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Provinciales
Panorama 01/07/2026 07:44 3 min de lectura

Daniel Melingo, el alquimista - Diario Panorama

Hay tipos que son hipnóticos arriba de un escenario. Otros, abajo. Los más raros, te cautivan en un disco porque abren su cuore.

Daniel Melingo, el alquimista - Diario Panorama
Foto: Panorama

Hay tipos que son hipnóticos arriba de un escenario. Otros, abajo. Los más raros, te cautivan en un disco porque abren su cuore.

Por Andrés Valenzuela

Por Página 12

Daniel Melingo era excepcional: lo conseguía en cualquier situación. Su cuerpo delgado y fibroso -que no escondía los años- tenía aura, como se dice ahora. A esta altura del partido, ya llevaba más años dedicados al tango de los que había entregado al rock, por el que se hizo conocido. ¿Era tanguero o rockero? Según él mismo, tanguero era desde la panza de la madre y fue luego que se volcó al rock, para volver a síncopas, cortes y quebradas más tarde, ya hecho, cual hijo pródigo.

¿Tanguero o rockero? Los primeros querríamos anotarnos ese poroto, pero lo cierto es que Melingo era una alquimia infrecuente. Sintetizaba tango y rock y recordaba a propios y ajenos cuánto tenemos en común unos y otros. Cuánto de rock tiene el tango de hoy. Cuanto de tango tiene el rock nacional de siempre.

Cuando lanzó Tangos bajos en 1998 la renovación que hoy llamamos tango siglo XXI recién empezaba: El Arranque llevaba dos años probando, el primer disco de La Chicana todavía estaba nuevito y a la Fernández Fierro le faltaban todavía tres años para aparecer. En ese panorama apareció su voz, profunda, cavernosa, de tipo que vio (y vivió) mucho. Y se puso a cantar esos tangos reos, rabiosos, oscuros. Volvió a hipnotizar. Arrastró a una generación de músicos que intuían en el tango algo que les pertenecía, que podía hablarles, pero que no sabían bien cómo entrarle. Él les abrió una puerta posible y la atravesó primero.

Tangos bajos era tremendamente potente. Tenía un montón de personajes, como José el cuchiyero, Leonel el feo, la Angurrienta o el Narigón, pero también tangazos cantados en primera persona, que bien podían creerse fundacionales de la Guardia Vieja, como el Ayer que abría el disco (con los coros de Fabiana Cantilo). Y todo eso a fuerza de guitarra, un fueye, la voz y su talento como letrista.

¿Cómo vas a empezar tu deriva tanguera con semejante disco, animal? ¿Qué le dejás al resto? ¿Y a vos mismo?

Lo demencial es que no se quedó ahí. Podría, como muchos rockeros lo hicieron luego, haber dicho ya ta, ya me di el gusto. Él se quedó. Se armó su cotorro y siguió con el tango, aún si en ese momento todavía era piantavotos. Podríamos ponerlo en la categoría tangos reos, sí, pero abría su boca y se convertía en algo que sólo podía ser él. Sacaba un disco nuevo y su sonido se expandía. No era sólo que sumaba instrumentos hasta armar su propia orquesta típica como había hecho en los últimos años-, expandía realmente lo que sonaba: texturas, capas, ideas. Era escucharlo evolucionar de un disco a otro. ¿Hasta dónde podía llegar? Hay que estudiarlo en retrospectiva para ver cuánto enseñó a quienes lo siguieron en ese camino de Linyera, Corazón y Hueso y tanto más, para abrazar, con devoción, su cautivante cuore poligriyo.

Panorama Esta nota se publicó originalmente en el medio.
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