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Provinciales
TN 31/05/2026 05:36 9 min de lectura

Subió tres veces al Everest, pero hizo una confesión que sorprendió: No disfruto las cumbres

Matías Matoco Erroz volvió a alcanzar la cima de la montaña más alta del mundo como guía de una expedición en Nepal y reveló cómo se vive en la zona de la muerte y por qué su mayor preocupación siempre es regresar con vida.

Subió tres veces al Everest, pero hizo una confesión que sorprendió: No disfruto las cumbres
Foto: TN

A casi 9000 metros de altura, el cuerpo humano deja lentamente de funcionar como debería. Respirar ya no es automático. Dormir se transforma en una batalla agotadora. Comer provoca náuseas. Pensar cuesta. Caminar apenas unos metros puede demandar minutos enteros de recuperación. El frío atraviesa cada capa de ropa y el viento golpea la cara como agujas. Allí arriba, en la llamada zona de la muerte, el organismo ya no está preparado para sobrevivir demasiado tiempo. Y sin embargo, Matías Matoco Erroz volvió a estar ahí.

El reconocido guía mendocino acaba de regresar de Nepal después de alcanzar por tercera vez la cumbre del Everest, la montaña más alta del planeta con sus 8848 metros sobre el nivel del mar. Pero para él la cima nunca es solamente una cuestión personal. Las tres veces que llegó, lo hizo trabajando, guiando personas en uno de los ambientes más hostiles que existen sobre la Tierra. Y quizás por eso su mirada sobre el Everest esté bastante lejos de la épica romántica con la que muchas veces se imagina la montaña.

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Yo creo que pasando los 8500 metros nuestro trabajo como guía deja de existir, dice en diálogo con TN. Lo explica despacio, buscando las palabras exactas para describir un lugar donde todo cambia. Hay un punto en el que cada persona camina por su propio mérito o por su propio destino. Las condiciones son tan extremas que realmente uno no puede estar en pleno control allá arriba. Los márgenes para que sucedan cosas son muy amplios. Y no es que pasen cosas malas todo el tiempo, pero suceden.

Habla desde la experiencia de haber pasado semanas enteras respirando aire enrarecido, tomando decisiones bajo hipoxia y viendo cómo el cuerpo humano empieza lentamente a deteriorarse. Porque el Everest no solamente exige fuerza física: obliga a convivir con el agotamiento permanente, el miedo y una fragilidad extrema donde cualquier error puede volverse irreversible.

La línea entre vivir y morir es bastante delgada, admite. Los márgenes de error son insignificantes. En realidad no debería pasar ninguno porque la gente podría morir. Y pasa. Muchas veces por la fiebre de cumbre las personas llevan sus límites al máximo, reflexiona.

Quizás una de las cosas más impactantes que dice Matoco es que ni siquiera disfruta plenamente cuando llega a la cima. Mientras miles de personas imaginan ese instante como una explosión de felicidad absoluta, para él el Everest funciona de otra manera. Yo como guía por lo general, no disfruto las cumbres ahí arriba. Las disfruto después, a los días, a las semanas o al mes. En ese momento estoy más preocupado porque las cosas salgan bien y porque la bajada sea segura.

Y agrega algo que resume perfectamente la presión silenciosa que implica conducir personas a casi 9000 metros de altura: No tengo fotos buenas en las cumbres porque estoy más pendiente de que los clientes tengan su foto. Mi cabeza está puesta en otra cosa.

La realidad es que la cima del Everest representa apenas la mitad del camino. La mayor parte de los accidentes ocurre durante el descenso, cuando el cansancio extremo, la falta de oxígeno y el desgaste mental reducen la capacidad de reacción. Después de horas caminando sobre hielo y pendientes imposibles, el cuerpo empieza literalmente a apagarse.

El Everest exige estar a un nivel físico muy alto. Aunque entreno todos los días, siempre existe la duda de cómo vas a responder, reconoce.

Porque en el Himalaya no alcanza con estar fuerte. El problema es sostener ese rendimiento durante semanas enteras viviendo en altura extrema. El sueño desaparece, el apetito disminuye, la hidratación se vuelve compleja y hasta las tareas más simples demandan un esfuerzo enorme. Ponerse los crampones, cerrar una campera o abrir una botella puede tomar varios minutos cuando el cerebro recibe mucho menos oxígeno del habitual.

La montaña más difícil no siempre es la más alta, pero el Everest tiene algo muy particular: la exposición constante a la altura extrema, explica.

Matoco conoce ese mundo como pocos argentinos. Esta fue aproximadamente su temporada número catorce en Nepal, un país que ya siente como una segunda casa. Para mí Nepal es otra parte de mi vida, cuenta. Su historia con la montaña empezó en Mendoza, rodeado de Cordillera y del universo del Aconcagua. Desde muy chico mostró condiciones extraordinarias para el andinismo. A los 16 años hizo cumbre en el techo de América en apenas 7 horas y 40 minutos, un tiempo impresionante incluso para montañistas experimentados.

