Messi, una bendición para mí, para vos y para el fútbol
En el lugar más random para una periodista rawsina, Lionel volvió a hacer lo que mejor sabe: maravillar al mundo. Con tres goles extraordinarios en el triunfo de Argentina ante Argelia, el capitán regaló una actuación inolvidable que convirtió una no
A Leo lo vi entrando al Hotel Del Bono Park durante una de las visitas de la Selección a San Juan. Lo vi en el Bicentenario, en aquel clásico frente a Brasil que quedó marcado por la clasificación a Qatar y por aquella histórica charla con Lionel Scaloni en la que auguró un poco lo iba venir después. Lo vi enojado, cuando en San Juan informaba en conferencia de prensa que cortaban el diálogo con la prensa por los polémicos dichos que se deslizaron en torno al Pochi Lavezzi. Lo vi por televisión incontables veces, sentada en mi casa de Villa Hipódromo, admirando cada movimiento suyo. Lo vi de muchas maneras. Pero nunca lo había visto así.
Nunca había presenciado tan de cerca esa versión de Messi que parece jugar por encima de cualquier lógica. Un atrevido total con la pelota. Un futbolista capaz de convertir lo extraordinario en algo cotidiano, normal. Como si el paso de los años no existiera, hoy ya a sus 38 años . Como si el fútbol todavía tuviera fórmulas reservadas únicamente para él.
Fue súper movilizante verlo ingresar al campo de juego en Kansas City. Escuchar cómo miles de personas comenzaban a corear su nombre incluso antes de que tocara la pelota. Argentinos, pero también hinchas de otras nacionalidades, rendidos ante el mismo fenómeno. Porque Messi no le pertenece solo a la Argentina, sino al fútbol en sí.
Y allí, en un lugar al que llegué después de tres aviones y muchos kilómetros, llegó el show y la magia en vivo y en directo. El primer gol. El segundo. El tercero. Tres definiciones que hicieron explotar al estadio y que provocaron esa sensación tan difícil de describir cuando uno sabe que está presenciando algo especial. Cada vez que tocaba la pelota, las tribunas contenían la respiración. Y cada vez que aceleraba, parecía que algo estaba por suceder.
La gente estaba eufórica. Lo aplaudía, lo ovacionaba, le celebraba cada gambeta, cada pase, cada gesto. Había una sensación de adoración colectiva y en esa adoración, también me incluyo. Como si todos supieran que estos momentos hay que guardarlos porque no serán eternos, aunque quisiéramos que así lo fueran.
Y es que en medio de todo eso, apareció mi emoción. La de una piba del interior que alguna vez soñó con ser periodista deportiva. Porque cubrir un Mundial es el sueño máximo para cualquiera, pero quizás lo es un poco más para quienes crecimos y estamos lejos de los grandes escenarios donde suelen ocurrir estas historias. Desde San Juan, muchas veces estos escenarios parecen imposibles. Uno los imagina, los mira por televisión y sueña con estar ahí algún día.
Por eso, mientras observaba a Messi hacer de las suyas frente a 69 mil personas, sentí que aquella adolescente que soñaba con contar historias de fútbol -y de otros tantos deportes- estaba cumpliendo algo mucho más grande que una cobertura periodística. Estaba viviendo un sueño.
Y qué privilegio que ese sueño tenga a Lionel Messi como protagonista. Porque el Mundial recién empieza, pero Leo ya nos volvió a regalar una de esas noches que alimentan la ilusión.
Por eso no quiero olvidarla. Porque para mí, Messi una vez más fue un regalo divino. El mío, el tuyo y el de todos.