Una mirada desde la alcantarilla. Bajo las flores - 9 Digital - Mi 9
Una mirada desde la alcantarilla. Bajo las flores -
Tuve un gato que me traía animales muertos como ofrenda, aparecía con su pelaje colorado y blanco, sus garras cubierta por la piel suave, su cara de bondad entre mis brazos y la sangre dura que manchaba algunas partes de su patas: eran loros, gorriones, torcazas, alguna rata tiesa, bichos que desconocía. Llenaba de orgullo su pecho, la cola se deslizaba hacia el cielo como llevaba por otra gravedad posible y se acostaba a dormir en mi cama como si se echara entre nubes. Todos los gatos son pequeños dioses, lo supe pese a la incredulidad que sostuve por años.
Hace un tiempo que pienso en los animales que tuve y en todos los animales que murieron y enterré, el perro que murió sin mí, ya desconociéndome, pájaros que encontré muertos en la vereda y entré a mi tierra como para que no quedaran entre las bolsas sueltas de la basura.
En mi patio crecen hortensias encima de un conejo que adoramos.
Recuerdo el peso de su cuerpo mientras saltaba entre mis piernas y el último peso rígido, los huesos contraídos, la última vez que me miró con sus ojos no rojos, sus ojos celestes como el agua de la infancia. Lloré mientras abría un pozo en la tierra, mientras buscaba con qué cubrirla, mientras lombrices se cortaban con los tajos negros y movían sus mitades, mientras brotes blancos aparecían brillantes iguales a dientes en las encías del bebé, mientras buscaba cómo decirle a la hija que dormía.
Llevar la noticia de la muerte, recibir como regalo otros animales muertos, enterrar bajo flores los lomos tan queridos, abrazar la tierra con los pies mientras mis hijos juegan a mojarse en la pileta de plástico recién inflada, cruzar las ideas con las mariposas naranjas que se enredan entre rayos de sol.
Escribió Mary Oliver:
Más que nada sorprendida
tomé al gatito perfectamente negro
que había nacido muerto
con un único ojo enorme
en el centro de su pequeña frente
de la cama de la gata
y lo enterré en un baldío
atrás de casa.
Supongo que hubiera podido donarlo
a un museo,
hubiera podido llamar
a la prensa.
Pero en cambio lo llevé al baldío
y abrí la tierra
para devolverlo
diciendo, esto fue real,
diciendo, la vida es infinitamente creativa,
diciendo, qué otros prodigios
descansan en la oscura semilla de la tierra, sí,
pienso que hice bien en salir
sola y en paz enterrarlo, y cubrir el lugar
con esas flores extrañas que a veces da la hierba.
*