Tiempos complejos para el periodismo en Argentina, con un presidente que promueve el odio contra la prensa
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Tiempos complejos para el periodismo en Argentina, con un presidente que promueve el odio contra la prensa
Con Pauta Oficial -y extra- solo para los periodistas obsecuentes, el deterioro de la libertad de expresión, se acentúa el vaciamiento del sistema comunicacional
El ejercicio del periodismo está atravesando un momento muy delicado en el país, especialmente cuando hablamos de la libertad de expresión pues resulta elocuente la imposición, el condicionamiento por parte de un Estado autoritario, déspota, que cercena Derechos espontáneos a partir de influencias tóxicas que limitan la labor.
Pero no solo es inquietante la coerción inherente a la distribución de la Pauta Oficial, sino que es muy evidente la parcialización del mensaje objetivo y subjetivo mediante defensas execrables al modo de gestión presidencial, por parte de comunicadores que, no gratuitamente, ejercen alegatos justificantes de los actos de un Gobierno paradójico, contradictorio.
Y a la vez, surgen otras pruebas del manejo impositivo de un Estado arbitrario. Por ejemplo, entrevistas pactadas con periodistas que reciben las preguntas que deben hacerle a los funcionarios, conferencias con restricciones, y hasta operaciones o toda clase de amenazas y ataques a quienes ejercen el periodismo independiente que con valentía cuestionan la veracidad del relato gubernamental.
La incentivación a los discursos de odio contra los periodistas que no alaben al presidente y sus funcionarios fue notoriamente una estrategia para inventar un enemigo al que atacar tras ver cómo se derrumbó la narrativa de La Casta, percatándose que esa misma secta política la tiene enquistada dentro de la Casa Rosada y sus carteras ministeriales como entes, descubriéndose ya incontables operatorias ilegítimas o lisa y llanamente fraudulentas que están en investigación, en manos de una Justicia particular.
La Democracia argentina está en una reveladora instancia de peligro con tan opresiva forma de gobernar, instando y naturalizando el odio permanente hacia quienes se oponen a esta metodología autoritaria de un Estado que exige sumisión estricta y abusa de su posición restringiendo Derechos sistémicos.
Así, un vaciamiento económico del sistema mediático pone en vilo un montón de fuentes de trabajo, un montón de fuentes periodísticas plurales y la existencia misma de la libertad de expresión a partir de un verdadero avasallamiento que atenta contra la búsqueda de verdades.
La nula tolerancia del Poder Ejecutivo de la Nación a las críticas y los procesos deliberativos registra discursos estigmatizantes. Y esto, en términos de institucionalidad democrática y no sólo comunicacional, es una situación catastrófica.
El periodismo debe recuperar su valentía y capacidad de investigar, contextualizar y construir pensamiento crítico, y poner el foco en las dificultades estructurales que atraviesan los medios en especial del interior, la precarización laboral y la necesidad de federalizar las agendas informativas para visibilizar problemáticas muchas veces ausentes del debate público nacional.
Hace falta una reivindicación de sus raíces y de su función social, habiéndose perdido parte de aquella premisa con la que soñó Mariano Moreno, contribuyendo a los ideales de una república democrática y plural, donde los actos de Gobierno puedan ser conocidos por toda la sociedad.
En tiempos de redes sociales y consumo inmediato, pareciera que la comunicación se orienta cada vez más hacia las emociones, la reacción rápida, el like y la viralización, dejando de lado la construcción de memoria y archivo sobre los procesos históricos y sociales que atravesamos, siendo profundamente preocupante que se naturalice la violencia simbólica ejercida desde los máximos niveles del Poder Político hacia el periodismo.
La descalificación permanente, los agravios y los intentos de desacreditar a quienes informan generan un clima hostil que afecta no solo a los trabajadores de prensa, sino también al derecho de la sociedad a estar correctamente informada.
No olvidar que los peores momentos de nuestra historia fueron aquellos en los que se persiguió o silenció a quienes tenían la tarea de relatar lo que vivía una comunidad a partir de la rigurosa ética periodística.
