Una mirada desde la alcantarilla. Una mirada coral - 9 Digital - Mi 9
Una mirada desde la alcantarilla. Una mirada coral -
Habló la hebra que se desprende
El primer punto es un nudo flojo así por la luz del aire entra nuevamente la hebra y pasa, así se forma la trama.
Después el tejido ocupa las manos. La tela cubrirá las pieles.
La sotana de la monja Pelloni gastó el ruedo, se abrió y María Soledad Morales lanzó un pespunte desde la zanja. El lugar donde crecen los lirios salvajes y nuestras jóvenes.
Basura y belleza ultrajada entre latas de atún podrido.
El resto del cuerpo y no el cuerpo. Ni siquiera las uñas enteras. El tímpano zumbando para siempre.
Habló el padre que estaba ausente
Acusó a la madre que no recibía la cuota, a las amigas que pudrían la manzana, todas desconocidas. Ellas miran su cara por primera vez.
Habló la fanática de los boliches
Encontró la perla del corpiño de encaje barato, en la suela de sus yantas el mensaje de Clarín, la espuela incrustada con las tachas en la minifalda. La única buena calificación es la ser la víctima perfecta: pobre, vaga, chanta.
Habló la profesora de historia
y la preceptora del curso que ahuyenta a los que se hacen los vivos queriendo entrar al baño de las chicas.
Dijo la sonrisa, la sonrisa hermosa, nos quedamos sin.
Como si el lenguaje trastocara el orden de sus partes, como si la lengua se retorciera dentro de la boca.
La pronunciación permanente perdida.
Pasemos la lista con los nombres de quiénes violan y matan, basta de la foto de la víctima, las notas de la escuela, lo que hacía la madre mientras no trabajaba para mantenerla sola, lo que hacía la chica con el celular cuando estaba sola.
El tipo, que antes fue nene y le dijeron pelá el pito ahí nomás, echáte el meo frente a todos, no hay problema el sacudir la verga cuando nacés macho.
Habló el hocico del fiscal
Elogiemos el olfato animal, el acierto de las garras, la huella del rasguño, la impertinencia de las pezuñas contra todo lo que pisan.
Elogiemos el instinto, el atropello de las bestias, el arrojo de los colmillos sobre la sangre.
Alcemos altares en escritorios lustrados, digamos qué bien el entrenamiento que ejercemos con autoridad sobre los perros. Tecleemos un himno con las pezuñas, mostremos la misma zaña en las pupilas. Cantemos el éxito erguidos sobre piel abierta como una tela que se raja interminable.
No saciemos nunca esta sed de pararnos en la cima aunque abajo hayan huesos y sean todos de una misma especie.
Encontremos el triunfo y cantémoslo de frente, con la fuerza en la mandíbula que no titubea sobre las caras flacas.