Más agua no alcanza: el campo debe achicar la brecha - Informe Digital
Con lluvias favorables, el potencial sube, pero también el riesgo de perderlo por manejo conservador.
Empecemos por lo esencial: en agricultura, el agua puede abrir una oportunidad enorme, pero no garantiza por sí sola más rinde. El rendimiento potencial es el techo que puede alcanzar un cultivo bien manejado al que no le falta agua ni nutrientes, ni lo afectan plagas, malezas o enfermedades. Sin riego, ese techo lo define el potencial en secano, que depende de lluvias muchas veces erráticas y de la capacidad del suelo para almacenar y entregar agua al cultivo. La diferencia entre ese techo y lo que efectivamente cosecha el productor es la brecha de rendimiento.
En la Argentina, esas brechas siguen siendo grandes. En maíz y trigo rondan el 50% del potencial, y en soja y girasol cerca del 40%. Son niveles parecidos a los de Brasil y Uruguay, pero bastante más altos que los de Estados Unidos o el oeste de Europa, donde se cosecha alrededor del 80% del potencial. Tomando ese 80% como referencia, achicar la brecha en los cuatro cultivos principales permitiría subir la producción nacional de granos de 127 a 191 millones de toneladas anuales, sin sumar una sola hectárea, según datos publicados en www.yieldgap.org.
El problema no es solo producir más agua disponible. Cuando la campaña viene con buena provisión hídrica, el rendimiento potencial en secano sube, pero el productor no siempre logra capturarlo, porque muchas decisiones de manejo se toman antes de saber cómo se comportará el ciclo. Densidad, fecha de siembra y dosis de fertilizante suelen definirse con un escenario promedio en mente. Si el año termina siendo mejor de lo esperado, el cultivo puede quedar corto frente a ese techo más alto.
Más riesgo, más cautela
El gráfico que acompaña esta nota muestra la relación entre el rendimiento logrado y el potencial en secano para tres zonas contrastantes. En las tres, la relación tiene una pendiente menor a uno, y en el sitio más impredecible es todavía más baja. Dicho de otro modo: donde el riesgo es mayor, los productores tienden a manejar con más prudencia y pierden capacidad de aprovechar los años favorables.
Las causas de la brecha no son un misterio. En los cereales pesan las dosis subóptimas o directamente nulas de fertilizante, junto con un control deficiente de enfermedades en trigo. En soja, el principal problema son los retrasos en la fecha de siembra. En maíz, el manejo suele ajustarse al ambiente y al rendimiento objetivo, pero la incertidumbre sobre el potencial del año puede dejar decisiones cortas. El fondo del asunto no es desconocimiento, sino costos e incertidumbre. Aun así, todavía hay margen para sumar nutrientes con buena eficiencia y retorno económico.
Adaptar el manejo durante la campaña
Si la brecha se agranda en los años buenos, cerrarla no pasa por repetir la misma receta, sino por ajustar el manejo para capturar el potencial extra cuando el clima lo permite. La salida es una agricultura más adaptativa, que no deje todas las decisiones cerradas antes de sembrar y las vaya corrigiendo durante la campaña según evoluciona el cultivo y lo que anticipan los pronósticos.
Eso empieza antes de la siembra, conociendo los ambientes que se van a manejar, la disponibilidad de agua en el perfil y la presencia y profundidad de la napa. Sigue durante el ciclo con un seguimiento del estado hídrico, nutricional y sanitario que permita ajustar decisiones incluso avanzada la campaña.
Este dilema cobra especial relevancia de cara a la próxima campaña. Los organismos internacionales asignan una probabilidad muy alta de un fenómeno de El Niño posiblemente intenso, que en gran parte de la región pampeana suele traer lluvias por encima de lo normal. Si se confirma, podría ser un año de potencial elevado, siempre que se eviten los excesos de agua. El techo puede subir; que eso no se traduzca en una brecha mayor dependerá de la capacidad de adaptación.
Investigadores del INTA y la Fauba, respectivamente