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Internacional
TN 07/06/2026 05:17 15 min de lectura

Un chip de 46 centavos puso al mundo al borde de una guerra nuclear y desató una alarma en el Pentágono

El 3 de junio de 1980, el Pentágono creyó que cientos de misiles soviéticos se dirigían a Estados Unidos. La alarma activó protocolos de respuesta atómica y puso al mundo al borde de una catástrofe por una falla informática mínima.

Un chip de 46 centavos puso al mundo al borde de una guerra nuclear y desató una alarma en el Pentágono
Foto: TN

El mundo entero colgó de un hilo tan fino, pero tan finito, que cualquier viento, el aletear de un pájaro, una vibración, un trueno lo hubiese cortado y hoy no estaríamos aquí, ni allá, en pleno disfrute de lo que pudiera venir: no hubiera habido nada por venir.

El 3 de junio de 1980, según se mire no hace tanto, son cuarenta y seis años, pero los menores de esa edad tal vez no hubiesen nacido; de nuevo: el 3 de junio de 1980, a la hora de los fantasmas, las tres de la mañana, los centros de control del Pentágono, la sede de la defensa de Estados Unidos, detectaron que 220 misiles nucleares soviéticos fueron lanzados, pensaron, desde submarinos, se dirigían hacia Estados Unidos. Punto número uno: 220 misiles nucleares son muchos misiles nucleares. Punto número dos: las defensas siempre apuntan a interceptar y a destruir un arma nuclear antes de que llegue a destino, después es tarde incluso para responder el ataque.

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Lo raro fue que, a esa misma hora, los radares no detectaban ningún peligro de ataque nuclear, ni de ningún otro tipo; sin embargo, otros centros de vigilancia aérea y espacial daban la alarma: veintidós misiles nucleares se dirigían a Estados Unidos. Veintidós misiles no son doscientos veinte, pero igual son muchos. Algo raro había en todo eso. Los jefes de los centros de control esparcidos por todo Estados Unidos decidieron chequear esos datos, pero de todos modos pusieron en marcha los protocolos de defensa que incluían entonces un contraataque inmediato dirigido a la potencia agresora y con armas nucleares. En buen romance, eso significa: si me vas a borrar del mapa, te llevo conmigo. Esos vientos soplaban entonces y soplan ahora.

Una guerra nuclear, tal como está mandado, podía provocar entonces la muerte de entre tres y cinco mil millones de personas, gran parte de la población mundial. Y aquellos eran cálculos optimistas: en este frágil planeta viven hoy 8300 millones de almas. La hecatombe aniquilaría entonces flora y fauna de la Tierra y acotaría la supervivencia de lo que quedara de vida humana, siempre y cuando el infierno atómico no hubiese provocado un invierno nuclear. En ese caso, nos hubiéramos convertido, nos convertiríamos hoy, en los dinosaurios de la era moderna y nadie sabría más de nosotros hasta que, cientos o miles de años después, una nueva especie humana de incierto perfil desenterrara nuestros fósiles, los que no se hubiesen convertido en petróleo.

Aunque parezca mentira, aquella cálida mañana de junio nadie pensaba en eso en el Pentágono, sino en cómo y a quién deberían avisar de la tragedia inminente. Llamaron al asesor de seguridad del entonces presidente James Carter que dormía en la Casa Blanca sin saber que podían quedarle pocos minutos de vida. El asesor de seguridad de Carter era Zbigniew Brzezinski, un polaco de Varsovia, hijo de padre diplomático acreditado en Canadá cuando estalló la Segunda Guerra. En Canadá se quedaron los Brzezinski y allí estudió Zbigniew, para graduarse luego, en 1953, como doctor en Ciencias Políticas en Harvard, Estados Unidos. Cuando atendió la llamada del comando militar de defensa, Brzezinski estaba a punto de cumplir 52 años: oyó el informe, se quedó mudo y helado, consideró como una forma de tenue esperanza la intención del alto mando militar de establecer la verdad de los aterradores datos que manejaban y oyó cómo intentaban tranquilizarlo: en pocos minutos más lo llamarían para un nuevo informe. Si seguían todos vivos, claro.

