Somos un "Cambalache": ¿Cuánto vale una muerte o una noticia falsa?
El escándalo de la falsa noticia del fallecimiento del papá de Lionel Messi expuso mucho más que un error periodístico. Puso en evidencia una degradación s
La divulgación en un canal de streaming de la falsa noticia de la muerte de Jorge Messi, el papá de Lionel, trepó al extremo de los escándalos. El episodio solamente expuso algo que es previsible que ocurra (y que vuelva a suceder) en este formato de comunicación que va constantemente desafiando límites. Salvo muy pocas excepciones, lo que se produce en estos "canales" muestra a un grupo de personas hablando de todo, como si fuera una reunión de amigos, bien regada de bebidas alcohólicas. Prácticamente es una competencia por ver quien dice lo más disparatado y desafiante. Total, si alguien se siente afectado, sienten que tienen tiempo para pedir disculpas o para redoblar el insulto.
Es parte de todo el deterioro que se generó por el mal uso de las herramientas poderosas que trajo el aluvión de avances tecnológicos en los últimos años. Pero, como lo viejo funciona, para graficarlo mejor, apelamos al tango "Cambalache" aquel que en 1934 enseñó a decir que "¡Todo es igual! ¡Nada es mejor! ¡Lo mismo un burro que un gran profesor! No hay aplazaos ni escalafón, los inmorales nos han igualao. Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición, da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón".
UNA MUERTE
Aun cuando no perdemos la expectativa de saber cómo se resuelve la trama del "deslomado" jefe de Gabinete Manuel Adorni y su milagrosa capacidad de encontrar fortunas en pendrives, otro nuevo escándalo vino a fascinarnos, como en las viejas historias escritas por Alberto Migré.
Este culebrón lo generó la conocida actriz Florencia Peña contratada para conducir un programa en un canal de streaming. El escándalo reventó al anunciar la muerte de Jorge Messi, padre del capitán de la selección argentina de fútbol. Con el correr de las horas, queda claro que la burrada fue empujada por un grupo de productores periodísticos que le indicaron que de inmediato "metiera un golazo". Todos actuaron atolondrados por la urgencia, por el afán de la primicia y, como cuestión de fondo, por la liviandad insoportable que se maneja en estos formatos.
La falsa noticia se expandió por la lógica de todo lo que agiganta la mención del apellido Messi. La familia del capitán de la selección se vio obligada a emitir un comunicado reconociendo que Jorge atraviesa una situación delicada en su salud y pidió dos elementos que están ausentes no solamente en los streamings sino en la discusión política actual del país: prudencia y respeto.
Cuando apenas pasó una semana del inicio del Mundial y sin que Argentina haya jugado aun su segundo partido, el escándalo reventó y prácticamente no dejó a nadie sintiéndose ajeno a la situación. Ni siquiera, por supuesto, al presidente de la Nación, Javier Milei, que se metió de lleno en una nueva polémica en redes. Aprovechó el momento y calificó a la actriz de "chimentera de poca monta" y de "personaje nefasto". Luego, tildó las declaraciones de la conductora como "aberrantes e inescrupulosas", agregando que "siempre se puede caer más bajo" e infligir daño con temas que hacen a la vida privada de los ciudadanos. Para cerrar, renovó su batalla con los medios de comunicación. Afirmó que el episodio refleja "la impunidad con la que algunos individuos creen que pueden operar por el simple hecho de tener un micrófono o una pluma en la mano". Junto a él, por supuesto, aparecieron cual flota de aviación norteamericana, la legión de replicadores de agravios en las redes sociales.
Seguimos preguntándonos qué necesidad tiene el jefe de Estado en meterse en el barro de una discusión de este calibre. Qué poco hemos aprendido de don Raul Alfonsín cuando recordaba que "la democracia no es solamente una forma de gobierno; es una forma de vida". Por eso definía como un "imperativo cotidiano escuchar al otro, aceptar las diferencias y resolver los conflictos mediante el consenso y las instituciones".
Florencia Peña y los productores del canal de streaming actuaron atolondrados por la urgencia, por el afán de la primicia y, como cuestión de fondo, por la liviandad insoportable que se maneja en estos formatos.
LA DEGRADACIÓN
Tratando de llegar a algunas conclusiones, lo primero que debe admitirse es que el daño causado a la familia Messi es irreparable. Pero no es casual. Es la lógica consecuencia de una degradación acelerada y alevosa de los estándares de la comunicación social.El fenómeno de los "streamings" solo hizo visible un camino cuesta abajo en todo lo referido la difusión de aspectos sociales y culturales. Hace poco más de tres décadas arrancó el primer bombardeo atroz para romper todos los límites de lo que se comunicaba. En aquel entonces, con la TV como medio dominante, fue el conductor Marcelo Tinelliel "jefe de campaña" de las atrocidades que nos tocó presenciar.
Gracias a sus productos televisivos (que encontraron el beneplácito de una enorme porción de la sociedad) se fueron rompiendo las "balanzas" para medir y separar lo relevante de lo irrelevante. Se fue fusionando todo, porque todo era show. El cuerpo desnudo de una mujer, una muerte, una pelea con insultos de grueso calibre o un "blooper". Eso se sembró hace 30 años y fue creciendo aceleradamente. En 2026 para muchos espacios de comunicación, publicar datos sobre una tragedia o compartir un "meme" es casi lo mismo , poque lo que importa es la repercusión, las interacciones, el número de veces compartido y la cantidad de comentarios, aunque todos ellos no aporten más que agravios y descalificaciones. Todo lo demás cae en el vacío.
