Girasol: la nutrición define el salto de rinde en el campo - Informe Digital
El cultivo dejó los peores lotes y ahora busca más tecnología: fósforo, nitrógeno y azufre marcan la diferencia.
Durante años, el girasol se sembró en los lotes más flojos del campo, con poca o nula fertilización y rindes apenas medios. Pero el repunte de precios cambió el mapa: empezó a ganar tecnología, se lo ubica en mejores ambientes y hoy aparece con chances de competir de igual a igual con otros cultivos de verano. Ese salto, sin embargo, abrió un nuevo problema: la nutrición pasó a ser el principal cuello de botella, según se analizó en un panel del Congreso Puro Girasol, una iniciativa impulsada por Advanta para mejorar la rentabilidad del cultivo.
En el cultivo de girasol, la brecha entre el rendimiento potencial y el promedio nacional es del 30-35%, según zonas. Por ejemplo, en el oeste de Buenos Aires, el girasol podría rendir 3,5 toneladas por hectárea y la media regional es de 2,4 toneladas, afirmó Diego Rotilli, profesor de la Universidad Nacional de La Pampa.
Esa distancia productiva responde a varios factores. Entre los más importantes aparecen la deficiencia de fósforo, la disponibilidad de nitrógeno, el manejo del cultivo antecesor, la fecha de siembra y el control de insectos y hongos.
En el congreso, Rotilli explicó que en un ensayo con modelos de saturación con todos los insumos necesarios para que el cultivo expresara su máximo potencial frente al manejo tradicional de la zona se comprobó que fósforo y azufre fueron los principales limitantes del rendimiento. También señaló margen para mejorar en genética, micronutrientes y control de adversidades. Por eso, recomendó afinar los diagnósticos de cada nutriente y elegir híbridos según ambiente y fecha de siembra, porque no rinden igual en una loma que en un bajo salino.
Aplicaciones oportunas
En las decisiones de fertilización importa analizar el contenido del nutriente en el suelo para detectar deficiencias, pero también es importante tener en cuenta la oportunidad de aplicación del fertilizante, afirmó el especialista en Ciencias del Suelo Martín Díaz Zorita.
El girasol suele considerarse un cultivo tolerante al estrés hídrico por su gran desarrollo radicular, que puede llegar a tres metros. Las raíces crecen desde la emergencia hasta el estado R1; entonces, la nutrición debe empezar temprano, para que el cultivo pueda colonizar el suelo. También es importante asegurar una correcta nutrición más adelante, en el tercio superior del follaje, un área foliar fotosintéticamente activa que tiene gran influencia sobre el rendimiento final, explicó.
Al evaluar la fertilización con distintos nutrientes, Díaz Zorita sostuvo que el análisis de fósforo extractable permite ver si hay suficiente disponibilidad en el suelo. Diversas mediciones han detectado importantes deficiencias en una amplia zona comprendida por Buenos Aires, Entre Ríos, sur de Córdoba y este de La Pampa, entre otras, señaló. En esa macrozona, agregó, es muy común que haya que fertilizar el lote donde se va a cultivar girasol. En general, hay correlación entre contenidos de fósforo de menos de 12 partes por millón y respuesta económica, cuantificó.
También recordó que el fósforo es un nutriente muy poco móvil en el suelo: donde cae, queda. Por eso, debe estar accesible para las plantas con una aplicación en la línea de siembra. A la vez, advirtió que el fertilizante fosfatado está formado por sales y que, si además contienen nitrógeno, pueden intoxicar a las plantas y comprometer la emergencia. Por eso recomendó usar dosis prudentes y revisar los dosificadores de las sembradoras, ya que un funcionamiento defectuoso puede provocar sobredosis en la línea y afectar el logro de plantas.
Como guía práctica, Díaz Zorita indicó que 65 a 70 kilos de fosfato monoamónico por hectárea alcanzan para corregir las deficiencias más comunes de los suelos del oeste bonaerense.
Sobre el nitrógeno, recordó que cuanto más disponibilidad hay en el suelo, más rendimiento puede obtenerse hasta cierto límite. Fijó como umbral entre 90 y 100 kilos por hectárea para tener chances de una respuesta económica a la fertilización.
La aplicación de este nutriente favorece hojas más grandes y mayor fotosíntesis. No hay que apurarse para fertilizar, porque gran parte del rendimiento se define avanzado el cultivo, con el tercio superior de las plantas. Conviene demorar la aplicación del nitrógeno hasta que se alcancen 6 u 8 hojas, aconsejó. Según explicó, esa práctica fortalece la canopia y tiene impacto directo en la formación del rendimiento.
La decisión de aplicar o no fertilizante también puede apoyarse en el color de las hojas y en imágenes satelitales. Como referencia general, recomendó 40 a 50 kilos de nitrógeno por hectárea para los campos del oeste de Buenos Aires que cultiven girasol. Hacia el sudoeste, con clima más frío, la dosis puede subir a 50 a 60 kilos.
Otros elementos
En el oeste bonaerense, zona girasolera por excelencia, la materia orgánica es pobre en azufre. Ese nutriente mejora el aprovechamiento del nitrógeno para formar proteínas y también ayuda a enfrentar situaciones de estrés hídrico moderado, por lo que debe asegurarse su disponibilidad.
Otro nutriente a vigilar es el boro. Díaz Zorita explicó que, a la cosecha, a veces se observan plantas con capítulos caídos por debilitamiento del tallo, una pérdida directa de rendimiento en el lote.
Recordó que el boro actúa en la división celular. Cuando el cultivo desarrolla el capítulo, se produce el estiramiento de las células del tallo. En campañas húmedas, el boro se mineraliza desde el suelo y alcanza para abastecer los requerimientos del girasol, que puede mantener el tallo del capítulo en buenas condiciones. En campañas secas, en cambio, no se mineraliza lo suficiente y pueden aparecer capítulos desprendidos. Por eso, en esos escenarios, recomendó hacer análisis del nutriente y agregar lo necesario.
Como síntesis, el experto planteó un manejo integrado de la fertilización del girasol: el fósforo es clave para la exploración del sistema de raíces, aunque su aplicación exige cuidado; el nitrógeno aporta al área foliar y puede aumentar el contenido de materia grasa, aunque no todos los lotes lo necesitan; y el boro, con pronósticos climáticos desfavorables, puede aplicarse en R1-R2 para sostener el tallo del capítulo.
Matías Saks, técnico de Bunge, destacó que en la nutrición del girasol deben considerarse fósforo, nitrógeno y azufre como elementos principales, sin dejar de lado la vigilancia del boro y del zinc. Propuso una fertilización balanceada y remarcó que el fósforo no debe faltar en suelos con deficiencia, a los que se puede sumar nitrógeno, sobre todo en campañas con buenas precipitaciones y alta probabilidad de respuesta.
También señaló que el nitrógeno suele aprovecharse mejor cuando se combina con una proporción de azufre, una mezcla que da más respuesta que la aplicación aislada de nitrógeno en suelos con carencia de ambos elementos. El azufre mejora la eficiencia del uso del nitrógeno, concluyó.