La misa ricotera o continuar la obra de Milei: el peronismo debate su futuro entre opciones irreconciliables
Axel y Máximo se abrazaron al velatorio del Indio Solari buscando replicar el de Néstor: una comunión popular contra el sistema. Mientras el peronismo de centro, que ve allí tan solo una cortina musical del pobrismo y el piqueterismo que hay que ab
Después de seis meses de no hablarse y andar tirándose misiles desembozadamente, Máximo Kirchner y Axel Kicillof finalmente se pusieron en algo de acuerdo: organizar el funeral del Indio Solari. Fue para canalizar lo que entienden es una auténtica pasión peronista, de las que van quedando pocas, y mostrar que su movimiento, aunque viene perdiendo elecciones y representación política, aún retiene la calle, así que sigue siendo el pueblo, como dijo, también desembozadamente, Carlos Bianco.
Las tribus ricoteras respondieron a la invitación porque lo hubieran hecho en cualquier caso, aunque la familia de Solari aceptara la propuesta del gobierno nacional de usar Tecnópolis, cosa que obviamente no pasó por sus mentes. Y lo hicieron entusiastas porque la movilización siempre fue un componente esencial de la pertenencia a ese experimento religioso, no solo musical ni estético, en el que el Indio hizo participar a sus seguidores más fanáticos.
Con lo cual, en los números, pareció producirse una secuela de la ya larga serie de entierros con poder regenerativo sobre la comunión entre el pueblo peronista y sus líderes que arrancó con el entierro de Eva. Y que no depende, para tener éxito, de la evaluación de los resultados políticos postreros (en verdad, a cada entierro de esa saga ha seguido un desastre, bien en el sistema institucional, bien en el económico, o en ambos a la vez: 1955, 1975, 2012-15), sino de la reactivación y exposición en carne viva del vínculo identitario que mantiene vivo al movimiento en sectores más o menos amplios de la sociedad argentina.
Solo que el entierro del Indio tiene poco que ver, objetivamente, con el de Néstor: no hay allí una identificación con una figura política, sino apenas con un artista que, si se politizó, lo hizo ambigua y tardíamente (hasta octubre de 2010, justamente, nunca se había involucrado en política, ni siquiera comprometido con causas que le tocaron de cerca, cosa que le reprochaban, entre otros, en la Correpi y la familia Bulacio); y en el público ricotero siempre hubo de todo, en particular hay muchos jóvenes que ya en el pasado votaron a Milei (aunque ahora hagan silencio al respecto) y podrían volver a votarlo si la situación mejora, o si del otro lado solo se propone empeorarla.
Máximo y Axel igual enfatizaron que había sido todo un éxito. Y no solo por el volumen de la convocatoria, sino también por el ánimo que expresó buena parte de la gente en la procesión, el odio a Milei y el recuerdo afectuoso y hasta el pedido de libertad para Cristina. Y sobre todo porque hubo pocos incidentes, más allá del terror que se generó en los comercios aledaños: desde La Plata insistieron con que habían logrado encauzar la misa ricotera, sin sus habituales saldos luctuosos. Todo un éxito, sin duda.
Pero cabe preguntarse, ¿es eso lo que el resto de la sociedad le está pidiendo al peronismo, conducir al piqueterismo, los barrabravas y el tribalismo musical afín? ¿No se le reclama acaso que tome distancia de todo eso para dejar de darle la razón a Milei y su denuncia de que expresa a una Argentina lumpen, gozosa con su decadencia y que solo puede terminar en convertir al país entero en una villa miseria?
Eso es lo que piensan muchos peronistas habitualmente identificados como racionales y que justo en estos días están dando un paso al frente, para plantear lo contrario de lo que piensan y vienen haciendo Máximo y Axel: que hay que dejar de cascotear al gobierno por todo lo que hace o no hace, dejar de apostar a su inminente hundimiento y posicionar a la fuerza como la que podría continuar y mejorar su obra. Más o menos lo que planteó la Alianza frente a Menem a fines de los 90 (aunque esto último lo decimos acá, no lo dicen ellos claro, aunque algunos deben temer la comparación y andar buscando formas de escaparle).
Se pronunciaron en este sentido Leandro Santoro, Juan Manuel Olmos y nada menos que un reaparecido Aníbal Fernández. ¿Podría ganar consenso esta postura? Difícil.
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Primero, porque expresa de partida posturas bastante marginales en el partido: Aníbal habla por sí mismo; en la provincia de Buenos Aires no representa a nadie. Santoro y Olmos no tanto; hablan sí por el peronismo de la ciudad, pero convengamos que esa es una tribu con mucha menos lozanía que la ricotera, se basa en corporaciones que o bien han desaparecido (canillitas), están en extinción (taxistas) o camino a estarlo (porteros), y su vínculo con el progresismo porteño está hace tiempo bajo asedio de otras fuerzas más potentes (la izquierda, la lumpenización, el propio mileísmo). En el interior del país tendría seguro más chances de echar raíz, solo que allí los jefes territoriales están inclinados a provincializarse y esperar a que Milei termine de hacer su trabajo.
Pero sobre todo, ese peronismo de centro tiene pocas chances de prosperar porque ya consumió su credibilidad, abusando de la confianza de los votantes demasiadas veces: lo hizo con Scioli en varias ocasiones, con Alberto y con Massa otras tantas. ¿Se puede volver a engatusar a los votantes con el mismo brebaje, cuando de haberlo engullido obedientemente durante más de una década de elecciones frustrantes, fuera por el éxito o por el fracaso, solo se siguieron desgracias? Antes al menos haría falta un abierto acto de constricción, que no se ve por ningún lado. Y purgar electoralmente las culpas, que es lo que el electorado viene imponiéndoles desde 2021.