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La Nota Digital 28/06/2026 03:59 5 min de lectura

El trámite

El señor K decidió iniciar sus trámites jubilatorios un lunes a las siete y diez de la mañana, exactamente a la misma hora en que durante treinta años había comenzado su ronda como inspector de trá

El trámite
Foto: La Nota Digital

El señor K decidió iniciar sus trámites jubilatorios un lunes a las siete y diez de la mañana, exactamente a la misma hora en que durante treinta años había comenzado su ronda como inspector de tránsito. Le pareció correcto mantener el orden incluso en el retiro.

Llevaba una carpeta prolijamente organizada: certificados médicos, constancias laborales, recibos antiguos, fotocopias autenticadas. Nada faltaba. El señor K sabía que los sistemas funcionaban cuando uno colaboraba con ellos.

El edificio previsional era enorme y silencioso. No había filas visibles ni empleados reconocibles. Solo pantallas encendidas que mostraban números que no parecían avanzar.

Se acercó al mostrador.

Vengo a iniciar mi jubilación dijo con firmeza profesional.

La mujer detrás del vidrio no levantó la vista.

¿Ya fue iniciado su trámite?

El señor K dudó.

Justamente vengo a iniciarlo.

La mujer tecleó algo que no produjo sonido.

Según el sistema, su trámite ya está en proceso.

K sintió alivio. Todo estaba bajo control.

Perfecto. ¿Qué debo hacer?

La mujer levantó por primera vez los ojos.

Esperar.

No explicó qué ni cuánto.

Se sentó frente a una de las pantallas. En ella apareció su número: K-301. Permaneció atento. Minutos después cambió a K-298. Nadie pareció notarlo. Una mujer a su lado sonrió con discreta satisfacción cuando su turno retrocedió varios lugares.

K pensó que debía tratarse de un ajuste interno.

Los días siguientes regresó puntualmente. Cada vez un empleado distinto confirmaba lo mismo:

Su expediente está activo.

El sistema lo está evaluando.

No interfiera con el proceso.

Aquella última frase le resultó extraña. Durante años él había interferido con todo: peatones, conductores, motociclistas, vendedores ambulantes. Intervenir era garantizar el orden.

Sin embargo, obedeció.

Observó entonces algo inquietante: nadie parecía terminar nunca su trámite. Las personas entraban con carpetas gruesas y salían con hojas nuevas que agregaban a las anteriores. Algunos sonreían con resignación, como si comprendieran algo que él aún ignoraba.

Un hombre mayor le susurró en la sala de espera:

No pregunte demasiado. El sistema sabe.

K asintió. Aquello le resultaba familiar. Él mismo había repetido frases semejantes durante años: la norma es clara, la ley establece, el procedimiento indica.

Siempre había existido un orden superior.

Una semana después recibió una notificación electrónica:

Se ha detectado inconsistencia en su situación previsional.

K sintió una mezcla de alarma y entusiasmo. Por fin algo concreto.

Se presentó temprano.

Quiero regularizar la inconsistencia anunció.

El empleado le entregó un formulario.

Complete el 17-B.

K se sentó a llenarlo con precisión. Al observar el encabezado notó que decía Formulario 17-C. Volvió al mostrador.

Disculpe, me entregaron otro formulario.

El empleado lo miró con calma.

Son equivalentes mientras no coincidan.

K regresó a su asiento y continuó escribiendo.

¿Qué falta? preguntó luego.

Nada falta.

¿Entonces qué sobra?

El empleado sonrió apenas.

Eso es precisamente lo que el sistema está evaluando.

El señor K comenzó a estudiar el funcionamiento del organismo. Observaba pantallas, recorría pasillos, escuchaba conversaciones ajenas. Intentó ayudar a otros jubilados a ordenar sus carpetas. Les explicó cómo numerar hojas, cómo anticiparse a observaciones administrativas.

Sentía que estaba recuperando su lugar.

Pronto algunos comenzaron a preguntarle:

¿Usted trabaja acá?

K respondía con modestia:

No exactamente. Pero conozco cómo funcionan los procedimientos.

Una mañana descubrió que la oficina de Jubilaciones ya no estaba donde había estado siempre. Nadie anunció la mudanza. Lo extraño fue que todos parecían saber exactamente dónde estaba ahora, excepto quienes habían estado allí el día anterior.

Aquello no lo inquietó. Pensó que el sistema debía reorganizarse constantemente.

Una tarde intentó acceder al archivo central. Pensó que, revisando personalmente su expediente, podría acelerar el proceso.

El guardia le bloqueó el paso.

El sistema no requiere supervisión externa.

Solo quiero colaborar dijo K.

Justamente respondió el guardia. Por eso debe permanecer afuera.

Esa noche comprendió algo inquietante: nadie parecía controlar realmente el sistema. No había director visible, ni autoridad final, ni oficina decisiva.

El trámite avanzaba sin responsables.

Volvió al día siguiente decidido a ofrecerse como colaborador voluntario.

Puedo ayudar explicó. Treinta años aplicando normas. Sé detectar irregularidades.

La empleada lo escuchó en silencio.

El sistema no necesita guardianes.

K sintió un leve temblor.

Toda ley necesita alguien que la haga cumplir.

Ella negó suavemente.

Aquí la ley no se cumple. Se procesa.

Desde entonces empezó a llegar antes que todos. Ordenaba sillas, indicaba turnos imaginarios, orientaba recién llegados. Nadie se lo pidió, pero nadie lo detuvo.

Se sentía nuevamente necesario.

Una mañana vio su carpeta sobre un escritorio abierto. Reconoció su letra en la portada. Intentó acercarse. Un empleado la retiró con cuidado.

Su expediente no puede coincidir con usted le dijo.

K asintió sin discutir.

Sin embargo, cada vez que consultaba por su jubilación, recibía la misma respuesta:

El proceso continúa.

¿Cuándo termina?

Cuando deje de intentar dirigirlo.

K permaneció en silencio. Por primera vez no supo qué hacer.

Se sentó en la sala de espera y observó a las personas entrar y salir. Nadie parecía culpable, ni inocente, ni evaluado realmente. Solo estaban allí, dentro de un proceso que no pedía obediencia ni rebeldía.

El sistema no parecía necesitar que alguien sostuviera la ley.

Ni siquiera necesitaba que alguien creyera en ella.

Su función como inspector su verdadera función había desaparecido sin conflicto.

El señor K volvió al día siguiente.

Y al otro.

Y al otro.

Ya no preguntaba por su jubilación.

Solo esperaba que, en algún momento, el proceso volviera a necesitarlo.

J. Noriega

imagen. IA

La Nota Digital Esta nota se publicó originalmente en el medio.
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