David Lebón y Pedro Aznar desbordaron de emoción la primera noche del regreso de Serú Girán
Fue la velada que inauguró cinco fechas agotadas en el Movistar Arena. Dos músicos en plenitud, canciones que detienen el tiempo y el espíritu de Charly García y Oscar Moro sobrevolando un concierto lleno de magia
El viernes 19 de junio, David Lebón y Pedro Aznar pisaron juntos por primera vez el escenario del Movistar Arena de Buenos Aires para el regreso de Serú Girán. Fue la inauguración de un capítulo nuevo, el primero de cinco shows agotados que la banda más amada del rock argentino se dispuso a dar en ese escenario. Lo que ocurrió durante casi dos horas no fue un simple concierto: fue la prueba de que la música hecha por músicos, con el pulso de la emoción y no de las máquinas, todavía puede detener el tiempo y llenar de algo verdadero cada rincón de una sala. Y con la presencia intangible de Charly García y el fallecido Oscar Moro sobrevolando cada canción
Antes del show, un cocktail en el estadio reunió a figuras que no quisieron perderse la noche. Entre los presentes estuvieron Lali junto a Pedro Rosemblat, Nito Mestre, Sandra Mihanovich, Lalo Mir, Cecilia Roth, Gastón Pauls y muchos más. El ambiente ya cargaba con la electricidad de lo que se venía.
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A las 21.10 se apagaron las luces. Lebón entró desde la derecha del escenario y Aznar desde la izquierda. Se encontraron en el centro, se abrazaron, y David lo resumió todo en tres palabras: Bueno, llegamos. El público, que llenaba cada rincón del Movistar Arena con una mezcla de padres con sus hijos y una mayoría entusiasta de sub-50, respondió con una ovación que no bajó de intensidad en toda la noche.
El show arrancó con Parado en el medio de la vida, los dos solos, sin más adornos que sus voces y sus instrumentos. Fue un comienzo que ya anticipaba el tono de la noche: íntimo, despojado, directo al hueso. Después, la intro de La Grasa de las Capitales y Frecuencia Modulada a todo ritmo, dio paso a la banda completa: Federico Arreysegor en teclados y voces, Fernando Cosenza en guitarras, Matías Sabagh en batería y Fermín Ferraris en teclados. Aznar los presentó uno por uno y luego tomó la palabra Lebón, con la voz quebrada por la emoción, al borde del llanto: Quiero agradecer a Pedro, él fue el que juntó a esta gente atrás mío. Trabajaron como locos desde el primer día. Yo necesito decirles a todos ustedes que han pasado muchas cosas desde que nací, y nunca me imaginé que a los 74 años iba a llenar estadios. La sala entera lo abrazó desde abajo.
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La noche avanzó por los cinco discos de estudio con un equilibrio que pocos esperaban. Del debut homónimo de 1978 grabado en Brasil junto a Billy Bond, un disco al que le costó ser aceptado cuando la banda llegó de vuelta al país sonaron apenas dos temas: El mendigo en el andén y Seminare, el que con los años se convirtió en el himno más reconocible de los llamados Beatles argentinos. De La Grasa de las Capitales (1979) llegaron cinco: la intro del tema que da título al álbum, Perro Andaluz, Noche de Perros, San Francisco y el lobo y Viernes, 3AM. Bicicleta (1980) aportó cuatro: Canción de Alicia en el país, Cuánto tiempo más llevará, Desarma y sangra y Encuentro con el diablo. De Peperina (1981) fueron cinco: Parado en el medio de la vida, Cinéma Verité, Esperando nacer, En la vereda del sol y Peperina. Y Serú 92, el del breve regreso, cerró con seis: Nos veremos otra vez, Si me das tu amor, Mundo agradable, Déjame entrar, Uno en uno y A cada hombre, a cada mujer. El álbum en vivo No llores por mí, Argentina (1982) sumó el tema que le da nombre. Una distribución que honró cada etapa de la banda sin privilegiar ninguna.
Cada canción tuvo su momento particular. La voz de Lebón se quebró de emoción, casi hasta las lágrimas, cuando cantó Nos veremos otra vez. En Canción de Alicia en el país, en lugar de el rey de espadas, Aznar cantó la letra original: la policía, sin eufemismos. Y en Peperina, la palabra huevos sonó entera, sin el pitido con que la censura la tapaba en los años de la dictadura. El público lo festejó con una carga de alivio histórico que fue difícil no sentir.
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En Noche de Perros, Aznar desplegó su bajo fretless con una precisión y ese sonido único (del que alguna vez, cuando grabó Tango 4 con Charly, abjuró) que erizó la piel de la platea; Lebón, por su parte, hizo rugir su Gibson a lo largo de toda la noche con la autoridad de quien lleva décadas hablando ese idioma sin necesitar traducción. Cuando terminó Desarma y sangra, desde la platea brotó un grito espontáneo: ¡Gracias, Charly!. Charly García, alma fundadora de la banda, no estuvo presente en el escenario, pero su espíritu sobrevoló cada canción de la noche. En las pantallas del estadio se sumaron imágenes de distintas épocas de García y de Oscar Moro, el baterista histórico de Serú Girán fallecido en 2006, que completaron esa presencia invisible pero permanente. Lebón asintió cuando la gente coreó el nombre de Charly: Sí señor. Fue uno de los momentos más cargados de la velada, de esos que no se planifican y que por eso duran.
