Una mirada desde la alcantarilla. Nada extraordinario - 9 Digital - Mi 9
Una mirada desde la alcantarilla. Nada extraordinario -
Nada extraordinario
Tenía que ver con San Pantaleón, antes de ser santo, claro. En una de esas peregrinaciones paró en una casa de campesinos a pedir comida, la familia lo invitó y fue generosa aún en su pobreza. Una mujer sirvió ñoquis y no dejó que las velas se apagaran. Pantaleón les deseó abundancia y se fue. Al juntar los platos descubrieron monedas de oro entre las migas. Eso dice la tradición, y eso explica las ceremonias domésticas.
Mamá tenía un tupper naranja con tapa blanca, se lo había comprado a mi cuñada o a alguna alumna. Durante un tiempo breve quise vender la marca con Fabiana y paseaba el librito con el catálogo colorido por la única cuadra donde vivía. Nací sin espíritu comercial, las rifas de la escuela terminaban en casa, la colecta también. De esa expedición recuerdo unas tazas con platito de distintos tonos pastel. Y ese tupper inmenso donde mamá servía los ñoquis. Antes hervía papas y las mezclaba con maicena, odiaba las pastas mal hechas, las llenas de harina que parecían municiones por lo duras, no le gustaban los mazacotes, ni que la carne tuviera venas, no soportaba que en la verdulería quisieran ponerle tomates machucados. Exigía algo que había aprendido con mi abuelo, él tuvo un almacén que atendía con justicia. El Buelo hasta pesaba las láminas de papel que separaban los fiambres para no cobrar de más. Como yo era prolija y ella práctica, la parte de pasar cada pieza por la tablita que le imprimía canaletas la hacía yo, después de tener listo el estofado se hervían en minutos y colaban. Muchas raciones, muchas veces. Bajo la cerámica algunos australes, el pan fresco con la cáscara crujiente.
Los últimos días en el hospital, mi padre volvía a esa mesa. Decía con dificultad pero elegía gastar las palabras en la comida de mi madre. Nombraba los ñoquis, las sopas, decía qué barbaridad, se relamía como si pudiera tragar algo imaginario.
Desde muy chiquita, mamá me enseñaba pastelería y cosas de panadería. Nuestras tortas parecían monumentos en los cumpleaños familiares, las cremas de relleno, la decoración con golosinas para los chiquitos recreando algo de Hansel y Gretel, velas por cada año de vida, el aplauso unánime.
Nada extraordinario y sin embargo, la abundancia viene quizás sin el valor que la época le imprime a las cosas, un plato de algo y la memoria. Como los elefantes acomodados entre otros adornos, con la trompa envolviendo cifras inútiles, con la frente contra las caras que parecían no verlos.