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Provinciales
TN 31/05/2026 05:41 7 min de lectura

Quedó viuda, crió sola a sus tres hijas y a los 60 tomó una decisión que le cambió la vida

Después de una vida atravesada por el trabajo y la maternidad, Adriana Barrionuevo decidió dejar atrás la rutina académica para volcarse a la montaña y la actividad física. Hoy encuentra en cada desafío una forma distinta de disfrutar el tiempo y sen

Quedó viuda, crió sola a sus tres hijas y a los 60 tomó una decisión que le cambió la vida
Foto: TN

A los 60 años, el tiempo puede sentirse como un recurso escaso o como una rutina que se repite en un loop interminable. Para Adriana Barrionuevo, filósofa, investigadora y docente cordobesa, en cambio, el tiempo terminó convirtiéndose en algo mucho más simple y profundo: vida.

Por eso no sorprende que en 2023, después de décadas entre escritorios, aulas y exigencias académicas, decidiera jubilarse de todo, dejar atrás los libros y trasladar la disciplina que la había destacado como profesional hacia los senderos de montaña y las pistas de running.

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Hoy, a semanas de cumplir 61 años, vive en Córdoba Capital y representa una idea que ella misma encarna con naturalidad: nunca es tarde para reinventarse.

Una vida marcada por la urgencia y el método

La historia de Adriana está marcada por desafíos tempranos. A los 33 años quedó viuda, con tres hijas pequeñas la mayor tenía apenas 10 años y en una situación económica extremadamente difícil.

Yo digo que quedé viuda y pobre, con un título de filósofa, recuerda, quien por entonces tenía unas pocas horas de clase en un colegio de nivel secundario. En ese contexto, trabajar dejó de ser una elección para convertirse en una necesidad absoluta para sostener el hogar.

A partir de allí, su vida devino en una combinación de changas y puestos, siempre dentro del ámbito de la filosofía, lo que le permitió ir logrando una sólida carrera en un instituto de formación docente terciario y en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), dentro de la carrera de Ciencias de la Educación.

En paralelo, atravesó otras experiencias personales importantes: dos matrimonios más y sus respectivos divorcios. Una de esas historias fue una relación a distancia con un sociólogo brasileño en los años en que los pasajes estaban baratos, cuenta entre risas. La última, con un cubano al que ayudó a instalarse en la Argentina junto con sus hijas, en una suerte de misión familiar. Con ninguno convivió.

Siempre fuimos muy independientes, resume hoy, mientras disfruta de una casa vacía tras la partida de sus hijas, a quienes define como autónomas y autárquicas.

Para vivir durante todos esos años y hacer frente a esa vorágine de crianza y multiempleo, Adriana desarrolló una disciplina férrea. No nací con ningún talento, pero cultivé la virtud de la constancia, asegura. Y fue justamente esa mentalidad metódica la misma que utilizó durante años para estudiar filosofía y escribir papers académicos la que terminaría empujándola hacia su transformación.

El salto hacia otra vida

Adriana tenía una profesión y algunos trabajos que le gustaban, que ocupaban buena parte de su tiempo y transitaban casi siempre en el entorno seguro que confieren las aulas y escritorios, pero siempre disfrutó caminar. De hecho, iba y volvía a pie de casi todos sus trabajos, cada vez que podía.

Tras la pandemia, el deseo de reconectarse con la naturaleza y de hacer actividad física -esa a la que, según ella, llegó tarde, pero a paso firme y seguro- se intensificó. Y aunque evaluó la posibilidad de mantener su cargo universitario y jubilarse solo de aquel que tenía a nivel provincial, decidió patear el tablero y retirarse por completo, de una vez y para siempre, de la profesión que había desarrollado casi toda su vida, en 2023.

Sabía que iba a ganar menos, pero como contrapartida iba a tener más tiempo, y eso para mi era todo ganancia. Porque la vida es tiempo, y si vos tenés tiempo, tenés vida, asegura.

A partir de allí Adriana iniciaría un proceso que la llevó primero a la montaña, donde abrazó el trekking, y ahora, más recientemente, al running; actividades todas estas que le devuelven con creces -y más de una satisfacción- el desgaste físico que implican y para el que se prepara con una minuciosidad envidiosa.

Esta nueva etapa vital le ha traído certezas y sensaciones de ligereza física y mental que no experimentaba en su juventud. Me siento más liviana en todo, más desinhibida, más segura, sostiene, no sin antes atribuirle este bienestar también a la posibilidad de encontrarse con otros y otras cuyas realidades y edades- son completamente distintas a la suya.

Yo empecé tarde en el montañismo, y la mayoría de las personas con las que salgo son mucho más jóvenes que yo. Por eso, y más allá de saber que estas diferencias a la vez que la enriquecen le exigen prepararse mucho más para alcanzar el mismo rendimiento, ha decidido hacer del entrenamiento -hace musculación, pilates y tiene su propia nutricionista- su mejor aliado para no quedarse atrás y seguir disfrutando.

Así es como ha ido alcanzando distintos hitos, el mayor de ellos, hace apenas unos días, durante el primer fin de semana de mayo, tras completar un durísimo trekking de tres cumbres (Cerro Ventana, Cerro Bayo y el imponente Champaquí). Fueron 70 kilómetros en tres días, cargando mochilas pesadas sobre terrenos inestables. Yo me preparé para eso y me fue bárbaro. Y me siento feliz, contenta. Es una satisfacción muy grande en mi vida, relata.

A diferencia del running, donde admite que existe una competencia feroz que muchas veces expulsa o lesiona a los corredores de su edad, la filósofa encuentra en la montaña un refugio democrático y profundamente solidario. A mí esto de salir con un grupo nuevo, que no sabes quién va a llegar, me parece hermoso. Porque el trekking es una actividad que te iguala, no hay gerente de fábrica o ingeniero sobresaliente. Frente a la inmensidad de la naturaleza somos todos iguales, argumenta, dejando en claro que, a pesar de haber dejado los claustros, su mirada va siempre un poco más allá de lo estrictamente deportivo.

De hecho, a lo largo de la charla rescatará el accionar del Club Andino, agrupación gracias a la cual ha podido hacer cumbre, que valoriza el trabajo social y donde tiene una activa participación en la subcomisión de trekking.

Mientras descubre nuevos paisajes de su querida Córdoba natal, también reafirma su vínculo con la filosofía. En su brazo lleva tatuada la frase griega Epimeleia Heautou una expresión de la filosofía griega antigua que se traduce textualmente como el cuidado de sí o el cultivo de uno mismo, un concepto que el filósofo Michel Foucault rescató para definir el trabajo sobre uno mismo para transformarse y poder construir tu propio estilo de vida, explica.

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Y en eso está Adriana, en esta nueva etapa de su vida, mientras arma su mochila y se la adivina entusiasmada frente a la conquista del Dique Los Alazanes, un nuevo destino al que llegará este fin de semana junto a un grupo de jóvenes montañistas para dejar en claro que la jubilación no tiene por qué ser el escenario de un retiro pasivo, sino más bien un horizonte lúdico y soberano a la medida de nuestros propios deseos.

Hay que animarse, salir, empezar, sin pretensiones extraordinarias. Hay que poder instalarse en lo ordinario, en lo de todos los días para hacer la diferencia, dice con la certeza de quien sabe que el camino, se hace al andar.

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