Puñaladas, ácido y una sobreviviente clave: la masacre de Cipoletti que sigue desconcertando a la Justicia 24 años después
En diálogo con TN, los viudos de Mónica García y Carmen Marcovecchio reconstruyen el horror de aquella noche. No hay nadie preso, reclaman.
El 23 de mayo de 2002, la ciudad de Cipolletti quedó marcada para siempre por una tragedia que aún hoy sigue sin respuestas. Esa noche, en el laboratorio de análisis clínicos Lacyb, asesinaron brutalmente a Mónica García, Carmen Marcovecchio y Alejandra Carbajales.
El caso, después conocido como la masacre del laboratorio, tuvo una sola sobreviviente. Una mujer que logró recuperarse de sus heridas pero nunca pudo declarar. También tuvo un solo detenido, que más tarde quedó libre por orden de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, ya que lo habían enjuiciado dos veces.
A 24 años del hecho, la causa por el triple crimen sigue abierta y los familiares de las víctimas cargan con el peso de la impunidad.
Puñaladas, ácido acético y un balazo
El trabajo de los forenses reveló la brutalidad de los crímenes. La bioquímica García fue apuñalada nueve veces y le quemaron la cara con ácido acético (que el asesino - que evidentemente conocía sus propiedades - agarró de su mismo laboratorio).
Por su parte, la psicóloga Marcovecchio se llevó el mayor sadismo del criminal. La encontraron atada, con la cara quemada con el mismo producto químico y tenía en total 13 puñaladas: en el pecho, el abdomen y la espalda.
En tanto, la paciente de Marcovecchio, Carbajales, fue degollada y se desangró en el jardín interno del laboratorio.
Ketty Karavatic, la madre de Carbajales, estuvo a punto de convertirse en la cuarta víctima fatal de la masacre cuando quiso entrar al laboratorio a buscar a su hija - preocupada porque tardaba más de lo habitual en la consulta - y literalmente se chocó con el homicida en la puerta.
Según trascendió en las crónicas policiales de ese momento, la mujer le preguntó algo y él le respondió pase y vea, antes de cortarle dos veces el cuello y escapar del lugar en bicicleta.
En el hospital, los médicos descubrieron que Karavatic tenía también una bala alojada en la cabeza. Contra todo pronóstico, la mujer sobrevivió.
Pero nunca declaró.
El relato de Carlos Leiva: Le prometí que iba a cuidar a sus hijos
Detrás del expediente atravesado por errores judiciales, sospechosos equivocados y pericias cuestionadas, quedaron las vidas partidas de aquellos para los que esa fatídica noche no es un recuerdo lejano, sino una escena que todavía regresa con la misma nitidez.
Uno de ellos es Carlos Leiva, el esposo de la bioquímica Mónica García, una de las víctimas fatales de la masacre. Aquel 23 de mayo, cerca de las 19, habló por última vez con ella para coordinar la cena. Poco después, todo se desmoronó.
Él estaba trabajando todavía cuando el ruido de las puertas de blindex abriéndose de golpe lo sobresaltó y alguien gritó su nombre. Aturdido, como si fuera el espectador de una película que no era la suya, se abrió paso hasta la calle para ver qué era lo que ocurría y el tumulto lo llevó hacia el laboratorio, a pocas cuadras de distancia.
Yo estaba convencido de que a esa hora Mónica ya no estaba ahí, que ya estaba en casa, contó Carlos, en diálogo con TN. Pero entonces vio su auto estacionado en la vereda de enfrente y las piezas empezaron a encajar en su cabeza. Apareció esa sensación, escalofriante, de que algo estaba mal.
Relacioné que si estaba el auto, estaba Mónica, relató. En ese momento la urgencia por ver a su esposa fue más fuerte que el miedo por lo que podía llegar a encontrar. Y continuó: Me acerqué y era un desastre: pisadas, mucha sangre, lamentos, gritos. Sacaron a Mónica en una camilla y ahí sentí que ya no estaba más. Por las heridas que tenía, eran catastróficas.
La escena que más lo persigue ocurrió minutos después, en el hospital. Entró por la fuerza a la sala de emergencias y vio a los médicos intentando reanimarla mientras entraban bolsas de sangre. Me cerraron la puerta y me quedé con esa imagen. Mónica ya no luchaba, evocó.
Cuando le confirmaron la muerte, pidió verla una última vez. Me acuerdo que hacía mucho frío y lo primero que atiné a hacer fue taparla, porque era muy friolenta, dijo Carlos, y agregó: Le hablé mucho, le prometí que iba a cuidar a sus hijos, le hablé de mi amor hacia ella y me fui.
La investigación, según Leiva, estuvo plagada de errores y falta de respuestas. Iba todos los días a la fiscalía, pero con el tiempo me di cuenta que no tenía sentido. Solo había suposiciones, no hubo un accionar efectivo. Las esperanzas se fueron desvaneciendo, lamentó.
Sobre el principal acusado que tuvo el caso, David Sandoval, fue contundente: Para mí no tenía nada que ver. Me dijeron que hubo un arreglo para que estuviera preso un tiempo y a su familia la iban a ayudar económicamente. Nunca me cerró lo de Sandoval.
El impacto personal fue devastador. Había un Carlos antes y hubo otro después. Empecé a ser víctima de enfermedades mentales, hasta hoy estoy medicado. Todo esto me cambió la vida, mi forma de ver el mundo, mis ganas de vivir. Tenía una sonrisa dibujada y ya no la tengo. Hasta el día de hoy la extraño mucho, confesó.
