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Provinciales
9digital 16/06/2026 12:15 3 min de lectura

Una mirada desde la alcantarilla. El barco de Hernandarias - 9 Digital - Mi 9

Una mirada desde la alcantarilla. El barco de Hernandarias -

Una mirada desde la alcantarilla. El barco de Hernandarias - 9 Digital - Mi 9
Foto: 9digital

El barco nunca pierde las luces

Las costillas ceden como si fueran tablas de madera, dice mi profesora mientras inspiramos y abrimos el pecho. El esternón señala al cielo. Solo hay un tiempo. En el piso del barco amarrado a la costa dejábamos nuestras huellas diluídas, charquitos con la forma de pies y la música zen del goteo del pelo ante el mostrador, nosotros gurises sedientos, con la garganta abierta de jilgueros para pedir siempre un poco más de todo..

El barco funcionaba como kiosco por la tarde y como comedor en las horas en que la gente tiene hambre. Nosotros éramos chicos y nuestros padres podían abrir el bolsillo y dejar billetes también chicos para jugos congelados que chupábamos como si estuviéramos exprimiendo ubres de vacas. Hacíamos fila, esperábamos que el brazo largo se estirara como el puente que nos dejaba pasar por encima de la orilla del río. Los tablones estaban pintados de blanco y se enlazaban entre cuerdas y tornillos, nos mareábamos viendo el agua moverse, el arrullo del agua nos hipnotizaba por un rato y después volvía la urgencia por revolverse en el agua amarilla como miel.

El zumbido del calor se incorporaba al cuerpo. Abrí las costillas, la energía entre las palmas. Sostené la temperatura tibia y devolvésela a tu cuerpo. Las costillas abiertas para el aire pase. Las vértebras despegadas.

Las cajas de pesca salían con los hombres torcidos por el peso, una caminata como de pinguinos que iban hacia donde el atardecer se volvía una llama. Ocupaban el espacio entre las piedras donde no se podía nadar. Los camalotes se enredaban entre las tanzas como cosas deformes que mostraban los viejos que mascaban tabaco.

El humo quedaba lejos de quienes éramos niños. Las tripas andaban sueltas entre anzuelos. Una conversación silenciosa nos alejaba.

El bullicio estaba entrelazado a las madres y mujeres jóvenes que buscaban y llevaban baldecitos plásticos y las cremas, los gorros y toallas gastadas, las canastas con frutas y agua congelada que se derretía entre los repasadores. El tiempo estaba hecho de apuros y nuestros nombres eran dichos tantas veces que no los oíamos.

De noche cuando el cuero nos ardía de tanto sol lamiéndonos los hombros, nuestros padres prendían fuegos. Las chispas saltaban y crepitaban las escamas que iban dorándose hasta caer chamuscadas. Había otoño y rito en esos veranos. Había sapos que croaban cada año en la misma puerta.

Nosotros desvencijábamos las parrillas de las camas con el peso muerto del cuerpo.

El barco nunca perdía las luces. Respirá, sostené. Una luz en la mollera. Un hilo que sube la columna y la alarga.

Los foquitos parecían un andamio por donde trepaban todas las cosas sueltas: estrellas y murciélagos.

Las panzas blancas de los peces que permanecían nadando refulgían y saltaban como flechas. Dormíamos descalzados de nuestras espinas, ignorábamos esa exhibición del triunfo de todo lo permanente entre nosotros que solamente caíamos sin conciencia durante unas noches cerca del misterio.

Un poema de Rita Dove dice:

Trepá

a una vasija y

Viví ahi un tiempo.

Tierra fría.

No hay estrellas en este cielo pétreo.

Ya no hay dolor.

Tu espina dorsal es una flor.

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