LA LUZ DE PUERTO RUIZ !!!!
Se cumplen 130 años del natalio de Juan Laurentino Ortiz. Y es una motivación especial para celebrar su vida y su legado universal.
Junto al río Gualeguay despertó a la vida, el 11 de junio de 1896. Y seguramente descubrió el paisaje a través de los sueños pescadores de quienes habitaban Puerto Ruiz, a pocos kilómetros de la ciudad fundada por Rocamora en 1783.
Su infancia en la campaña del departamento Villaguay, la definición creadora en Gualeguay y la conclusión de su felicidad literaria en Paraná, son puntos de referencia ineludibles para entender las razones de su horizonte.
Juanele caminó la historia cultural de Entre Ríos y el país, dejando una huella indeleble en las almas del pueblo.
Los primeros libros artesanales los publicó en Gualeguay, mientras que a partir de la década del cuarenta, editó sus poemas desde la capital provincial.
«El agua y la noche» (1924-1932),
«El alba sube» (1933-1936), «El angel inclinado» (1937), «La rama hacia el este» (1940), «El álamo y el viento» (1947), «El aire conmovido» (1949), «La mano infinita» (1951), «La brisa profunda» (1954), «El alma y las colinas» (1956), «De las raíces y el cielo» (1958), son algunos de sus títulos espléndidos.
«El junco y la corriente», «El Gualeguay, y la orilla que se abisma», completaron sus desgarros de alto vuelo, e integraron junto a los textos mencionados el trabajo «En el aura del sauce», tres volúmenes cuidadosamente preparados donde aparecen sus poemas, fotografías y dibujos de excelente calidad.
Allí sigue viviendo Juan Laurentino; sigue dialogando con los jóvenes que lo visitaban en su casa del Parque Urquiza; sigue ilustrando a generaciones de argentinos sobre el pensamiento de la humanidad y sobre los misterios de la noche.
También vuelve a insistir sobre la necesidad de la paz, mientras comparte desde la eternidad la cotidiana pobreza de quienes caminan las tardes de la incertidumbre y el dolor.
El poeta murió en Paraná, el 2 de septiembre de 1978, a los 82 años, cuando el reconocimiento a su producción se propagaba sin límites, y su humildad perfumaba la comarca.
El domingo 3, fueron trasladados sus restos al cementerio de Gualeguay.
Alfredo Veiravé recuerda que el cortejo «atravesó las cuchillas y las colinas niñas que danzaban a su alrededor despidiéndolo. El saludo de Diamante, con sus altas torres lejanas en la bruma, alzadas sobre el Paraná. Su paso por la antigua Victoria o su entrada por una calle de eucaliptos a Gualeguay, la ciudad amada, enmarcados todos los instantes del paisaje que seguirán extasiados en su poesía».
Hoy, a 130 años de su llanto ribereño y libre, celebremos desde todos los cauces del sentimiento, la perdurable gracia de su poesía.
ROBERTO ROMANI
Ilustración: Vicente Cúneo