Un gran remedio para un gran mal
Belgrano es un prócer incómodo. Tal vez por eso la Argentina prefirió homenajear su obra más emblemática antes que mirar de frente su vida. Cada 20 de junio recordamos la bandera, pero casi nunca pensamos en el hombre que la creó.
El alemán Georg Hegel elaboró una categoría precisa para pensar a ciertas figuras públicas extraordinarias. Las llamó individuos históricos. Se refería a aquellos hombres capaces de encarnar, en sus fines particulares, algo mucho más grande que ellos mismos, una voluntad de época, una necesidad profunda de la historia. Belgrano pertenece a esa estirpe. Su figura no ofrece la comodidad del héroe perfecto, narrado con nobleza impecable, hidalguía y victorias en serie. Belgrano carga otro espesor. Es, acaso, el prócer más humano de nuestra independencia, el más parecido a nosotros, atravesado por derrotas, vacilaciones, enfermedad, frustración y una voluntad política inmensa. Perdió casi todas las batallas que combatió y, aun así, pensó un país, imaginó un continente y dejó una marca decisiva en la historia argentina.
La operación más eficaz para domesticarlo fue reducirlo al simple creador de la bandera, como si una mañana hubiera mirado el cielo, se hubiera inspirado en sus colores y hubiera entregado a la patria un símbolo bello y neutral. Esa versión le quitó a la bandera su densidad política y a Belgrano una parte central de su pensamiento. Porque la bandera fue una decisión de soberanía, una afirmación revolucionaria y una toma de posición en medio de la lucha. Belgrano fue, además, el prócer argentino con la visión americanista más profunda. Fue un verdadero soñador de la Patria Grande, un hombre que pensó la emancipación en clave continental y entendió que la libertad exigía pueblos capaces de constituirse en nación.
Belgrano incomoda porque subvierte un modelo cultural argentino demasiado consolidado, uno donde la viveza criolla cosecha más prestigio que la honestidad, donde el desprendimiento despierta una sonrisa sobradora y donde la generosidad suele quedar del lado de los giles. Belgrano cobra su sueldo y lo dona para construir escuelas. Nace en una familia rica y muere en la pobreza. Entrega su vida a esa nadería inmensa que se llama patria. Y claro, frente a una sensibilidad entrenada en el cinismo, siempre aparece alguno dispuesto a hacerse el canchero y dictar sentencia: en el fondo, Belgrano era un gil.
Ahí está, justamente, su potencia más incómoda. Belgrano no encaja en la pedagogía del acomodo. No sirve como santo patrono del curro, ni como pionero de la coima, ni como precursor de la patria declamada mientras por abajo circulan negocios, favores y pequeñas obscenidades del poder. Belgrano hace algo mucho más perturbador: hace lo que se debe. Lo hace incluso cuando pierde, cuando se equivoca, cuando no consigue la gloria, cuando la historia no le devuelve aplausos inmediatos. Esa moral resulta directamente insoportable en un país que hace siglos viene conviviendo con el saqueo, la entrega y la justificación elegante de la miseria pública.
Su fuerza, más allá de sus admirables ideas y de su coraje de hombre político y de acción, está en sus convicciones morales. Tal vez por eso corrió la misma suerte que los sectores populares, los pueblos originarios, los gauchos, las mujeres, los negros y los trabajadores, borrados prácticamente de la historia oficial hasta hace muy pocos años. Fue con ellos, con esa nación de nadies, con quienes Belgrano llevó adelante la gran gesta popular de nuestra independencia. Ahí también reside otra de sus incomodidades más persistentes. Belgrano pertenece a una historia plebeya, conflictiva, americana y popular que durante demasiado tiempo se quiso ocultar y aún hoy no tiene el reconocimiento debido. Resulta esclarecedor el hecho que el 20 de junio se conmemore, el acto oficial, en la pituca Rosario y no en Jujuy, Salta y Tucumán claves para sostener la revolución.
Fue ese pueblo del norte el que decidió dejar de ser una masa anónima e invertebrada para asumirse como sujeto político. Fue esa decisión colectiva la que volvió posible el sacrificio, la resistencia y la grandeza. La historia depende de muchos factores, pero principalmente de mujeres y hombres que, en un momento decisivo, resuelven hacer lo que hay que hacer con la certeza de un destino compartido.
Pensar, hablar y volver a imaginar a Manuel Belgrano supone un cambio profundo de paradigma cultural. Sirve para abandonar la especulación miserable y mezquina, dejar atrás la viveza como brújula moral y emprender, de una vez, el camino de una patria para todos. Tal vez ahí siga esperando, todavía, un gran remedio para uno de nuestros grandes males.
*Esta nota está dedicada a Taty Almeida, faro moral de nuestra democracia, siempre graciosa y valiente, y que nos sigue conmoviendo con la fuerza de su absoluta sencillez. Te vamos a extrañar y necesitar mucho.