Detrás de cada nombre, una familia que busca y espera: los 58 desaparecidos en Chaco
Según los registros oficiales de la Policía del Chaco, hay personas que son buscadas desde hace años e incluso décadas. Detrás de cada nombre hay familias
"Voy a seguir hasta encontrar a mi hijo" . Esas fueron las palabras de la mamá de Axel González, el joven desaparecido desde el 17 de mayo. Una frase que engloba todo lo que significa tener un familiar desaparecido y que volvió a poner en el centro de la escena las desapariciones en Chaco que alarman a una sociedad entera.
La Policía del Chaco tiene en su página web una lista de Personas Extraviadas. Actualmente, 58 personas denunciadas como desaparecidas en la provincia integran esa lista. Personas de las cuales nunca más se supo nada y que aún continúan siendo buscados.
De las 58 personas que actualmente continúan siendo buscadas en Chaco, 50 son hombres y ocho son mujeres. El caso más antiguo registrado es el de Sixto Ivarrolla, cuyo paradero se desconoce desde hace 45 años.
Junto a él aparecen otros nombres que quedaron grabados en la memoria colectiva de los chaqueños, como los de Elvis Benítez, Yanina Tschannen, Adolfo González, Carlos Wyss y Nelson Gusak (de quien presuntamente se habían encontrado restos, pero aún no hay confirmación oficial de que le pertenezcan). La mayoría de las personas incluidas en los registros tiene menos de 60 años.
Aunque desde la Policía y la Justicia señalaron a Diario Chaco que no pueden brindar detalles sobre cada expediente debido al secreto de sumario, las desapariciones responden a realidades muy diversas. Entre las hipótesis que suelen aparecer en este tipo de investigaciones se encuentran situaciones vinculadas a violencia de género, consumos problemáticos, trastornos de salud mental, posibles casos de trata de personas, desapariciones forzadas o incluso ausencias voluntarias.
Cada caso presenta características particulares, lo que dificulta establecer una única explicación detrás de las desapariciones registradas en la provincia.
"¿DÓNDE ESTÁ?"
La palabra "desaparecido"suele definirse como una persona cuyo paradero se desconoce, sin que exista certeza sobre si continúa con vida. Sin embargo, detrás de esa descripción hay una realidad mucho más compleja: la de quienes buscan.
La desaparición de una persona implica una espera interminable, atravesada por la incertidumbre, la angustia y la ausencia de respuestas. En ese contexto, hay una pregunta que resuena de manera constante: "¿Dónde está?".
Todos entendemos que la muerte forma parte de la vida y que, tarde o temprano, todos moriremos. Esa certeza permite, de algún modo, una preparación emocional para afrontar la pérdida. Incluso cuando la muerte ocurre de manera inesperada, existen rituales funerarios transmitidos de generación en generación como el velorio en nuestra cultura que ayudan a iniciar el duelo, realizar un cierre simbólico y despedirse.
Pero, ¿qué ocurre cuando no hay un cuerpo al que llorar? Diario Chaco dialogó con Sonia Wyss, hija de Carlos Wyss (desaparecido en 2018), y la licenciada en Psicología Solange Krejci, quienes explicaron de qué se trata y cómo se atraviesa una de las situaciones más difíciles de vivir.
"Es una de las experiencias más complejas de vivir y de acompañar porque la incertidumbre permanente de no saber qué pasó realmente deja abiertas múltiples posibilidades. Entonces aparece la dificultad para poder elaborar la pérdida", señaló la profesional.
Las palabras de Sonia reflejan con claridad ese proceso. "Fue algo muy duro, sentí mucha desesperación, no paraba. Luego esa angustia se convirtió en un agotamiento imposible de describir", recordó sobre los primeros momentos de la búsqueda de su padre.
La profesional explicó que este fenómeno es conocido como "duelo ambiguo", una situación en la que la persona está ausente físicamente, pero continúa presente psicológicamente en la vida de sus seres queridos.
"Impide a las familias alcanzar una resolución clara a nivel emocional. Realmente es algo muy costoso desde lo psíquico y lo emocional", sostuvo Krejci. Esa imposibilidad de cerrar la historia también aparece en el relato de Sonia: "No puedo terminar de cerrar el libro porque no tengo certezas. Yo no tengo nada sobre mi papá, siento mucha impotencia".
Según detalló la psicóloga, la ausencia de certezas mantiene a las familias atrapadas en una espera constante que puede prolongarse durante años.
