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La Nota Digital 08/06/2026 05:38 4 min de lectura

Cacería

La caza es todo lo que sehace antes y después de la muerte del animal. La muerte esimprescindible para que exista la cacería(Ortega y Gasset)

Cacería
Foto: La Nota Digital

La caza es todo lo que se

hace antes y después de la muerte del animal. La muerte es

imprescindible para que exista la cacería

(Ortega y Gasset)

Mi amigo me había invitado a visitarlo a Villaguay y acepté. Fue en

enero y hacía mucho calor. Desde el colectivo se sentía lo insoportable

que estaba afuera. Cuando empecé a ver las palmeras tuve la

sensación de acercarme a su presencia. Ya me había pasado la última

vez que estuve con él, hacía casi una década. En cierto sentido me

sentía como el personaje de Poe que visitaba a Roderick Usher: no

sabía con qué ni con quién me iba a encontrar esta vez.

En sus mensajes decía que estaba cansado, agotado; que tomaba

pastillas para la cabeza y que a veces, en la madrugada, la muerte lo

llamaba y lo invitaba a suicidarse. Creo que exageraba un poco: tenía

tendencia a la fantasía y a la narración literaria.

Llegué a la ciudad al atardecer. Aun así hacía un calor insoportable.

Apenas bajé del colectivo lo vi: estaba apoyado, con el codo en la

ventanilla de la camioneta, sombrero en la cabeza y un cigarrillo en la

mano. Sonrió al verme. Lo noté igual que la última vez, tal vez un poco

más flaco. Nos dimos un abrazo y le pedí que esperara mientras

compraba un agua mineral: el viaje me había causado sed. Mientras

manejaba por la ciudad me contaba las cosas que le habían pasado y

algunas novedades del gobierno municipal.

Es horrible esto me dijo. No quiero estar más acá, pueblo chico.

Mientras hablaba miraba por el espejo retrovisor; tenía los ojos algo

desorbitados, un poco perdidos.

Es por la medicación añadió.

Creo que no lo dije, pero la invitación había sido, sobre todo, para cazar

en un campo cerca de la ciudad. Un amigo me dio permiso me dijo;

puedo andar por todo el campo si quiero. En la chata llevaba dos

escopetas calibre 16 sin papeles y un reel para pescar.

Cazar y pescar repetía, riendo. Cazar y pescar.

Nos metimos en el monte. Hicimos una fogata en el lugar autorizado y

me preparé un sándwich de salame milanés: me estaba muriendo de

hambre. Él canturreaba y silbaba una canción de Creedence. A unos

metros está el Gualeguay me dijo. Vos sos más del Paraná, pero

acá la pesca es incomparable. En la oscuridad de la noche me

impresionó el espectáculo de las estrellas sobre el centro de la

provincia.

¿Viste? me dijo. No te mentía. Acá es otra cosa. Paz,

tranquilidad. Ya vuelvo.

Al rato volvió. Había dejado la caña en el haragán a un par de metros.

Fue hasta la camioneta y empezó a armar un porro.

Quiero irme de acá me dijo, mientras le pegaba unos golpes secos

a las flores que ardían en la noche como luciérnagas rojas. Estoy

cansado, podrido de todo.

Lo escuchaba y no dejaba de pensar que diez años atrás la cosa era

igual. Eso tienen los pueblos: parece que el tiempo no pasa; la vida se

estira y da la sensación de que hay más de veinticuatro horas por día.

Cargó una de las escopetas y la recostó sobre la parte delantera de la

camioneta. Guardamos silencio un buen rato. Pasada la medianoche

sentimos un ruido entre los arbustos.

Debe ser algún ciervo o jabalí dijo. Vení, vení; te estamos

esperando. Vení, vení.

Yo aguardaba, bebiendo un trago de Ballantines. El disparo me

sorprendió: sonó seco, una explosión corta. Se la di nomás al hijo de

puta declaró. Te estaba esperando, dijo, y corrió hacia los espinillos.

La noche era negra; no se veía a más de dos metros. Agarré una

linterna y lo seguí. En un momento lo perdí por unos minutos. Logré

encontrarlo más adelante y ahí estaba: miraba a su presa fría, con los

ojos desorbitados, como enloquecido. El animal o lo que fuera se

estaba desangrando en el suelo y balbuceaba.

Ahora sí me puedo ir tranquilo dijo. Ya me siento mejor.

Lo remató con un nuevo disparo.

Ayudame a enterrarlo pidió después.

Me di cuenta de que estaba totalmente fuera de sí; ya no era el mismo.

Había pasado la barrera de la razón y se había internado en la locura.

Lo ayudé. Enterramos la presa.

Ahora sí puedo irme dijo, dejó el arma y se perdió en la oscuridad

del monte entrerriano.

N. Loza

imagen. archivo

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