Esta tensión genera un clima de hostilidad permanente que condiciona el trabajo periodístico: dificulta el acceso a la información pública, instala lógicas de confrontación y alimenta discursos que buscan desacreditar a quienes investigan o cuestionan al poder. En muchos casos, además, se construye una relación basada en premios y castigos, donde el acceso, la pauta o incluso el trato institucional dependen de la línea editorial de cada medio.
La libertad de expresión no se afecta únicamente cuando existe censura directa. También se ve amenazada cuando hay persecución simbólica, miedo a perder el trabajo, precarización laboral o presiones económicas que condicionan qué se puede decir y qué no. En el interior del país esto muchas veces se profundiza, porque numerosos medios dependen considerablemente de la pauta oficial para sostenerse.
Cuando un periodista o un medio depende intensamente de la pauta estatal para sobrevivir, muchas veces termina condicionado por el temor a perder ingresos. Esa dependencia limita la posibilidad de informar con libertad sobre determinadas problemáticas o cuestionar a quienes ejercen el poder.
La sociedad todavía confía en el periodismo, pero esa confianza ya no es automática ni ciega. Las audiencias hoy contrastan información, comparan fuentes y detectan rápidamente cuándo un medio responde más a intereses políticos o económicos que a la búsqueda genuina de informar. Muchas veces fueron las propias empresas periodísticas las que subestimaron a la sociedad, apostando a contenidos extremadamente partidarios, superficiales o alejados de la realidad cotidiana de la gente. Y cuando los medios niegan problemáticas evidentes o maquillan la realidad para sostener determinados intereses, es lógico que la credibilidad se vea afectada.
Es muy difícil pedirle a la ciudadanía que confíe en un periodismo que no refleja lo que las personas viven diariamente. Si los grandes medios muestran una realidad completamente distinta a la que atraviesa la sociedad, se genera una ruptura inevitable entre el discurso mediático y la experiencia concreta de la gente.
Por eso creo que la profesión necesita hacer una profunda autocrítica. Recuperar credibilidad implica volver a priorizar el trabajo de investigación, el contraste de fuentes, la honestidad intelectual y la cercanía con las problemáticas reales de las comunidades. También implica dejar de subestimar a las audiencias y comprender que la sociedad tiene capacidad crítica para identificar quién informa con responsabilidad y quién no.
Creo firmemente que la principal diferencia debería estar en la formación, la capacitación permanente y, sobre todo, en la ética profesional. Jerarquizar el periodismo implicó durante años la construcción de carreras universitarias, espacios de formación y ámbitos de debate donde los futuros comunicadores aprenden no solo herramientas técnicas, sino también criterios éticos y responsabilidades sociales.
Hoy cualquier persona con un celular puede publicar información, hacer denuncias o viralizar contenidos. Pero comunicar no es solamente subir algo a internet. El periodismo profesional implica verificar datos, contextualizar, respetar derechos, comprender las consecuencias de lo que se publica y asumir la responsabilidad social que tiene la información. Muchas veces vemos cómo, en la búsqueda desesperada de impacto o viralización, se vulneran derechos básicos.
Las audiencias merecen respeto. El periodismo no puede perder de vista los límites éticos por la necesidad de sumar visualizaciones o seguidores. Informar también implica cuidar a las personas involucradas y comprender el impacto humano de cada publicación.
Cada Día del Periodista me lleva a preguntarme qué significa realmente ser periodista y qué es lo que hace valioso a este oficio. ¿Un periodista es bueno porque es famoso? ¿Porque logra grandes niveles de audiencia? ¿Porque denuncia aquello que nadie se anima a contar? ¿O simplemente porque hace con responsabilidad el trabajo de informar?
Insisto este es un momento que exige una profunda autocrítica de la profesión, pero también una defensa firme del oficio y de su función democrática. Más allá de los errores que puedan existir dentro del periodismo, ninguna sociedad democrática puede construirse sin periodistas capaces de investigar, preguntar y contar lo que sucede. Hoy más que nunca necesitamos volver a la esencia del periodismo: narrar la realidad con responsabilidad, honestidad intelectual y el mayor compromiso posible con la verdad y con la sociedad.
Incluso en contextos tan difíciles como el actual, donde existen precarización, ataques o desconfianza, sigo creyendo que vale la pena ejercer este oficio con ética, sensibilidad y compromiso social.