Ricardo Cejas: Mucho tiempo creí en la Justicia, pero me equivoqué
La masacre dejó seis chicos sin madre. Dos eran hijos de Carmen Marcovecchio. Los otros cuatro, de Mónica García y Alejandra Carbajales. Ninguno volvió a tener la vida que conocía antes de aquella noche.
Ricardo Cejas, esposo de Carmen, tampoco olvida cómo empezó todo. Un vecino le avisó que algo ocurría en el laboratorio y manejó 10 cuadras hasta el lugar. Cuando llegó, ya había ambulancias, patrulleros y cintas de seguridad.
Veo que hay un cuerpo en la puerta. No me dejaron pasar más, dijo a TN. A Carmen la habían trasladado al hospital junto a Mónica y Karavatic, la única sobreviviente.
Para los investigadores, así como para la familia, el ensañamiento estuvo concentrado en la psicóloga. El director del hospital me recomendó que no pasara a verla, así de lastimada estaba, lamentó Ricardo.
La hipótesis de robo se descartó enseguida: En el lugar estaban los documentos, las billeteras, todo. Lo más firme fue una venganza, pero tampoco se sostenía. Lo único que sí se confirmó es que Carmen atendió a Sandoval - el principal acusado - cuando estaba en un Hogar de menores.
Pero jamás hubo una prueba concluyente que permitiera esclarecer el crimen. Cejas asistió a todas las audiencias del juicio oral en busca de respuestas, pero terminó sin ninguna certeza.
Fueron puras hipótesis, los testigos no ayudaron. Algunos no podían ni tenerse en pie, daba vergüenza ajena, cuestionó.
Y la única sobreviviente de la masacre, jamás declaró. Había sufrido un shock traumático severo y, según los familiares, vivió aterrada hasta su muerte. No soy quien para juzgarla, pero no nos ayudó, admitió Cejas.
A 24 años, la causa sigue abierta. Mucho tiempo creí en la Justicia, pero me equivoqué. Cuando se cumplieron dos décadas intentamos cremar el cuerpo para empezar a hacer un cierre, pero no nos lo permitieron. Hubo mucha impericia de todo el sistema penal de Río Negro, sentenció.
Una investigación plagada de errores y un caso sin culpables
Dos hombres que no tenían ningún parentezco ni se conocían entre ellos pero compartían el mismo apellido, Sandoval, fueron detenido por la masacre del laboratorio.
El primero, Javier Orlando El Clavo Sandoval, cayó apenas unas horas después del hecho. Se creía que él había sido el hombre que se cruzó con la cuarta víctima en la escena del crimen y escapó en bicicleta.
Incluso, de acuerdo con los testimonios, la fuga del asesino fue bastante accidentada. Al menos cinco personas dijeron haberlo visto pedalear unos cuantos metros para alejarse del lugar, pero aseguraron también que perdió el equilibrio y se cayó, por lo que terminó de huir a pie.
Finalmente, la testigo clave, Ketty Karavatic, no pudo reconocerlo y fue entonces cuando las huellas encontradas en el lugar del hecho apuntaron a David Sandoval, un lavacoches que había sido paciente de Carmen Marcovecchio en su infancia.
Sin embargo, las pericias fueron contradictorias y la investigación se transformó rápidamente en un laberinto de errores.
En 2004, ambos Sandoval fueron absueltos por falta de pruebas. Después, el Superior Tribunal de Justicia de Río Negro anuló la absolución de David y ordenó un nuevo juicio, que terminó con una condena a prisión perpetua basada en una pericia cuestionada.
Finalmente, en 2010, la Corte Suprema de Justicia de la Nación anuló la condena y ordenó liberarlo porque había sido juzgado dos veces por el mismo hecho.
La vida después de la masacre
Yo creo que hubo mucha presión social y alguna persona tenía que pagar los platos rotos. Por no decir un perejil. Para mí Sandoval no tenía absolutamente nada que ver, consideró Carlos Leiva.
Leé también: Salieron a pasear y las encontraron asesinadas: tiros y puñaladas en el enigmático crimen de Cipolletti
Ricardo Cejas también perdió toda confianza en la Justicia. Mucho tiempo creí que este caso iba a ser resuelto. Obviamente me equivoqué, remarcó.
Los dos hombres comparten hoy una misma sensación: el abandono.
Leiva contó que durante meses fue todos los días a la fiscalía esperando novedades. Al principio había esperanza. Después entendí que no tenía sentido seguir yendo porque no había respuestas, explicó.
Cejas fue todavía más duro: Hubo mucha impericia por parte de todo el sistema penal de la provincia de Río Negro. Y así estamos: con la causa abierta y sin nadie preso.
Ambos aprendieron también, con el tiempo, que la tragedia no terminó aquella noche.
Había un Carlos antes y después de esto me transformé en otra persona. Todo me costó el doble, confesó Leiva. Cejas también habló desde el cansancio. Nuestra vida cambió radicalmente. En una ciudad chica era imposible abstraerse. Todo el mundo hablaba del caso, explicó.
Los hijos crecieron, terminaron la escuela y algunos se fueron de Cipolletti. Ellos se quedaron conviviendo con las preguntas que nunca tuvieron respuesta.
Me gustaría ir caminando por la calle y que alguien me cuente qué fue lo que realmente pasó dentro del laboratorio, expresó Cejas. Leiva, en cambio, parece haber llegado a otro lugar. Uno más resignado. Internamente perdono a quienes hicieron esto. Van a recibir de otra forma la justicia que acá no se dio, sostuvo.
La causa sigue abierta. No hay condenados. No hay certezas. Y a solo 20 metros de distancia, en el cementerio de Cipolletti, descansan los restos de las mujeres asesinadas en los dos triples crímenes que marcaron para siempre la historia de la ciudad.