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Provinciales
El Diario 15/06/2026 06:03 2 min de lectura

Ahora el cliente cree que le estás engañando: la reflexión de un carpintero tras 53 años de oficio

Antonio Solís, carpintero jubilado de 67 años, analiza cómo cambió su profesión en más de cinco décadas: de la confianza del boca a boca a la desconfianza actual y la falta de relevo generacional.

Ahora el cliente cree que le estás engañando: la reflexión de un carpintero tras 53 años de oficio
Foto: El Diario

Antonio Solís empezó a los 14 años en el taller de su padre. Hoy, a los 67 años y recién jubilado, mira atrás con la sensación de haber vivido una transformación completa en el mundo de la carpintería. Y no precisamente para mejor.

Lo primero que nos enseñaban era a ser honrados, a trabajar limpio, a tener palabra y a ser constantes, recuerda este veterano del oficio. Si decías mañana por la tarde voy, mañana por la tarde estabas allí. No había móviles para avisar ni excusas. Eso hacía que al cliente lo tuvieras siempre ganado.

La nostalgia de Solís no es caprichosa. Durante décadas, la carpintería funcionaba con códigos claros: trabajo bien hecho, puntualidad, recomendación de boca a boca. Había muchos carpinteros en cada barrio, pero todos teníamos trabajo. La gente se hacía sus casas y siempre había algo que hacer, explica.

¿Qué cambió? La desconfianza se instaló como norma. Ahora el cliente cree que le estás engañando, antes confiaba en ti, dispara sin filtro. Tú eres un profesional, aconsejas al cliente y creen que les estás timando. Y luego es al revés: te dicen que es caro, no valoran el trabajo.

El contraste generacional es brutal. El mejor cliente es la persona mayor, que viene, te explica lo que quiere, confía en ti y vos hacés el trabajo. La gente joven no: lo compran todo por internet, en IKEA, lo montan, lo desmontan. No le dan valor y eso afecta mucho al oficio.

Pero hay otro drama: la falta de relevo generacional. Desde hace años no entra nadie en mi taller pidiendo trabajo. Antes venían los padres a dejarte al hijo, lamenta. Los jóvenes de hoy no quieren esa vida, asegura. Antes trabajábamos muchas horas, sábados incluidos. Ahora quieren terminar a las tres y descansar. Así no aprendes un oficio como este.

La reflexión de Solís pinta un panorama preocupante: oficios tradicionales que se pierden, no solo por la tecnología, sino por un cambio cultural profundo. La inmediatez y la desconfianza reemplazaron a la paciencia y la palabra empeñada. Y cuando un carpintero con 53 años de experiencia cierra su taller, se va con él un conocimiento que difícilmente se recupere.

El Diario Esta nota se publicó originalmente en el medio.
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