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Sociedad
TN 27/06/2026 05:58 6 min de lectura

Tiene 12 años, nació sin piernas y apuesta al deporte para cumplir un gran sueño: Quiero ser campeón

Agustín Torrales vive en Mendoza y descubrió en el básquet adaptado una pasión que redefinió su futuro. Entrena todos los días para competir, pero necesita apoyo para dar el siguiente paso.

Tiene 12 años, nació sin piernas y apuesta al deporte para cumplir un gran sueño: Quiero ser campeón
Foto: TN

Hubo un tiempo en que Agustín Torrales estaba convencido de que los superhéroes existían. No solamente porque los veía en las películas o en los dibujos animados, sino porque uno de ellos se había convertido en su compañero inseparable. Era Spider-Man. Tenía su mochila, sus juguetes, sus disfraces y hasta una forma especial de mirar el mundo inspirada en aquel personaje que parecía capaz de superar cualquier obstáculo.

Por entonces era apenas un niño de La Paz, Mendoza, que se desplazaba en silla de ruedas y que había llegado al mundo con una condición tan rara como inesperada: nació sin sus extremidades inferiores. Su mamá, Aldana Salas, tenía apenas 17 años cuando recibió aquella noticia que ningún estudio médico había anticipado durante el embarazo.

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Pasaron los años. Agustín creció. Aprendió a moverse, a adaptarse, comenzó a hacer preguntas y a construir una personalidad que sorprendía a todos los que lo conocían. Curioso, sociable y dueño de una sonrisa constante, parecía decidido a demostrar que la felicidad podía abrirse paso incluso en los escenarios más difíciles.

Pero hoy ya no tiene seis ni siete años. Hoy tiene 12. Y aunque sigue conservando la misma alegría, algo cambió profundamente en su vida. Spider-Man quedó guardado en algún rincón de la infancia y en su lugar apareció otra pasión: el básquet. Me cambió la vida porque siempre quería estar en un equipo, resume él mismo en diálogo con TN.

El amor por la pelota

Durante mucho tiempo Agustín practicó distintas actividades, se vinculó con otros chicos y llevó adelante una vida activa, pero nunca había encontrado algo que le permitiera sentirse parte de un grupo que compartiera experiencias similares a las suyas.

La historia comenzó casi por casualidad. La familia ya se había mudado de La Paz a Santa Rosa buscando una mejor atención médica y mayor acceso a especialistas. En una de esas consultas surgió una conversación que terminaría modificando el rumbo de los días de Agustín.

Su mamá comentó que le gustaría que practicara algún deporte. Ella siempre había sido una persona vinculada a la actividad física y estaba convencida de que el movimiento, la disciplina y la integración podían aportar mucho más que beneficios físicos. Sabía que existía un equipo de básquet adaptado en San Martín llamado Granaderos de San Martín, en homenaje al Libertador y a sus soldados. También sabía que los días que viajaban para realizar controles médicos podían aprovecharse para acercarse a los entrenamientos.

Así fue como llegaron por primera vez al polideportivo a mirar un entrenamiento. Y como suele ocurrir con las historias que terminan siendo importantes, el comienzo no fue perfecto: a Agustín no le gustó demasiado. Todo era nuevo, había reglas que aprender, movimientos que incorporar y un ambiente desconocido.

Sin embargo, algo empezó a pasar con el correr de las semanas. Comenzó tímidamente y los entrenamientos dejaron de ser una obligación para transformarse en una expectativa. Los compañeros dejaron de ser desconocidos para convertirse en amigos. Y el básquet dejó de ser una actividad para convertirse en una pasión. Me siento bien porque he hecho amigos nuevos, cuenta.

Su mamá cree que la verdadera transformación ocurrió en otro plano. Encontró una empatía que nunca había tenido. Encontró compañeros que comparten la misma condición que él y eso le dio mucha confianza, explica.

Por primera vez no necesitaba explicar determinadas cosas y tampoco justificar ciertas limitaciones ni responder preguntas incómodas. Simplemente, era uno más dentro del equipo. Uno más que entrenaba, se equivocaba, mejoraba y soñaba. Y eso, para cualquier chico, puede cambiarlo todo.

Hoy Agustín cursa séptimo grado en la Escuela Juan Pascual Pringles de Santa Rosa. Está entrando en la adolescencia, una etapa en la que todos los chicos buscan construir su identidad y encontrar su lugar en el mundo. El básquet llegó justo en ese momento. Y llegó para quedarse.

Los entrenamientos ocupan buena parte de sus días. Aprende jugadas, trabaja la técnica y desarrolla habilidades que nunca imaginó tener. Todavía se considera un jugador en formación.

De hecho, habla de sus virtudes con una sinceridad encantadora. Soy bajito, pero doy buenos pases y leo bien las jugadas, dice. También reconoce aquello que todavía le falta, por eso sigue practicando.

El de Agus no es un sueño imposible ni extraordinario, sino un sueño de cancha. Mi sueño es encestar una canasta y salir campeón, resume, entre tímido y risueño. Detrás de esa frase aparece un chico de 12 años como cualquier otro. Uno que se emociona con los partidos, que festeja los triunfos y que imagina el futuro alrededor de una pelota.

Hace poco llegó otro momento importante. Debutó oficialmente con Granaderos de San Martín en su primer partido representando al equipo. Un acontecimiento que para muchos podría parecer menor, pero que para él significó muchísimo más que disputar algunos minutos de juego.

Quiero ser campeón

Ahora el próximo desafío tiene nombre y destino y es La Rioja. Los días 4 y 5 de julio el equipo tiene previsto viajar para disputar una nueva competencia. Los padres de Agustín, trabajadores de clase media, buscan apoyo económico solo para el pasaje, porque la estadía está contemplada.

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Y para Agustín no se trata solamente de un torneo. También representa la posibilidad de conocer una provincia que nunca visitó. Aún no conozco La Rioja. Sería la primera vez que voy, cuenta con entusiasmo.

La ilusión se mezcla con los nervios propios de cualquier aventura nueva. Mientras tanto sigue entrenando, haciendo amigos y creciendo. Y sigue demostrando que la vida tiene maneras inesperadas de sorprender. Hace algunos años soñaba con ser Spider-Man. Hoy ya no necesita superpoderes.

Le alcanza con ponerse la camiseta de su equipo, entrar a una cancha y sentir que pertenece. Porque al final, después de todo lo vivido, ese era el sueño que más deseaba cumplir.

TN Esta nota se publicó originalmente en el medio.
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