La corrupción está mal. Siempre | Análisis
Hay discusiones que una democracia madura nunca debería dar. Una de ellas es si la corrupción cambia de gravedad según el partido político del funcionario involucrado. Como si existieran corruptos propios y corruptos ajenos. Como si el color político
Marcos Di Giuseppe
Hay discusiones que una democracia madura nunca debería dar. Una de ellas es si la corrupción cambia de gravedad según el partido político del funcionario involucrado. Como si existieran corruptos propios y corruptos ajenos. Como si el color político pudiera transformar un acto indebido en algo tolerable.
Los nombres pueden cambiar. Los apellidos también. Insaurralde, Adorni, Urribarri o cualquier otro funcionario que sea denunciado o seriamente sospechado de haber utilizado el poder en beneficio propio deben ser medidos exactamente con la misma vara. Sin excepciones. Sin relativismos. Sin especulaciones partidarias.
Robar está mal. Siempre.
No existe corrupción grande y corrupción chica. No existe corrupción buena y corrupción mala. Tampoco puede existir una indignación selectiva que dependa de quién gobierna o de qué espacio político pertenece el funcionario cuestionado. Si aceptamos esa lógica, dejamos de defender principios para empezar a defender intereses.
Combatir la corrupción no es un acto de moralina. Es una condición indispensable para que exista una República sólida. La confianza de la ciudadanía descansa sobre una premisa elemental: quienes administran recursos públicos lo hacen en nombre de toda la sociedad, no en beneficio propio.
Por eso, quienes ejercemos funciones públicas nunca dejamos de ser funcionarios. Tenemos el deber permanente de rendir cuentas de nuestros actos, de nuestras decisiones y de la administración de los recursos que pertenecen a todos los argentinos. La ética pública no termina al salir de una oficina; es una responsabilidad que acompaña cada decisión.
La corrupción no destruye únicamente presupuestos. Destruye confianza. Y sin confianza no hay inversión, no hay desarrollo, no hay igualdad de oportunidades ni instituciones fuertes. Cada peso desviado de su destino es un peso menos para una escuela, un hospital, una ruta o una política pública.
En Entre Ríos se ha comenzado a recorrer un camino importante en esta materia. La gestión de Rogelio Frigerio impulsó una agenda de fortalecimiento de la ética pública y de mayores estándares de transparencia, entendiendo que la integridad no puede ser un eslogan de campaña, sino una política de Estado. Ese debe ser el horizonte permanente, gobierne quien gobierne.
La Argentina necesita abandonar definitivamente la lógica de justificar o minimizar la corrupción según la conveniencia política del momento. La honestidad no puede depender del partido al que pertenezca el funcionario investigado. La ética pública es innegociable.
Porque los recursos del Estado son de todos. Y quien los administra debe saber que la sociedad tiene derecho a exigir transparencia absoluta.
La corrupción siempre está mal. Venga de donde venga. Involucre a quien involucre. Ese debería ser uno de los consensos irrenunciables de la democracia argentina.
*Presidente del Ente Autárquico Puerto Concepción del Uruguay e integrante del Ateneo Crisólogo Larralde.