"La falta de saber qué pasó mantiene a las familias en una espera permanente y eso puede generar problemas de salud mental. Si uno analiza los testimonios de familias que continúan buscando a desaparecidos, encuentra mucho dolor y mucha angustia", afirmó.
Entre las consecuencias más frecuentes mencionó cuadros depresivos, estrés crónico e incluso manifestaciones físicas del sufrimiento emocional.
"Es una herida abierta para toda la familia. La angustia puede transformarse en estrés crónico, dolor físico y también aparece algo muy importante: la culpa. Muchas veces los familiares se preguntan qué hubiera pasado si actuaban de otra manera, si acompañaban más, si podían haber hecho algo distinto", explicó.
Sonia reconoce haber transitado esos mismos sentimientos durante la desaparición de su padre. "No dormía, realmente no dormía, también porque me acechaba la culpa de decir por qué no lo acompañé", contó.
La esperanza también ocupa un lugar central en estos procesos. Aun cuando transcurren meses o años sin novedades, muchas familias continúan imaginando el regreso de la persona desaparecida.
"Hay una esperanza persistente. Por ejemplo, algunas personas no quieren salir a determinada hora porque era el horario en el que el familiar solía volver a casa. La desaparición irrumpe en todos los aspectos de la vida cotidiana", señaló. Y Sonia en su declaración lo ratificó: "Quiero y estoy esperando que en algún momento aparezca".
Para Krejci, detrás de la búsqueda constante existe una necesidad profunda de obtener una respuesta que permita cerrar una historia que quedó suspendida en el tiempo.
"Es muy común escuchar frases como muerto o vivo, que me digan dónde está. Lo que aparece ahí es la necesidad de que exista un corte simbólico. Es decir: saber qué pasó. Después de tanto tiempo de incertidumbre y sufrimiento, las familias necesitan una explicación. Necesitan un final para esa historia", expresó.
En ese proceso también interviene la memoria colectiva. Argentina es un país donde la palabra "desaparecido" carga un peso histórico que influye en la manera en que las familias y la sociedad intentan comprender lo ocurrido. No es una ausencia cualquiera: es una palabra que remite a una herida profunda de la historia argentina y que vuelve especialmente difícil convivir con la incertidumbre.
Pero las desapariciones no distinguen edad, género, condición económica ni lugar de origen. Detrás de cada caso hay una historia interrumpida, una familia que espera respuestas y una comunidad que también se pregunta qué ocurrió.
Mientras 58 personas continúan siendo buscadas en Chaco, las preguntas siguen abiertas. ¿Qué pasó con cada una de ellas? ¿Por qué algunas desapariciones logran respuestas y otras permanecen envueltas en el misterio durante años o incluso décadas?
Son interrogantes que exceden a cada expediente judicial y que invitan a mirar un fenómeno tan diverso como silencioso.
UN CASO PARTICULAR
El pasado 18 de junio, cerca del mediodía, apareció Jonathan Blanco, el joven de 23 años que permanecía desaparecido desde el 30 de mayo. Fue hallado por personal policial en una zona de monte cercana al basural de Puerto Tirol y trasladado de inmediato al Hospital Perrando para recibir atención médica.
"Estuvo 20 días sin comer ni tomar agua ", relató su hermana a Diario Chaco, visiblemente aliviada tras semanas de intensa búsqueda e incertidumbre. Jonathan quedó internado en el área de Salud Mental del nosocomio local. Según explicó su familia, el joven se encontraba bajo tratamiento y consumía medicación que lo ayudaba a mantenerse orientado, motivo por el cual sostenían la esperanza de encontrarlo con vida.
El hallazgo representó el desenlace que toda familia espera cuando denuncia una desaparición. Sin embargo, la aparición no necesariamente cierra el proceso atravesado durante esas semanas. A la preocupación por el estado de salud del joven se suman ahora otras preguntas: qué ocurrió durante los días en que estuvo ausente, cómo reconstruir ese período del que existen pocas certezas y qué acompañamiento será necesario para evitar que una situación similar vuelva a repetirse.
La hermana de Jonathan también contó que no era la primera vez que atravesaban un episodio de estas características, ya que en otras oportunidades el joven se había ausentado de su hogar durante algunos días. En ese sentido, el caso expone una dimensión menos visible de las desapariciones vinculadas a padecimientos de salud mental: cuando la persona regresa, el alivio convive con la necesidad de comprender lo sucedido y de reorganizar los cuidados familiares frente a una incertidumbre que, aunque transformada, no desaparece por completo.