San Francisco y el lobo nació como una canción de guitarra acústica, delicada, casi susurrada. Pero esa noche terminó de otra manera: con toda la banda adentro, con la potencia que alguna vez le dio Lebón en vivo para refrescarla, y el Movistar Arena entero de pie. Antes de Viernes, 3AM, Lebón preguntó al público: ¿Están sintiendo?. La respuesta fue un rugido. Cuando el tema terminó, Aznar anunció: Los dejo un ratito con David. Era el momento de los solos, lo que García había bautizado en los recitales de Obras Sanitarias en 1981 como momento solista.
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Lebón se quedó en el escenario con el pianista y tocó En la vereda del sol con tumbadoras, como en los viejos tiempos. Antes, contó que esa canción nació en Uruguay, en las primeras vacaciones que junto a Charly pudieron tomarse con los primeros dineros ganados. Siempre andábamos con pianitos chiquititos, siempre hacíamos canciones. Yo era muy chico en ese momento, dijo, y rió con esa risa suya, ancha y sin cálculo. Ahora tengo diez nietos. A sus 74 años, Lebón se mostró exactamente así: pleno, presente, sin nostalgias innecesarias.
Después fue el turno de Aznar con su guitarra. Tocó Déjame entrar y antes de Uno en uno canción suya incluida en Serú 92 se dirigió a Lebón con una confesión que detuvo la respiración de la sala: Esta canción la soñé, y cuando la soñé estaba cantada por tu voz. Fui a escribirla. Y cuando la escuché se me puso la piel de gallina, porque la cantaste tal como la había soñado. El silencio que siguió fue de los que pesan, de los que dicen más que cualquier aplauso.
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Antes de Mundo agradable, Aznar recordó que cuando Lebón les mostró esa canción a él y a García sin darle mucho crédito, los dos le dijeron sin dudar que era su Imagine. Lebón sonrió, dijo que ahora me gusta, y contó que para grabar el disco de 1992 y los shows en River cada uno andaba por su lado Aznar giraba con Pat Metheny en Estambul y se pasaban las canciones por teléfono. Charly llamaba y decía que la cinta del cassette saltaba, recordó entre risas del público que reconoció en esa imagen una época entera.
El cierre del segmento central llegó con la aparición de Juanito Moro, el único invitado de la noche, presentado por Aznar con ternura y con orgullo: parte de la familia. Era chiquitito, estaba en una valijita mientras ensayábamos, todavía no habían comprado un moisés, completó Aznar. Juanito es hijo de Oscar Moro, y tocó la batería exactamente donde su padre lo hizo durante años. La emoción en el estadio fue física, palpable. Se lució en Cuánto tiempo más llevará con una solidez que hizo saltar al público de sus asientos, y cerró su participación con No llores por mí, Argentina. Fue la imagen más poderosa de la noche: la historia de Serú Girán latiendo con sangre nueva, en manos de alguien que la lleva en el apellido.
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El setlist de 22 temas recorrió toda la discografía con justicia, aunque algún fanático habrá echado de menos clásicos como Eiti Leda, ausente en esta primera fecha. El cierre fue Peperina, y después vino lo que el público esperaba con la misma certeza con que se espera el aire: el oh, oh, oh, oh, oh que miles de gargantas cantaron en los recitales de la década del 80, y el una más y no jodemos más, ese ritual colectivo que el tiempo no borró. Serú Girán volvió al escenario para Seminare, con el público de pie y la linterna de los celulares en vez de los encendedores. A las 23.07 Lebón se despidió con cuatro palabras: Todo el amor para ustedes.
Afuera, en la noche de Buenos Aires, miles de personas salieron con los ojos húmedos y algo adentro que no sabían muy bien cómo nombrar. Quizás era eso: la certeza de que algunas cosas, cuando son verdaderas, no se van nunca del todo. Que Charly y Moro estaban ahí. Que Juanito tocó donde tocó su padre. Que David y Pedro, a los 74 y 66 años, subieron a ese escenario sin red y entregaron todo. Y que el Movistar Arena entero se fue a casa feliz.
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Los cuatro shows siguientes en el mismo estadio 21 de junio, 10 de julio y 9 de agosto, todos agotados, más una quinta fecha el 12 de septiembre completan la temporada porteña. La gira continúa por Córdoba (26 de junio, Quality Arena, agotado), Rosario (4 de julio, Metropolitano), Mendoza (25 de julio, Arena Maipú) y Mar del Plata (14 de agosto, Polideportivo), con una segunda fecha en Córdoba el 25 de septiembre con entradas disponibles.
Fotos: RS Fotos
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