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Perfil 28/06/2026 03:49 3 min de lectura

Lo que la psiquiatría hace por la política exterior

Lo que la psiquiatría hace por la política exterior
Foto: Perfil

Durante siglos los Estados contrataron diplomáticos, espías, traductores, expertos en protocolo, criptógrafos y, cuando la ocasión lo requería, asesores militares. A esa lista parece haberse sumado ahora una profesión inesperada: la de los psicólogos. Según una investigación del periodista Jeremy Scahill publicada en el sitio Drop Site News, funcionarios iraníes incorporaron especialistas en salud mental para elaborar el perfil psicológico de Donald Trump y adaptar a él cada mensaje que llegaba a la Casa Blanca. La premisa era sencilla: si el interlocutor razona de un modo imprevisible, tal vez convenga estudiar primero su imprevisibilidad.

La noticia tiene algo de cómico y algo de perfectamente lógico. La diplomacia siempre fue, en el fondo, una rama aplicada de la psicología. La diferencia es que antes se simulaba que los jefes de Estado eran seres racionales y que los tratados se firmaban después de ponderar intereses nacionales. Ahora alguien admite que quizá convenga redactar un comunicado como quien intenta convencer a un paciente de que tome la medicación.

El detalle más divertido no es que los iraníes hayan considerado a Trump un caso clínico. Lo verdaderamente extraordinario es que, según las fuentes citadas por Scahill, el método habría dado resultado. Los mensajes, revisados previamente por psicólogos, obtenían mejores respuestas que los redactados por diplomáticos.

Eso abre una posibilidad fascinante. Los futuros ministerios de Relaciones Exteriores podrán organizarse como hospitales. En lugar de embajadores habrá terapeutas. Las cumbres internacionales comenzarán con un test de personalidad. El protocolo incluirá preguntas sobre traumas infantiles, tolerancia a la frustración y necesidad de aprobación. El viejo arte de la negociación quedará sustituido por algo mucho más moderno: la regulación emocional del adversario.

Tampoco será una innovación tan radical. La historia está llena de soberanos cuyo temperamento determinó el destino de millones de personas. La diferencia consiste en que antes se los llamaba coléricos, melancólicos o caprichosos. Hoy se habla de perfiles, patrones de conducta y sesgos cognitivos. Cambió el vocabulario, pero la incertidumbre sigue siendo la misma.

También resulta curioso que la noticia haya sorprendido a tanta gente. Todo buen vendedor adapta su discurso al cliente. Todo buen profeta ajusta su discurso a sus seguidores. Todo profesor modifica una explicación según el alumno que tiene delante. Todo traductor cambia una frase para que produzca en otra lengua el mismo efecto que en la lengua de partida. Los iraníes, simplemente, extendieron ese principio a la geopolítica: tradujeron sus mensajes no del farsi al inglés, sino del lenguaje diplomático al lenguaje de Trump.

Quizá dentro de unos años descubramos que cada potencia posee un gabinete semejante. Un equipo especializado en explicar cómo hablar con presidentes hipersensibles, primeros ministros narcisistas, reyes paranoicos o cancilleres incapaces de terminar una reunión sin consultar las redes sociales.

La diplomacia del siglo XXI ya no consistirá en encontrar las palabras adecuadas, sino el diagnóstico adecuado. Porque un tratado puede fracasar por una coma mal puesta o una traducción errónea, pero también por un ego mal interpretado. Y eso, al parecer, ya no lo resuelve un embajador: lo resuelve un psicólogo.

Perfil Esta nota se publicó originalmente en el medio.
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