Por eso, más que la falsa noticia en pocas horas se hizo más lamentable las maneras como profesionales e improvisados en la comunicación social intentaron suavizar la situación. "Fue un error y todos nos equivocamos" repetían a coro muchos de ellos, dándole valor -que lo tiene- al pedido de disculpas de la protagonista del escándalo. Pero el centro del problema no es, ni será la actriz Florencia Peña.
Ella es apenas un aporte más a la confusión general de este momento social en Argentina. Aquí estamos, donde la coincidencia es casi una quimera y el manejo de la información por medios masivos ha quedado en manos de miles de improvisados: desde los "influencers" a deportistas devenidos en opinadores, pasando por policías retirados con antecedentes muy violentos que se autoperciben como periodistas de investigación. Nobleza obliga: también hay periodistas formados en universidades que son capaces de deformar cualquier dato porque están enfermos de fanatismo partidario o porque saben sacar provecho financiero a su desempeño.
En 2026 publicar datos sobre una tragedia o compartir un "meme" es casi lo mismo, poque lo que importa es la repercusión, las interacciones, el número de veces compartido y la cantidad de comentarios. Todo lo demás cae en el vacío.
SOMOS LO QUE SOMOS
Algunos insisten en justificar todo, enarbolando la idea que vivimos en la era de la "Posverdad". Sin embargo, hay quienes aun ejercen la memoria y recuerdan todo lo que acarreó aquella sentencia del "Fin de las ideologías" para el inicio de este milenio. Son quienes entienden que no todo puede ser igual. Que no es lo mismo un daño leve que otro grave, como consecuencia de un mal manejo de un mensaje masivo. Lo probó Orson Welles, allá por octubre de 1938, cuando espantó a toda Nueva York cuando en vísperas de Halloween leyó una adaptación en formato de noticiero de la novela de ciencia ficción "La guerra de los mundos".
La superficialidad viene siendo un gran negocio, desde Tinelli para acá, pero son muchos miles los que no entran a hacer compras a su "tienda". Por eso, para muchos esto que pasó el jueves, es realmente ofensivo y no un simple error. El chequeo periodístico no puede ser reducido a lo que te dicte tu productor al auricular. La verificación a fondo es lo que abre el abismo entre un trabajo ético y responsable de otro que puede generar incalculables consecuencias. No distinguir lo relevante, o ser indiferente a las consecuencias de esto es autorizar a que toda la información sea arrojada (y la sociedad con ella) a un campo minado donde cada noticia puede explotar.
El manejo de la información por medios masivos queda a veces en manos de improvisados: desde los "influencers" a deportistas devenidos en opinadores, pasando por policías retirados con antecedentes muy violentos que se autoperciben como periodistas de investigación.
UN CACHO DE CULTURA
Por eso volvemos a la obra de Enrique Santios Discépolo y se nos hacen actuales aquellos "cambalaches" que en la Argentina de 1934 eran tiendas de compraventa de objetos usados de todo linaje y valor. Parados en 2026 cómo no admitir que los medios de comunicación y las redes sociales facilitan que todo se mezcle y muy poco pueda ser reconocido en su jerarquía. Un objeto sagrado, un trabajo bien realizado, una obra de valor sentimental termina valiendo exactamente lo mismo que un trasto viejo; solo va a depender de cuánta gente se ocupe de despedazarlo públicamente.
Solo faltan ocho años para que se cumplan el centenario de la inscripción de aquella obra maestra en ritmo de tango que, desde su aparición en público hizo que quien la escuche diga: "Es tal cual lo que pasa en el país". La obra se compuso en pleno período de la historia argentina conocido como la "Década Infame". Vaya ironía, como si pudiéramos recordar algún decenio que no estuviera cargado de barbaridades concretadas para destrozar el próspero país que alguna vez fuimos.
La lírica de Cambalache es un retrato escéptico y mordaz de la sociedad, de la pérdida de valores y la corrupción atravesando a toda la sociedad. Lo cierto es que siguen pasando los años y el asombro por la vigencia del retrato social intacto fue creciendo. Tal vez, a esta altura del partido, ya el país está tan desdibujado que la letra de este tango describe solamente un pedacito de lo que fuimos, mientras seguíamos empeorando. Asumimos, entonces, que reconocer el descalabro social argentino no es un rasgo de crueldad; sino apenas, un atisbo de sinceridad.
En ese terreno se realiza cada día el trabajo de los que aún anhelan generar espacios de comunicación claros, relevantes, abiertos al disenso y que sirvan para construir debates enriquecedores de la cultura general. Aunque los "genios que todo lo saben" intentan empujar a que la lógica del streaming sea la única que sobreviva. Cada cual, hace cada mañana su elección. Ninguna decisión es inofensiva.
Al fin y al cabo, quizás el problema no sea solamente que una noticia falsa pueda difundirse en segundos. Lo verdaderamente inquietante es que cada vez menos personas parezcan distinguir entre un error menor y un daño irreparable. Cuando todo vale lo mismo, el cambalache deja de ser una metáfora para convertirse en destino.