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Sociedad
TN 03/06/2026 21:52 4 min de lectura

Carlos, obrero de 34 años: Cuando los médicos ya no tenían respuestas, vine a buscar un milagro a este pozo y hoy mi esposa está caminando

Desde hace más de cuatro siglos, fieles de todo el país llegan a Trancas para buscar alivio, agradecer favores recibidos o pedir por la salud de sus seres queridos. Historias de fe, promesas y esperanza mantienen viva la leyenda del santuario ligado

Carlos, obrero de 34 años: Cuando los médicos ya no tenían respuestas, vine a buscar un milagro a este pozo y hoy mi esposa está caminando
Foto: TN

El ripio cruje bajo mis zapatillas y el aire del norte, pesado y tibio, me da la bienvenida a las afueras de Trancas. Llegar hasta aquí no es solo recorrer kilómetros de ruta tucumana; es, de alguna manera, desandar el tiempo. Estoy parado, por primera vez en mi vida, frente al mítico Pozo del Pescado o Pozo de los Milagros, el sitio donde la tradición oral asegura que San Francisco Solano, allá por el año 1590, clavó su bastón de madera para calmar la sed de un pueblo acosado por una sequía feroz.

A simple vista, el lugar es de una sencillez que desarma. No hay grandes monumentos opulentos ni lujos. Hay árboles corpulentos que prestan su sombra, una pequeña ermita que resguarda la imagen del santo y, en el centro, el piletón de piedra de donde brota, mansa y constante, el agua bendita. Pero lo que realmente estremece de este rincón no es la geografía, sino la atmósfera. Hay un silencio espeso, un respeto casi sagrado que solo se rompe por el murmullo de los rezos y el sonido del agua al ser embotellada.

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Me acerco lentamente, sintiéndome un intruso, junto a mis compañeros camarógrafos. Pronto entiendo que aquí las miradas no juzgan. La gente llega cargando dolores tan pesados que no les queda espacio para la desconfianza.

Al borde del pozo me encuentro con Doña Irma. Tiene las manos curtidas por el trabajo de la tierra y los ojos vidriosos, fijos en el agua. Viajó desde las primeras luces del día desde San Miguel de Tucumán. Lleva consigo tres bidones plásticos vacíos.

Es para mi nieto, mi buen señor me dice, cuando le pregunto qué la trae por primera vez en el año. Le diagnosticaron una enfermedad difícil en los pulmones. Los médicos hacen lo suyo, pero yo sé que esta agüita limpia le va a dar la fuerza que le falta.

Su voz no tiembla por la debilidad, sino por una devoción tan ciega y pura que me estremece el pecho. No puedo evitar sentir un nudo en la garganta. Doña Irma sumerge un jarro de plástico, llena sus bidones con paciencia artesanal y luego se persigna, tocando la piedra húmeda. Para ella, cada gota es una transfusión de esperanza.

A unos metros, un hombre joven, de jeans gastados y manos de obrero, llora en silencio frente a la estatua de San Francisco Solano. Se llama Carlos y accedió a hablar conmigo tras un largo suspiro. Me cuenta que hace un año estuvo aquí mismo, de rodillas, rogando por la vida de su esposa, que agonizaba tras un accidente en la ruta.

Vine a agradecer me confiesa, intentando sonreír a pesar de las lágrimas. Ella hoy está en casa, caminando. Los doctores no le daban esperanzas, pero el Santito escuchó. Prometí volver cada año a limpiar este lugar y a traerle flores.

Carlos, al igual que todos los fieles que llegan a este lugar toca tres veces la campana de la ermita. Según la tradición esas campanadas llaman al santo para que esté atento a los pedidos de sus fieles.

Es imposible permanecer inmune ante estas historias. Como periodista, uno está entrenado para buscar el dato frío, la verificación, la explicación lógica. Sin embargo, aquí, frente al Pozo del Pescado, la lógica se rinde ante la necesidad humana de creer. Las explicaciones científicas sobre las napa subterráneas quedan completamente obsoletas cuando ves a una madre desesperada besar el agua, o a un hombre quebrado encontrar la paz en una oración.

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Mojo mis manos en el pozo. El agua está fresca, cristalina, ajena al calor sofocante de la tarde. Al ver reflejado mi propio rostro en la superficie, entiendo que el verdadero milagro de Trancas no es solo que el agua brote de la tierra seca. El milagro es este flujo incesante de amor, de resiliencia y de comunidad; esa cadena invisible de fe que une a perfectos desconocidos que hoy, bajo la sombra de San Francisco Solano, comparten sus penas y sanan sus almas.

Me voy de Trancas con otra historia de Milagros Argentinos llena de testimonios, pero con el corazón habitado por una emoción nueva. En este rincón tucumano, la fe no es una abstracción dominical; es algo vivo, tangible, que se puede embotellar y llevar a casa para ganarle la batalla a la adversidad.

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