Una mirada desde la alcantarilla. Una garganta de fuego - 9 Digital - Mi 9
Una mirada desde la alcantarilla. Una garganta de fuego -
Una garganta de fuego
Primero aparecían los neumáticos inmensos, algunos hombres acarreaban ruedas de tractores que ya no servían. El caucho desplumado de alambres pinchaba los brazos largos como si hundieran espinas contra algodones. Después los bidones venían de apoco con kerosene, los troncos secos retorciéndose del frío, la forma desesperada de los árboles del monte que crecen erizados. Ramas retorcidas de espinas con ganas de revolver la entraña misma de la tierra. Después alguien con el sonido de un hacha entre las cejas aparecía, las astillas mordían la punta de los dedos, los ojos colorados de tanta fuerza hincaban su fe en prender la llama.
Pienso que algo de la piel habrá quedado entre las brasas. Entonces se iniciaba el fuego y sus lenguas parecían más altas que la cúpula donde la campana de la iglesia colgaba como el pálpito del pueblo. Los gurises saltábamos como chispas lejos del centro ardiente.
Es por San Juan, decía mamá. Hay que pedir abundancia.
Y el humo negro teñía la noche más breve del año.
Y la garganta del campo nos mostraba su paladar hecho de fuego.
Todo quedaba a oscuras excepto ese punto ardiente, el brillo en los pómulos y los brazos de hombres grandes moviéndose como cuises que imitan sus sombras. Las manos asomaban y alimentaban la pulpa de las llamas con piñas y ramas de quebracho.
Ignoro a qué llamaba abundancia en aquel tiempo en que era una niña con el pelo siempre sostenido por las manos de mi madre. Me pregunto si la plegaria no rogaba por la interrupción del tiempo. Una fuga quieta me persigue. La noche breve duraba años ante el corazón envuelto de ceniza y canción de cuna. Un oído sordo de Dios habrá escuchado. Los pastizales guardan la huella en la garganta de la tierra. Eso quiero creer.