El impacto de la noticia fue tremendo para Brzezinski. Su mujer dormía a su lado y él decidió no despertarla. Pensó, y así lo reveló más tarde, que si la amenaza era cierta, en media hora o poco menos el mundo estaría destruido y que no valía hacer pasar a su mujer por semejante trance. De alguna manera, aquello era también una forma de amor. Romanticismo aparte, Brzezinski decidió llamar al presidente Carter porque era el único encargado de dirigir la operación de defensa, el único que podía ordenar el uso de armas atómicas y, según el protocolo, debía abordar de inmediato un avión de la Fuerza Aérea destinado a permanecer a bordo con Carter y parte del gobierno mientras duraran las hostilidades o el mundo: uno de los dos.

No fue necesario despertar a Carter, que se enteró de todo temprano en la mañana. Un nuevo llamado del Pentágono tranquilizó, si eso era posible, a Brzezinski: todo había sido una falsa alarma; no existía un ataque soviético, ni de ningún otro país. Los ordenadores habían enloquecido porque un chip había decidido dejar de funcionar o, lo que era peor, funcionar a su antojo. El resultado del colapso del dispositivo electrónico había confundido, o alterado, o invertido, o trastocado el sistema de conteo de misiles dirigidos contra Estados Unidos, que debió ser siempre el de 0000, y empezó a tirar números locos: 220, 22, 20 Cuando todo se supo y las palideces dejaron paso al rubor y las muecas a las sonrisas, la prensa estadounidense reveló que el chip dañado, costaba apenas 46 centavos de dólar. Una nadería.

La decisión de borrarnos a todos del mapa estuvo siempre en manos de los líderes mundiales, como lo está hoy; gente que ni siquiera tiene que rendir un psicofísico como quienes aspiran a obtener una licencia para conducir un auto. No hace tanto, uno de esos líderes mundiales despertó con la almendra exprimida y anunció que iba a terminar con una civilización, para retractarse o para matizar su impulso a la mañana siguiente.

El riesgo de un desastre nuclear ya no está sólo en manos humanas o en chips muy baratos defectuosos o con fatiga de combate: ahora es el tiempo de la Inteligencia Artificial que puede adoptar decisiones independientes de los humanos que la manejan, o creen manejarla. Así lo planteó en 1968, hace cincuenta y ocho años, una película, 2001, Odisea del espacio, dirigida por Stanley Kubrick según el cuento El centinela, de Arthur C. Clarke, escrito en 1948 y que aún en términos metafísicos, plantea la rebelión de una gigantesca computadora que adquirió vida propia. Y sentimientos propios. Aquella mañana de junio, los tipos que tuvieron al mundo en sus manos tampoco pensaron en la película de Kubrik sino en un incidente cercano en el tiempo y muy parecido al que habían vivido.

En realidad, asombra un poco descubrir cuántas veces estuvo el planeta a punto de estallar durante los años riesgosos de la Guerra Fría, que ni fue guerra, ni fue fría. El 9 de noviembre de 1979, siete meses antes del chip loco, los ordenadores del Pentágono también detectaron un ataque soviético, por lo que despegó una flota de bombarderos y aviones de combate para impedir el ataque e iniciar la contraofensiva. Ya en el aire, los pilotos notaron que los datos que habían disparado las alarmas no tenían correlato con lo que ellos veían en vuelo, así que recomendaron una revisión de los sistemas informáticos mientras las escuadrillas se mantenían en vuelo y alertas por si acaso y ante un peligro que no existía. Esta vez, era una falla humana: alguien había dejado instalado en el ordenador que debía detectar ataques nucleares, un programa de entrenamiento que se ejecutó por accidente. No estamos protegidos contra idiotas, pese a que Albert Camus advirtió en su momento: La estupidez insiste siempre.

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Yerros, desperfectos, radares tontos, imágenes distorsionadas y peligro atómico ni siquiera son nuevos. En 1956, cuando el líder egipcio Gammal Abdel Nasser nacionalizó el Canal de Suez, una especie de estrecho de Ormuz de la época, y desató una guerra de la que tomaron parte Gran Bretaña, Francia e Israel, el líder soviético Nikita Khruschev, que apoyaba a Nasser, amenazó con bombardear las capitales aliadas. En esos días, unas extrañas aeronaves sobrevolaron el cielo de Turquía, limítrofe con la Unión Soviética. Como nadie sabía de cuál país provenía la amenaza, escuadrillas aéreas de todas las naciones involucradas en esa guerra despegaron para neutralizar el ataque: los extraños aviones eran decenas de bandadas de cisnes que emigraban hacia cielos más pacíficos y menos tormentosos.

