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Provinciales
Nova Comunicaciones 01/07/2026 00:01 3 min de lectura

¿Quién como Dios?

El Eco en el Abismo: Luz contra Sombra. El cielo no ardía; se fragmentaba. En los límites de la creación, donde la luz celestial comenzaba a desvanecerse en el vacío, dos figuras se encontraron. Uno vestía el resplandor de mil soles, el otro portaba

¿Quién como Dios?
Foto: Nova Comunicaciones

El Eco en el Abismo: Luz contra Sombra. El cielo no ardía; se fragmentaba. En los límites de la creación, donde la luz celestial comenzaba a desvanecerse en el vacío, dos figuras se encontraron. Uno vestía el resplandor de mil soles, el otro portaba la belleza marchita de una estrella que se apaga. Lucifer, el que alguna vez fue el Portador de la Luz, observaba el cosmos con una mezcla de desprecio y nostalgia. Sus alas, antes de un blanco inmaculado, ahora tenían el color de las tormentas y el acero. A pocos metros, el Arcángel Gabriel , el mensajero fiel, sostenía su posición. No había odio en los ojos de Gabriel, solo una profunda y solemne tristeza. El Desafío del Orgullo. Satanás rompió el silencio. Su voz no era un rugido, sino un susurro melodioso que arrastraba consigo la promesa de mil imperios. Se irguió con una elegancia aterradora y extendió sus manos hacia las galaxias que aún giraban en perfecta armonía. Míralos, Gabriel dijo Lucifer, señalando a las huestes celestiales y a la humanidad naciente. Se inclinan ante un trono que no ven, por leyes que los limitan. Yo he descubierto la verdad: no hay mayor gloria que la soberanía de uno mismo. El ángel caído dio un paso adelante, y el suelo bajo sus pies pareció temblar ante su arrogancia. Se señaló el pecho, donde aún latía un poder inmenso, y lanzó la pregunta que pretendía sellar su destino: ¿Quién como yo? desafió, su voz resonando en las esferas. Soy el más sabio, el más bello, el arquitecto de mi propio destino. ¿Por qué servir, cuando puedo ser el centro de mi propia adoración? La Respuesta de la Verdad. Gabriel no retrocedió. Su armadura de luz vibró con una frecuencia pura, una nota que el desorden de la rebelión no podía desafinar. Dio un paso firme, no para atacar, sino para testificar. Su voz, clara como el cristal y firme como la montaña, cortó la atmósfera cargada de orgullo. Tu belleza es un reflejo de una fuente que has olvidado respondió Gabriel con una calma devastadora. Tu sabiduría es solo un préstamo de la Mente que te diseñó. Buscas un trono en el vacío, pero el vacío no puede sostener la gloria. Gabriel levantó su mirada, y por un momento, la luz detrás de él brilló con tal intensidad que la sombra de Lucifer se alargó hasta perderse. El Arcángel pronunció entonces las palabras que han definido la batalla espiritual por los siglos: Tú preguntas ¿quién como yo?, buscando elevarte sobre el polvo. Pero la única verdad que sostiene el universo es esta: ¡¿Quién como Dios?! El Silencio Final. No hubo más discusión. Ante el nombre de lo Divino, el argumento de Satanás se desmoronó. La frase de Gabriel (que en hebreo resuena como el nombre de su hermano de milicia, Mika-el ) no era solo una pregunta, era un hecho absoluto que desarmaba cualquier pretensión de divinidad propia. Satanás dio media vuelta, hundiéndose en las sombras que él mismo había elegido, mientras Gabriel permanecía en la frontera de la luz, custodiando la verdad de que ninguna criatura, por más brillante que sea, puede eclipsar al Creador. Redacción : Nova Comunicaciones.

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