Tiene 17 años, nació con una enfermedad poco frecuente y encontró el amor aferrada a una frase: Yo puedo
Ludmila Belizán vive en Libertad, partido de Merlo, y desde bebé es tratada en el Hospital Garrahan por una displasia geleofísica, una enfermedad poco frecuente que provoca talla muy baja.
El banquito plegable acompaña a Ludmila Belizán a casi todos lados. Lo usa para cocinar, para alcanzar objetos altos, para manejarse en espacios que nunca fueron pensados para personas de su estatura. Podría verse como un detalle mínimo, pero para ella representa mucho más: es una herramienta de autonomía, una forma de decirle al mundo que siempre existe una manera de hacer las cosas.
Yo puedo, de manera distinta, pero puedo, resume con una sonrisa que desarma cualquier prejuicio. Ludmila mide 1,04 metro.
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Ludmila vive en Libertad, partido de Merlo, está a pocos meses de cumplir 18 años el próximo 6 de noviembre y este año terminará la secundaria. Su vida estuvo atravesada desde bebé por una enfermedad extremadamente poco frecuente llamada displasia geleofísica, una alteración genética que afecta el crecimiento óseo y provoca talla muy baja, además de manos y pies pequeños.
Pero si algo aprendió durante todos estos años es que no quiere que su historia sea contada desde la lástima. Quiere que la miren como a una adolescente más. Con sueños, proyectos, novio, amigas, ganas de viajar y planes para el futuro.
Ser diferente no es malo. Siempre hay una forma de poder hacer lo que te propongas, no importa si no lo hacés como la mayoría sino como a vos te salga, asegura y lo dice desde la experiencia, porque crecer con una condición poco frecuente nunca fue sencillo.
Los lugares públicos no están adaptados para personas de talla baja, cuenta. Por eso implementé un banquito plegable para acceder a lugares altos. Y lo lindo es que siempre estoy acompañada de mis papás, mis hermanos, mis amigas y mi novio. Su familia fue el sostén principal desde el primer momento.
Un embarazo normal y un peso adecuado
Gabriela García, su mamá, todavía recuerda con claridad aquellos primeros meses de incertidumbre. El embarazo había sido normal. El parto también. Nada parecía indicar que algo no estaba bien. Ludmila fue un bebé deseado. Fue un embarazo hermoso y nació con un peso y diámetro normal, relata.
Pero con el paso de los meses empezaron a notar ciertas dificultades en el desarrollo. Mientras otros bebés ya lograban sentarse solos o realizar movimientos básicos, ella todavía no podía hacerlo. Ese fue el primer llamado de atención, recuerda Gabriela.
La pediatra que la atendía inicialmente no detectó nada extraño, hasta que finalmente decidieron consultar con otro profesional. Primero pensaron que podía tratarse de un retraso madurativo. Le hicieron estudios neurológicos, placas y análisis. Todo daba bien.
Entonces llegó la derivación al Hospital Garrahan. Y también el diagnóstico. Llegamos al mejor lugar, dice hoy su mamá con emoción al hablar del centro de salud donde siempre su hija fue atendida de lujo.
En el Garrahan comenzaron a atenderla especialistas en crecimiento, desarrollo y genética. En apenas un día realizaron múltiples estudios y confirmaron que Ludmila tenía displasia geleofísica, una enfermedad extremadamente rara que requiere controles permanentes y seguimiento multidisciplinario.
Para nosotros significó muchísimo estar ahí porque se ocuparon de ella y también de nosotros. Nos orientaron y enseñaron todo lo que teníamos que hacer. A veces sentíamos que nos caíamos porque no entendíamos el porqué, pero nos tocó ser fuertes por ella, cuenta Gabriela.
La familia aprendió a convivir con controles médicos, consultas y adaptaciones constantes. Pero también aprendió algo más importante todavía: a no ponerle límites.
Una amante de la actividad física
Porque Ludmila nunca quiso quedarse quieta. Desde chica practicó baile, gimnasia y patín artístico. Actividades que no solo fortalecieron su cuerpo, sino también su confianza. No hay que limitarse ni caer en el no puedo, repite.
