Celeste y blanca: el símbolo que cabe en el pecho, pero representa a todo un país
Por Guillermo Apdepnur Cada 18 de mayo, la Argentina vuelve a mirar uno de esos símbolos que parecen simples, pequeños, cotidianos, pero que cargan una enorme fuerza histórica: la escarapela nacional. Prendida en una campera escolar, en el uniforme d
Por Guillermo Apdepnur
Cada 18 de mayo, la Argentina vuelve a mirar uno de esos símbolos que parecen simples, pequeños, cotidianos, pero que cargan una enorme fuerza histórica: la escarapela nacional.
Prendida en una campera escolar, en el uniforme de un trabajador, en el guardapolvo de un chico o en la solapa de un veterano, la escarapela sigue siendo una de las expresiones más visibles del sentimiento argentino.
Y quizás ahí reside justamente su poder. No necesita discursos largos ni ceremonias grandilocuentes. Dos colores bastan para despertar memoria, identidad y pertenencia. La historia oficial marca que la escarapela fue reconocida por el Primer Triunvirato el 18 de febrero de 1812, a pedido de Manuel Belgrano, quien buscaba diferenciar a las tropas patriotas de las realistas durante las luchas por la independencia.
Meses después, llegaría también la bandera. Pero antes de que flameara el celeste y blanco en los mástiles, esos colores ya empezaban a unificar a un pueblo que buscaba dejar de ser colonia. Sin embargo, más allá de los libros de historia, la escarapela logró algo que pocos símbolos consiguen: mantenerse viva en la vida cotidiana.
Sobrevivió a los cambios políticos, a las crisis económicas, a las divisiones sociales y hasta al desgaste natural que suele sufrir todo símbolo patrio con el paso del tiempo. Porque la escarapela no pertenece a un partido, ni a un gobierno, ni a una generación específica. Pertenece a la gente. En las escuelas argentinas todavía conserva un lugar casi ritual. Los chicos preguntan por qué se usa, quién la creó o por qué tiene esos colores. Y en esa curiosidad simple aparece algo fundamental: la transmisión de identidad. Una sociedad que deja de explicar sus símbolos empieza lentamente a vaciarse de memoria. También es cierto que en tiempos donde muchas discusiones públicas parecen reducirse a grietas permanentes, la escarapela funciona como uno de los pocos puntos de encuentro que aún conservan valor colectivo.
Puede parecer un detalle menor, pero en una época dominada por lo efímero y lo inmediato, sostener símbolos comunes no es un dato insignificante. Claro que el patriotismo no se mide por usar una escarapela una semana al año. Ser argentino también implica construir, respetar, trabajar, debatir y hacerse cargo del presente. Pero los símbolos ayudan a recordar de dónde viene una sociedad y hacia dónde quiere ir. Por eso, cada mayo, el celeste y blanco vuelve a aparecer en actos escolares, oficinas, comercios y plazas. No como una obligación vacía, sino como una pequeña señal de identidad compartida. Una insignia mínima en tamaño, pero enorme en significado