La caucetera que acribilló de cuatro balazos a su esposo cuando este descansaba
El brutal ataque ocurrió una madrugada de 1974. La pareja atravesaba una crisis y había iniciado el trámite de separación. Ella lo acribilló a tiros, pero increíblemente él no murió.
Si Dios existe, esa madrugada estuvo del lado de ese obrero. Porque realmente fue un milagro que ese caucetero sobreviviera a dos tiros que le pegaron en la nuca, un tercer disparo que le impactó en un oído y un cuarto balazo que le atravesó un costado del cuello.
Y no se trató de un ajuste de cuentas entre maleantes o el resultado de una pelea entre borrachos. Quien lo atacó fue Josefa Antonia Villega, su joven esposa que, hastiada de los maltratos o de pura maldad, acribilló a balazos a Francisco Luis Cortinez y no consiguió acabar con su vida.
El suceso existió y ocurrió la madrugada del 27 de octubre de 1974, aunque no hay registros periodísticos del sangriento hecho que tuvo lugar en la casa de la pareja, situada en calle Rioja, en Villa Santa Isabel. Solo la sentencia da testimonio de esa conflictiva relación matrimonial que, a más de una década de convivencia, no tenía retorno.
Los parientes y amigos de la pareja estaban al tanto de los problemas entre Francisco y Josefa. Aunque seguían viviendo bajo el mismo techo, las desavenencias de ambos hasta habían llegado a Tribunales, con pedidos concretos de separación.
Como siempre sucede, las apariencias engañaban y la situación de violencia dentro del domicilio o la crisis matrimonial era más grave de lo que todos pensaban. Josefa le tenía un miedo demencial o un odio sin límites, al punto que en los primeros días de octubre de 1974 compró un revólver y cartuchos. Nadie sabía de esa arma, hasta que decidió sacarla esa madrugada del domingo 27 de ese mes.
Una versión decía que Francisco Cortinez llegó borracho en las primeras horas de ese día y se acostó a dormir. Josefa no le dirigió una palabra, dejó que cerrara los ojos y empezara a roncar. Aguardó por un rato largo y, a eso de las 5 de la mañana, se levantó, se vistió y buscó el revólver. Después caminó lentamente y apuntó contra su esposo. Segundos después se escucharon las detonaciones.
Dos de los balazos impactaron en la parte posterior de la cabeza de Cortinez. Otro disparo dio en su oído izquierdo y otro lo hirió en un costado del cuello. Lo asombroso fue que el obrero rural quedó inerte, quizás moribundo, pero todavía con vida. Cuando los niños de la casa y un hermano de Cortinez corrieron a ver qué pasaba, se encontraron con Josefa al lado de la cama, con el arma de fuego en la mano y vestida. Esto último llamó la atención.
Los impactos de bala no dañaron ningún órgano vital, eso explica de por qué sobrevivió. Los disparos fueron efectuados a escasos centímetros de su cabeza.
Cortinez fue asistido esa mañana en el Hospital César Aguilar de Caucete y más tarde derivado al Hospital Guillermo Rawson. Sorprendentemente, los disparos en la cabeza no habían atravesado el cráneo y, por tanto, no había daño cerebral. Es más, recobró la conciencia y relató lo ocurrido ante los policías, que plasmaron una declaración por demás dudosa. De acuerdo con el acta firmada por el comisario y el oficial instructor, la víctima supuestamente contó que esa noche discutieron, que él quiso atacar a su mujer con un cuchillo, que ella logró zafar y que, para defenderse, tomó el arma de fuego para disparar contra él.
Lo que no cerraba en esa primera versión policial era que Cortinez recibió los balazos cuando estaba de espaldas y posiblemente durmiendo. Esto quedó acreditado en función de la localización de los impactos de bala: dos de los balazos fueron en la nuca y otro en el oído. Incluso, el hallazgo de restos de ahumamiento sobre la piel de la víctima daba cuenta de que los disparos fueron realizados a centímetros del cuerpo.
Josefa Villegas fue detenida e imputada por el delito de homicidio agravado por el vínculo, en grado de tentativa, pese a que ella insistió en que actuó en defensa propia. Afirmó que su marido la quiso agredir con un cuchillo de cocina y que ella solo quiso protegerse.
El juez de instrucción no le dio crédito a sus dichos. Más aún, por la dudosa actuación policial. Uno de los policías que trabajó en el caso era pariente directo de la mujer. Además, esa primera declaración de la víctima parecía armada para favorecer a la acusada.
Es que Francisco Cortinez declaró más tarde en sede judicial y dijo todo lo contrario ante el fiscal y el juez del caso. El jornalero afirmó que estaba durmiendo cuando fue atacado a balazos por su esposa. También aseguró que jamás declaró que esa noche pelearon, que él agarró un cuchillo y que su mujer se defendió. Y agregó que desconocía el contenido de esa primera declaración en la Comisaría 9na. La explicación era sencilla: el obrero rural no sabía escribir ni leer.
Todo se definió en el juicio, en 1976. Aunque es posible que Josefa Villegas haya sido víctima de la violencia y los maltratos de Francisco Cortinez, lo que se impuso en el juicio fue la acción criminal de la mujer contra su esposo. El fiscal sostuvo la acusación por tentativa de homicidio agravado y pidió 15 años de prisión para la mujer de 33 años.
La defensa planteó la teoría de la legítima defensa y buscó la absolución, pero las pruebas arrinconaron a la mujer. El juez del Quinto Juzgado en lo Penal entendió que actuó de una manera premeditada, dado que compró ese revólver días antes del ataque. Por otro lado, dio por acreditado que su marido estaba durmiendo y en clara situación de indefensión cuando lo atacó a balazos.
Si los disparos eran para defenderse y alejarlo, ¿por qué los balazos dieron en partes vitales del cuerpo?, se preguntó. Podría haber apuntado a otra parte del cuerpo o al aire, expresó. Para el magistrado hubo dolo y una clara intención de matar, y fue así que consideró que ella debía responder penalmente por esa acción. El 6 de abril de 1976 leyó la sentencia y la condenó a la pena de 10 años y 6 meses de cárcel.