez de mano de obra humana y al costo político de las bajas.

El análisis de Severini estudiante de doctorado en el Departamento de Gobierno de la Universidad de Georgetown y codirector de la Iniciativa sobre Inteligencia Artificial y Ciudadanía Democrática (AIDC) de esa misma universidad sostiene que el uso creciente de sistemas autónomos no es solo una mejora táctica. Es, sobre todo, una transformación del poder político: a medida que los robots reemplazan a los soldados, el control de la guerra se desplaza desde las instituciones públicas hacia las empresas que diseñan, programan y operan esas máquinas.

Ucrania enfrenta una presión demográfica severa: emigración masiva, envejecimiento poblacional y bajas en combate reducen su reserva humana. En ese contexto, incluso sistemas robóticos de rendimiento modesto pueden resultar una inversión razonable si preservan reclutas y trabajadores. Rusia, en cambio, combina una mayor disposición a movilizar reservas con un acceso más limitado a microelectrónica avanzada, y opera bajo una lógica distinta: más capital humano, menos tecnología de punta.

Esa diferencia, según el texto de Palladium, refleja una tensión más amplia en la estrategia militar contemporánea: el equilibrio entre capital y trabajo. Los Estados con escasez de mano de obra tienden a robotizar más rápido; los que disponen de más reclutas pueden postergar esa transición. Pero el análisis advierte que, a medida que la autonomía plena se vuelve técnicamente viable, la ausencia de humanos en el frente se normaliza y baja el costo político de iniciar o prolongar conflictos.

El caso de Palantir ilustra cómo funciona esa dependencia. Su director ejecutivo, Alex Karp, visitó al presidente ucraniano Volodimir Zelensky poco después de la invasión rusa de 2022. Desde entonces, los algoritmos de visión artificial de la compañía ayudaron a las fuerzas ucranianas a rastrear posiciones enemigas en tiempo real durante la contraofensiva de 2023. Lo que comenzó como un contrato de 70 millones de dólares para el Proyecto Maven desarrollado originalmente con Google y luego ampliado con Anthropic creció hasta 1.500 millones de dólares, de los cuales casi 800 millones fueron ejecutados por Palantir.

La dependencia tecnológica también alcanza a las grandes potencias. Durante el reciente conflicto con Irán, SpaceX y el Pentágono negociaron el nivel de suscripción para controlar municiones no tripuladas, lo que terminó duplicando el costo de cada dron en plena hostilidad. El episodio expone una paradoja: los ahorros en mano de obra que promete la guerra robótica pueden quedar anulados si el ecosistema privado que la sostiene fija sus propios precios en tiempo de guerra.

La influencia de Elon Musk sobre el acceso a la red Starlink disputada tanto por Ucrania como por Rusia es otro ejemplo citado por Severini para mostrar hasta qué punto la política exterior de un CEO puede condicionar el desarrollo de un conflicto armado. Las empresas privadas, sin las restricciones salariales ni la burocracia de contratación del sector público, compiten con ventaja por el talento especializado que demandan estas tecnologías, y esa ventaja se traduce en poder de negociación frente a los Estados.

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