Su mensaje tiene una potencia particular porque nace desde la experiencia cotidiana. Desde abrirse paso en un mundo que muchas veces no contempla las diferencias físicas. Desde aprender a desenvolverse en lugares incómodos o inaccesibles. Desde escuchar comentarios o recibir miradas curiosas en la calle.
Aunque, sorprendentemente, asegura que jamás sufrió bullying grave. Sí, me ven diferente, porque lo soy, pero no me molesta. No lo veo como algo malo ni pienso que lo hagan con maldad. Nunca me hicieron malos comentarios; al contrario, suelo recibir halagos, explica con naturalidad.
Lo que sí le molesta es que algunas personas la infantilicen. Que le hablen como si fuera mucho más chica o que quieran ayudarla sin preguntarle. Ella prefiere otra cosa: ser tratada con normalidad. Quiero que me traten como una persona normal y no me hagan sentir distinta, sostiene.
Con el tiempo, además, logró ganar muchísima independencia. Gracias a distintos tratamientos y terapias dejó atrás dolores en las manos que antes le impedían realizar actividades cotidianas. Hoy puede peinarse sola, cocinar, escribir y manejarse cada vez con mayor autonomía.
Y mientras se prepara para terminar la secundaria, también piensa en el futuro. Sueña con estudiar abogacía, tener su propia casa, manejar un auto y viajar. Es muy fuerte, tenaz y capaz, dice su mamá con orgullo. Nosotros siempre vamos a estar para ayudarla y apoyarla, porque querer es poder.
La historia de Ludmila también refleja cómo cambió aunque lentamente la mirada social sobre las personas con talla baja y enfermedades poco frecuentes. Cuando era más chica, sus padres tuvieron que insistir para que las escuelas adaptaran mesas, sillas y baños. Muchas instituciones todavía no estaban preparadas para incluir verdaderamente.
Con los años, eso empezó a transformarse. Y Ludmila también ayudó a cambiarlo con su carácter. Porque lejos de esconderse, siempre eligió exponerse, participar y demostrar que podía hacer las mismas cosas que los demás, aunque de otra manera.
Siempre hay una forma
Yo me adapto a todo, pero estaría bueno que también se adapten a nosotros, reflexiona en una frase que resume una realidad que atraviesan miles de personas con discapacidad o condiciones poco frecuentes: la verdadera dificultad muchas veces no está en el cuerpo sino en un entorno que no contempla otras formas de habitar el mundo.
Mientras tanto, ella sigue adelante con una madurez que sorprende incluso a los adultos. Tiene novio, amigas, proyectos y una vida social activa. Habla con naturalidad de su condición y no siente vergüenza de mostrarse tal cual es.
Siempre hay una forma, insiste. Y quizás esa sea la enseñanza más poderosa de su historia.
Ludmila no pretende convertirse en ejemplo de perfección ni en heroína. Solo quiere vivir plenamente, estudiar, enamorarse, trabajar y construir su propio camino.
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Pero en ese intento cotidiano termina inspirando a muchísima gente. Sobre todo porque demuestra que la diferencia no necesariamente es una desventaja e incluso, a veces, puede transformarse en una enorme fortaleza. Lo que más nos enseñó como familia fue a valorar cada momento, a ser fuertes y a estar siempre unidos, dice Gabriela.
Y mientras escucha a su mamá, Ludmila sonríe. Una sonrisa tranquila, segura. La sonrisa de alguien que aprendió desde muy chica que tal vez no pueda hacer las cosas igual que el resto, pero sí puede hacerlas a su manera.
Su historia de amor
Y en medio de todos los desafíos, también apareció el amor. La historia entre Ludmila y Juan Cruz comenzó en el colegio, donde son compañeros. Se conocieron en segundo año y al tiempo se volvieron inseparables como amigos.
Él estuvo siempre presente, atento y dispuesto a ayudarla en todo lo que necesitara. Ludmila lo invitó a su fiesta de 15 y, de a poco, ese vínculo fue creciendo hasta transformarse en algo mucho más fuerte.
Finalmente, el 7 de febrero de 2025, Juan Cruz le declaró su amor de una manera inolvidable: con globos, flores y bombones le pidió que fueran novios. Ella dijo que sí. Desde entonces, comparten todo juntos y hoy viven una relación llena de compañerismo, cariño y proyectos, con un sueño muy especial por delante: en octubre viajarán juntos a su viaje de egresados.