Con el paso de los años se transformó en uno de los guías argentinos más reconocidos a nivel internacional. Participó en expediciones al Everest, Lhotse, Cho Oyu, K2 y Nanga Parbat, algunas de las montañas más peligrosas y exigentes del planeta. Sin embargo, el Everest ocupa un lugar distinto. No necesariamente porque sea la montaña más técnica, sino porque allí el cuerpo humano entra en un territorio para el que no fue diseñado.

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Arriba de los 8000 metros comienza la famosa zona de la muerte. El nombre no es exagerado. A esa altitud, el oxígeno disponible representa apenas una fracción del que existe al nivel del mar y el organismo empieza a deteriorarse progresivamente. Permanecer demasiado tiempo puede resultar fatal.

Por eso las expediciones modernas dependen cada vez más del oxígeno suplementario y de la tecnología. Ahora tenemos más capacidad de oxígeno por botella, mejores máscaras y mucha más asistencia, explica Matoco. Según cuenta, el Everest cambió radicalmente en los últimos quince años. Antes, una expedición podía durar más de dos meses. Hoy muchas se realizan en menos de treinta días gracias a sistemas de preaclimatación que permiten entrenar el cuerpo antes de viajar a Nepal.

Eso aceleró muchísimo los tiempos, señala. También cambió la logística. Donde antes predominaban trekkings eternos y aproximaciones lentas, ahora los helicópteros ocupan un rol central. Hoy se usa muchísimo el helicóptero para subir y bajar material o personas y reducir desgaste.

Pero nada de eso elimina el peligro real. El frío extremo sigue siendo uno de los peores enemigos. Las temperaturas pueden superar los 30 grados bajo cero y congelar dedos, manos o pies en pocos minutos si existe exposición prolongada. El viento multiplica la sensación térmica y cualquier tramo de piel descubierto puede convertirse rápidamente en una lesión grave.

A eso se suma el agotamiento físico acumulado. Las jornadas pueden extenderse durante más de 10 horas avanzando sobre hielo, grietas y pendientes empinadas mientras se carga peso y se utilizan equipos pesados. Y en el caso de Matoco existe además una responsabilidad extra: conducir personas.

En esta última expedición estuvo al frente de un grupo de ocho clientes. Pero detrás de ellos existía una estructura enorme de apoyo. Nunca estoy solo. Siempre voy acompañado por otro guía y un equipo gigante, explica.

Porque una expedición al Everest funciona casi como una pequeña empresa en movimiento. Hay cocineros, sherpas, porteadores, comunicaciones, carpas, alimentos, cilindros de oxígeno, equipamiento técnico y logística permanente funcionando durante semanas enteras en uno de los lugares más inaccesibles del planeta.

En estas expediciones manejamos más de 70 sherpas o porteadores y alrededor de 500 cilindros de oxígeno, detalla.

Los sherpas cumplen un rol fundamental. Son quienes cargan gran parte del material, equipan rutas, fijan cuerdas y muchas veces arriesgan su propia vida para asistir a escaladores en problemas. Sin ellos estas expediciones no funcionarían, remarca.

Aun así, Matoco cree que el Everest no necesariamente representa la montaña más difícil del mundo. Y eso rompe bastante con la imagen mítica que muchas veces existe alrededor suyo.

Hay montañas muchísimo más comprometidas, asegura. Habla especialmente de algunas cumbres de Patagonia o Perú donde el nivel técnico y la autonomía son mucho mayores. El Everest tiene un enorme prestigio porque es la montaña más alta del planeta, pero no necesariamente es la más difícil.

Sin embargo, hay algo allí arriba que sigue atrayéndolo. Quizás sea esa sensación única de estar en el punto más alto de la Tierra. O tal vez la convivencia constante con los propios límites físicos y mentales. Porque en la montaña la cabeza puede ser tan importante como las piernas.

El miedo, la ansiedad y el agotamiento mental también juegan muchísimo, reconoce. Tomar decisiones correctas bajo hipoxia extrema y cansancio acumulado forma parte central del trabajo de un guía. A veces la única prioridad es avanzar lentamente, respirar bien y mantener la concentración. Porque un pequeño error puede desencadenar una tragedia.

El paso del tiempo también aparece como un desafío inevitable. Aunque sigue entrenando todos los días y guiando expediciones regularmente, Matoco reconoce que el cuerpo ya no responde igual que hace 20 años.

Siempre está la duda de si uno va a seguir estando al nivel necesario, admite. Y detrás de cada expedición también existe una vida atravesada por las ausencias. Mientras las fotos desde la cima recorren el mundo, la realidad cotidiana implica meses enteros lejos de la familia, entrenamientos permanentes y convivir con el riesgo como parte del trabajo. El mayor sacrificio es el tiempo lejos de tu casa, reconoce.

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Pero aun así no piensa detenerse. Porque para él el Everest nunca fue un punto final ni una meta definitiva. Everest es un trampolín para seguir escalando otras montañas, afirma.

Y mientras millones de personas apenas pueden imaginar lo que significa respirar allá arriba, donde el cuerpo empieza lentamente a apagarse, Matoco Erroz ya piensa en el próximo desafío.

TN Esta nota se publicó originalmente en el medio.
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