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Provinciales
La Pirámide 02/06/2026 11:44 4 min de lectura

Ojalá no existiese la palabra "femicidio"

"El delito más común que hay acá en el ámbito urbano es la violencia de género y la violencia familiar". Dijo el comisario Esteban Allegrini cuando le preguntaron sobre los problemas de violencia, salud mental y conflictos familiares en Concepción de

Ojalá no existiese la palabra "femicidio"
Foto: La Pirámide

Ojalá no existiese la palabra "femicidio"

Y mientras lo escuchaba no podía dejar de pensar en la cantidad de veces que escuchamos estas cifras sin detenernos realmente a pensar en lo que verdaderamente significan.

Porque detrás de cada denuncia hay una historia, hay una mujer que tiene miedo de volver a su casa, hay un niño obligado a convivir con situaciones que ningún chico debería atravesar. Hay familias enteras atravesadas por la violencia, hay señales, hay advertencias, hay personas que piden ayuda.

Y, también hay tragedias en las cuales se llega demasiado tarde.

Hace tiempo que un caso no generaba tanto impacto como el de Agostina Vega. Una adolescente de 14 años cuyo asesinato conmocionó al país y volvió a poner sobre la mesa preguntas que aparecen una y otra vez cuando ocurre un hecho de estas características.

Porque a medida que se conocieron más detalles de la investigación comenzaron a aparecer datos imposibles de ignorar, de pasar por alto. El único imputado tenía antecedentes penales y denuncias previas. Entre ellas, una causa por privación ilegítima de la libertad. ¿Qué pasó? Los testimonios de aquel momento hablaban de su expareja desesperada saliendo corriendo de la casa de Barrelier semidesnuda, con las manos atadas con precintos, buscando quien pudiera verla, escucharla; ayudarla del otro lado de la puerta, porque quedarse ya no era una opción.

Y entonces, si las señales estaban ahí, ¿por qué nadie logró detenerlo antes?

Sin embargo, mientras la investigación sigue su curso, una parte de la conversación pública volvió a desplazarse hacia un lugar conocido. En vez de concentrarnos únicamente en quien está acusado, comenzamos a examinar y juzgar a la víctima.

A Agostina la analizaron por cómo se mostraba en redes sociales, por la ropa que usaba, por los lugares que frecuentaba, por las decisiones que tomaba. Como si alguna de esas cuestiones pudiera explicar lo ocurrido y no se tratara de una niña de 14 años y un hombre de 33.

También se examinó a su madre: Sus vínculos, sus decisiones, su forma de criar, sus horarios, sus permisos. Mientras atravesaba uno de los dolores más brutales que puede experimentar una persona, buena parte de la discusión parecía más interesada en encontrar errores que en comprender el horror de lo sucedido.

Y no se detuvo ahí, también hubo quienes apuntaron contra la madre del acusado, una mujer que apareció llorando, pidiendo perdón por lo que presuntamente hizo su hijo. Como si la responsabilidad pudiera heredarse, como si ella tuviera que responder por las decisiones de un hombre adulto. A veces parece que, frente a ciertos crímenes, siempre necesitamos encontrar más culpables para señalar, aunque eso implique desviar la mirada de quien realmente debe dar explicaciones.

Construir una mala víctima es un proceso social: la víctima ideal es aquella que encaja perfectamente en nuestras expectativas morales. La que no se equivoca, la que no se expone, la que no usa determinada vestimenta, la que nunca toma una mala decisión, pero las personas reales no existen de esa manera. Y cuando una víctima no encaja en ese molde, aparecen las sospechas, las justificaciones y los intentos de trasladar la responsabilidad hacia quien sufrió la violencia.

Mientras tanto, la espectacularización mediática no descansa. Durante días el caso ocupó horas de televisión, portadas, móviles en vivo y coberturas permanentes. La búsqueda de una declaración, una reacción, una imagen que pudiera transformarse rápidamente en contenido. Después llega el oportunismo político, donde ada sector intenta apropiarse del caso para confirmar aquello que ya pensaba antes de que ocurriera y, en medio de esa disputa, aparece una adolescente de 14 años convertida en argumento, consigna o estadística.

Pero las estadísticas también nos hablan de algo: Cuando un comisario afirma que la violencia de género y la violencia familiar son los delitos más frecuentes de una ciudad, no está hablando de casos aislados: ocurre a la vuelta de la esquina. No solo pasa en las grandes ciudades; está acá, en las calles, detrás de puertas frente a las que pasamos todos los días sin saber qué ocurre del otro lado.

Por eso se marcha, no porque una movilización vaya a resolver por sí sola un problema tan complejo, sino porque visibiliza aquello que muchas veces se intenta minimizar. Porque obliga a mirar, porque genera presión social, porque nos recuerda que detrás de cada número hay una persona.

Y porque el silencio, hasta ahora, nunca solucionó nada.

¿Cuántas Agostina Vega más? ¿Cuántas Ángeles Rawson? ¿Cuántas Micaela García? ¿Cuántos niños como Lucio Dupuy o Ángel Nicolás López?

¿Cuántas denuncias deberán acumularse para que dejemos de reaccionar solamente después de la tragedia? ¿Cuánta violencia vamos a seguir soportando antes de asumir que no se trata de casos aislados, sino de un problema que atraviesa a toda la sociedad?

Un problema que ignoramos y que parece ajeno hasta que un día deja de serlo.

La Pirámide Esta nota se publicó originalmente en el medio.
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