En octubre de 1962, cuando la URSS instaló misiles nucleares en Cuba, todos apuntaban a Estados Unidos, el mundo vivió 13 días al borde de la guerra nuclear. El entonces presidente John Kennedy y el soviético Khruschev se habían amenazado con una guerra nuclear en Viena, en junio de 1961, durante la única vez que se vieron las caras. Kennedy temía una guerra nuclear y peor aún, temía que se declarara por accidente o por tontería. Había leído un libro extraordinario sobre el origen de la Primera Guerra Mundial, Los cañones de agosto, de Bárbara Tuchman, y había repartido varios ejemplares entre los miembros de su gabinete. Y también había advertido: En caso de una guerra nuclear, los sobrevivientes envidiarán a los muertos.

Sin embargo, en octubre de 1962, allí estaban las dos potencias mundiales a punto de desencadenar la destrucción de buena parte del planeta. Tanto era el riesgo, que el sábado 27, cuando ya se ponía en marcha el plan para evacuar de Washington al presidente, al vice, a las más altas autoridades del país y a sus familias, el secretario de Defensa, Robert McNamara salió de la Casa Blanca, sintió la brisa fría del otoño, miró el cielo límpido de Washington y pensó que nunca más iba a ver una noche semejante.

Por suerte, por mucha suerte, no pasó nada; no hubo guerra y privó la sensatez. Pero dos días antes de aquel sábado, todo casi se va al traste. Minutos antes de la medianoche, en Wisconsin, uno de los guardias del centro militar de alta seguridad de Duluth le disparó a una sombra que intentaba saltar la valla de alambre de la unidad de inteligencia. A esa hora, en Miami, las tropas americanas estaban acuarteladas en espera de una orden para invadir Cuba, mientras Kennedy y Khruschev intercambiaban dramáticos mensajes que alternaban las propuestas de paz con la amenaza de la guerra.

El disparo del guardia de Wisconsin desató las alarmas en las instalaciones militares de la zona, poblada entonces de bases aéreas. En una de ellas, la base de Volk Field, vecina a Duluth, un tipo se puso nervioso y en vez de apretar el botón de la alarma contra intrusos, apretó el botón de la alarma general. Tanta era la tensión con Cuba y con la URSS, que todos los pilotos de Volk Field, y los de las bases vecinas, se lanzaron a sus aviones, cargados todos con armas nucleares. No había invasores: aquel guardia había matado a un oso que había trepado la valla en busca de comida, por lo que hubo que parar a los aviones a punto de despegar con su cargamento nuclear.

Unos días más tarde, el embajador soviético en Washington, Anatoly Dobrynin, envió un mensaje urgente al Kremlin, decisivo para evitar el conflicto por los misiles rusos en Cuba, y así lo reveló en su fantástico libro de memorias In confidence. Para eludir filtraciones, envió el texto cifrado a Moscú como un telegrama urgente y por la Western Union. A retirar el mensaje pasó por su residencia, en bicicleta, el mismo muchacho negro de siempre, a quien el embajador conocía muy bien. Mientras el muchacho se marchaba, Dobrynin pensó: Como ese chico pare en la casa de su novia a darle unos besos, podemos volar todos por el aire

También la tontería puede desatar una guerra atómica. El 11 de agosto de 1984, el entonces presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, debía pronunciar un discurso en el que anunciaba la sanción de una ley que involucraba a varios grupos de estudiantes. Cuando le pidieron una prueba de sonido, debió pronunciar la primera frase de su mensaje: Compatriotas, me complace anunciarles que hoy firmé la ley que permitirá a los grupos de estudiantes religiosos

Reagan era un humorista empedernido; contaba buenos chistes, era gracioso, sacaba a relucir sus dotes de actor y, además, estaba montado en la ola de la famosa revolución conservadora que llevaba adelante con la ayuda del papa Juan Pablo II y codo a codo con la primera ministra británica Margaret Thatcher. En lugar de decir la primera frase de su discurso, Reagan la cambió. Y dijo: Compatriotas, me complace anunciarles que hoy firmé una ley que proscribirá a Rusia para siempre. Comenzaremos a bombardearlos en cinco minutos. No era verdad y era difícil creer que algo así se anunciara en un mensaje presidencial. Pero de todos modos la URSS, en manos de Konstantin Chernenko, pidió explicaciones cuando la tontería grabada se filtró a los medios y la Casa Blanca desmintió el ataque proclamado por Reagan.

