El misterio del Pozo de los Milagros: la fe que brota en el desierto tucumano - Cadena Entrerriana 96.5MHz LRS 798
Desde hace más de cuatro siglos, miles de fieles llegan a Trancas buscando alivio, promesas o milagros. Una crónica desde el santuario de San Francisco Solano, donde la lógica se rinde ante la esperanza. Por Gustavo Tubio El ripio cruje bajo mis zapa
Desde hace más de cuatro siglos, miles de fieles llegan a Trancas buscando alivio, promesas o milagros. Una crónica desde el santuario de San Francisco Solano, donde la lógica se rinde ante la esperanza.
Por Gustavo Tubio
El ripio cruje bajo mis zapatillas y el aire del norte, pesado y tibio, me da la bienvenida a las afueras de Trancas. Llegar hasta aquí no es solo recorrer kilómetros de ruta tucumana; es, de alguna manera, desandar el tiempo.
Estoy parado, por primera vez en mi vida, frente al mítico Pozo del Pescado o Pozo de los Milagros, el sitio donde la tradición oral asegura que San Francisco Solano, allá por el año 1590, clavó su bastón de madera para calmar la sed de un pueblo acosado por una sequía feroz.
A simple vista, la sencillez del lugar desarma. No hay monumentos opulentos ni lujos. Solo árboles corpulentos que prestan su sombra, una pequeña ermita que resguarda la imagen del santo y, en el centro, el piletón de piedra de donde brota, mansa y constante, el agua bendita.
Pero lo que realmente estremece no es la geografía, sino la atmósfera: un silencio espeso y un respeto casi sagrado que solo se rompe por el murmullo de los rezos y el sonido del agua al ser embotellada.
Historias de fe en botellas de plástico
Me acerco lentamente, sintiéndome un intruso junto a mis compañeros camarógrafos. Pronto entiendo que aquí las miradas no juzgan; la gente llega cargando dolores tan pesados que no les queda espacio para la desconfianza.
Al borde del pozo me encuentro con Doña Irma. Tiene las manos curtidas por el trabajo de la tierra y los ojos vidriosos, fijos en el agua. Viajó desde las primeras luces del día desde San Miguel de Tucumán cargando tres bidones plásticos vacíos.
Es para mi nieto, mi buen señor me dice. Le diagnosticaron una enfermedad difícil en los pulmones. Los médicos hacen lo suyo, pero yo sé que esta agüita limpia le va a dar la fuerza que le falta.
Su voz no tiembla por debilidad, sino por una devoción tan ciega y pura que conmueve. Doña Irma sumerge un jarro, llena sus bidones con paciencia artesanal y luego se persigna al tocar la piedra húmeda. Para ella, cada gota es una transfusión de esperanza.
Tres campanadas para el «Santito»
A unos metros, un hombre joven de jeans gastados y manos de obrero llora en silencio frente a la estatua de San Francisco Solano. Se llama Carlos y accede a hablar conmigo tras un largo suspiro. Me cuenta que hace un año estuvo aquí mismo, de rodillas, rogando por la vida de su esposa, quien agonizaba tras un accidente en la ruta.
Vine a agradecer me confiesa, intentando sonreír a pesar de las lágrimas. Ella hoy está en casa, caminando. Los doctores no le daban esperanzas, pero el Santito escuchó. Prometí volver cada año a limpiar este lugar y a traerle flores.
Antes de irse, Carlos al igual que el resto de los peregrinos toca tres veces la campana de la ermita. Según la tradición, esas tres campanadas llaman al santo para que preste atención a los pedidos de sus fieles.
Donde la lógica se rinde
Es imposible permanecer inmune ante estas historias. Como periodistas, estamos entrenados para buscar el dato frío, la verificación y la explicación lógica. Sin embargo, frente al Pozo del Pescado, la ciencia se rinde ante la necesidad humana de creer. Las explicaciones técnicas sobre las napas subterráneas quedan completamente obsoletas cuando ves a una madre desesperada besar el agua, o a un hombre quebrado encontrar la paz en una oración.
Mojo mis manos en el pozo. El agua está fresca, cristalina, ajena al calor sofocante de la tarde. Al ver reflejado mi propio rostro en la superficie, entiendo que el verdadero milagro de Trancas no es solo que el agua brote de la tierra seca.
El milagro es este flujo incesante de amor, resiliencia y comunidad; esa cadena invisible de fe que une a perfectos desconocidos que hoy, bajo la sombra de San Francisco Solano, comparten sus penas y sanan sus almas.
Me voy de Trancas con el corazón habitado por una emoción nueva. En este rincón tucumano, la fe no es una abstracción dominical; es algo vivo, tangible, que se puede embotellar y llevar a casa para ganarle la batalla a la adversidad. TN