Mientras miramos la cancha, por María Isabel Sola
Hay acontecimientos que tienen la capacidad de reunir a millones de personas alrededor de una misma emoción. El fútbol es, probablemente, uno de ellos.
Mientras miramos la cancha, por María Isabel Sola
Hay acontecimientos que tienen la capacidad de reunir a millones de personas alrededor de una misma emoción. El fútbol es, probablemente, uno de ellos.
Durante un Mundial, durante una final o incluso durante un partido importante, algo sucede. Dejamos de lado diferencias, preocupaciones y discusiones. Nos encontramos en una pasión compartida y volvemos a sentir que formamos parte de algo más grande que nosotros mismos.
Y eso está bien.
Las comunidades también necesitan momentos de alegría, encuentro y esperanza.
Pero mientras miramos la cancha, el mundo sigue ocurriendo.
Las guerras no se detienen. Las crisis humanitarias no entran en pausa. La pobreza, las desigualdades y el sufrimiento de millones de personas no desaparecen porque empiece un partido. La realidad sigue ahí. A veces lejos, en conflictos que parecen ajenos. A veces cerca, en situaciones que atraviesan a nuestros vecinos, nuestras instituciones y nuestras familias.
Mientras millones de personas se preparan para vivir la fiesta del Mundial 2026, continúan los conflictos armados, las crisis migratorias y las emergencias humanitarias que afectan a millones de seres humanos. Y mientras eso sucede a escala global, también existen desafíos mucho más cercanos.
En Argentina seguimos debatiendo cómo construir una sociedad con más oportunidades y menos desigualdades. En Entre Ríos buscamos generar condiciones para que el desarrollo llegue a cada rincón de la provincia. Y en Concepción del Uruguay convivimos con desafíos que tienen nombres y rostros concretos: jóvenes que buscan oportunidades, familias que intentan construir un futuro mejor, instituciones que sostienen diariamente espacios de encuentro y personas que atraviesan situaciones de vulnerabilidad que nos interpelan como comunidad.
Por eso vale la pena recordar que mirar también es una decisión.
Aquello que elegimos mirar influye, muchas veces, en aquello que decidimos transformar.
No se trata de dejar de disfrutar del fútbol. No se trata de convertir la alegría en culpa. Se trata de no perder la sensibilidad frente a lo que ocurre fuera del espectáculo.
Porque una sociedad madura no es la que deja de celebrar.
Es la que puede celebrar sin dejar de comprometerse.
No podemos resolver una guerra desde Concepción del Uruguay. Tampoco podemos terminar con el hambre en el mundo ni detener por nosotros solos las crisis que atraviesan distintos países.
Pero sí podemos decidir qué tipo de comunidad queremos ser.
Podemos elegir si miramos para otro lado o si nos involucramos. Si la indiferencia gana espacio o si seguimos apostando por el encuentro, la solidaridad y la responsabilidad compartida.
Y quizás, mientras la pelota está en la cancha, la pregunta no sea qué ocurre dentro de ella.
Quizás la pregunta sea qué hacemos nosotros mientras tanto.
Si aprovechamos esos momentos que nos unen para recordar todo lo que todavía nos falta construir. Si somos capaces de emocionarnos con una victoria sin olvidar a quienes atraviesan una dificultad. Si entendemos que la grandeza de una sociedad no se mide solamente por sus triunfos, sino también por la forma en que acompaña a quienes más la necesitan.
Porque el mundo no se detiene cuando rueda la pelota.
Y la comunidad que soñamos para Argentina, para Entre Ríos y para Concepción del Uruguay tampoco debería detenerse.
Al contrario.
Debería encontrar, incluso en medio de la celebración, nuevas razones para seguir construyendo un nosotros.