Los rusos también se habían quemado con leche. El año anterior a la broma de Reagan, el satélite soviético Oko detectó un misil de Estados Unidos que volaba muy cerca de su espacio aéreo. Fue 14 minutos después de iniciado el lunes 26 de septiembre de 1983, mala forma de empezar la semana. Luego, el satélite descubrió que otros cuatro misiles americanos volaban hacia Moscú. El jefe de las tropas de Defensa Aérea Soviética, teniente coronel Stanislav Petrov, fue el héroe de aquel día. Era un joven y talentoso oficial de cuarenta y cuatro años que recurrió al sentido común y no a la paranoia. ¿Qué hizo Petrov? No le creyó al satélite. Juzgó que cinco misiles eran muy pocos para lanzar una guerra nuclear, y que una rara conjunción astronómica entre la Tierra y el Sol bien podría haber causado una falsa imagen. Ordenó contrastar el veredicto del satélite con los radares terrestres, que le dijeron que no había nada, era una falsa alarma: Petrov no dio el alerta y aquel día que había empezado como un trueno, terminó en calma.

Las autoridades de la URSS, como era de esperar, crucificaron a Petrov, juzgaron su decisión como equivocada y como una grave falta de disciplina: no lo castigaron duro porque de alguna forma había salvado el pellejo del mundo, pero lo destinaron a un puesto inferior y ocultaron el incidente que, como siempre sucede, fue conocido días después. Cuando le preguntaron a Petrov por qué no había dado la alarma, el tipo, simple y llano dijo: Nadie empieza una guerra nuclear con cinco misiles. Con los años, ya derrumbada la URSS, Petrov recibió premios y condecoraciones, siempre en Occidente. Murió en 2017, en Moscú a los setenta y siete años.

Avanzados los años 90, con el mundo virtual en pleno desarrollo, se hicieron famosos los maletines nucleares, esos bolsos que cargan oficiales de las fuerzas armadas que caminan siempre al lado del líder de un país. Son todos negros, por lo general van sujetos a la muñeca de su portador, y contienen instrucciones y tecnología capaces de disparar una arma nuclear en cualquier momento y hacia cualquier punto del planeta. En Estados Unidos los llaman la pelota de fútbol.

En 1995, un maletín nuclear en manos del entonces líder soviético Boris Yeltsin conllevaba cierto riesgo. Era sabido que Yeltsin, que murió en 2007, era mucho más afecto a la vodka que a la literatura soviética del siglo XIX e incluso a los destinos del Estado. Sin embargo, el 26 de enero de ese año Yeltsin dijo, muy suelto de cuerpo: Ayer usé por primera vez mi maletín negro, que siempre llevan dos oficiales muy cercanos a mí y que carga el botón nuclear.

¿Qué había sucedido? Los operadores de la defensa aérea rusa habían detectado el lanzamiento de un proyectil en la costa Noruega. Lo vieron ascender al cielo en sus sofisticadas pantallas, pero no podían definir hacia dónde se dirigía. Yeltsin consultó con sus asesores sobre si debía o no lanzar un contraataque, al parecer en un estado de frenesí un tanto turbador, para decirlo de modo elegante. Al borde de la decisión, los radares revelaron que el proyectil se dirigía hacia el mar y no hacia Moscú. Más tarde se supo que el misil no era tal, sino una sonda científica noruega destinada a estudiar las auroras boreales. Los noruegos, sorprendidos y encabritados, se quejaron del disparate soviético con razón: el lanzamiento de la sonda se había anunciado a todo el mundo un mes antes.

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El peligro atómico, siempre a merced de yerros, malos entendidos, imágenes difusas, tonterías y demás hierbas, ahora carga con los caprichos a cumplir de la Inteligencia Artificial y con los caprichos de estadistas que hacen gala de su inestabilidad, también conocida con el bonito eufemismo de emocionalidad importante.

¿Qué podemos hacer? Alzar las copas esta noche: estamos vivos de milagro.

TN Esta nota se publicó originalmente en el medio.
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