Anticipo exclusivo: secuestros, atentados y traiciones en el nuevo libro de Ricardo Canaletti
El periodista y escritor reúne relatos de poder, violencia y emboscadas que marcaron la historia. El título será lanzado el 1° de junio. Desde el Che a Mussolini, de García Lorca a Martin Luther King.
Secuestros, atentados, persecuciones, traiciones e incluso macabros robos de cuerpos. Son las fascinantes historias atravesadas por el odio, el resentimiento y la ambición desmedida que cambiaron para siempre el curso de los acontecimientos, en distintos tiempos y geografías.
Ricardo Canaletti los convoca y los reúne, en un atrapante nuevo libro que saldrá a la venta el 1° de juio. El material entrelaza asuntos de poder y de violencia pero también de heroísmo y valentía. De lucha por los ideales y extraordinaria dignidad.
Un conjunto de historias en las que la política se tiñe con la violencia para recordarnos, en estos tiempos de verbas inflamadas, lo injustificable de su camino como reemplazo del diálogo.
Lo que sigue, como anticipo, es el primer capítulo, Por una cabeza. La historia del final del revolucionario Pancho Villa, en la famosa emboscada de Hidalgo del Parral, y lo que pasó después.
Por una cabeza
Francisco Pancho Villa
Parral, 1926
El coronel tenía en mente a la persona indicada para un operativo de agresión muy delicado, que consistía en cortar una cabeza humana. Era imperioso hacerlo. Hacia fines de 1925, el coronel Francisco Durazo Ruiz estaba al mando del 11º Batallón de Infantería establecido en la guarnición de la ciudad de Hidalgo del Parral o Parral, en el estado de Chihuahua, México.
Tenía dos autos a disposición, uno rojo y otro azul. Convocó al capitán José Elpidio Garcilazo y lo llevó a pasear por la ciudad en el auto rojo. Después de algunos minutos de silencio transitando por calles polvorientas, el coronel le dijo al capitán que debía cumplir el siguiente encargo: cortarle la cabeza al cadáver de Francisco Pancho Villa, porque la quería el general Álvaro Obregón, que había dejado la presidencia de México hacía poco. Nunca se sabría si el coronel Durazo había invocado a Obregón para darle más peso a una orden que era ilegítima e inmoral. El capitán no se quedó callado. Amagó una protesta. Sabía perfectamente lo que significaba andar jugando con la memoria de Pancho Villa. Pero el coronel enseguida le largó el consabido final de toda discusión: la orden venía de arriba y debía cumplirse pronto, así que Garcilazo debía designar a sus hombres de más confianza para realizarla.
Garcilazo era un militar sin ningún antecedente importante. Solo había dirigido el pelotón de fusilamiento que ejecutó a Manuel Chao Rovira, exgobernador de Chihuahua, un hombre 10 de Pancho Villa y, por tanto, rival del general Obregón. Si Garcilazo era un tipo despierto, no tenía síntomas. Francisco Pancho Villa, nacido como Doroteo Arango en 1878 en Durango, fue uno de los caudillos más carismáticos y temidos de la Revolución mexicana. De origen humilde, pasó de bandolero a comandante revolucionario, liderando el poderoso Ejército del Norte contra el régimen de Porfirio Díaz y, luego, contra gobiernos que consideró traidores a la causa revolucionaria.
Su lucha se centró en una reforma agraria radical y en mejorar las condiciones de los campesinos del norte. Villa jugó un papel clave en el derrocamiento de Victoriano Huerta en 1914. Durante esa etapa tuvo una alianza estratégica con Álvaro Obregón, otro general revolucionario de gran talento militar aunque de perfil político más calculador. Ambos pelearon contra Huerta, pero sus caminos se separaron cuando Obregón se alineó con Venustiano Carranza, líder constitucionalista, mientras que Villa rompió con Carranza y con Obregón y retomó la guerra al lado de Emiliano Zapata.
Obregón consolidó su poder como figura central de la política del país y, aunque en los años siguientes ya no persiguió directamente a Villa, su ascenso político se desarrolló en paralelo al ocaso del caudillo del norte. La disputa entre ellos se zanjó el 15 de abril de 1915, con la derrota de Villa en la Batalla de Celaya, en el estado de Guanajuato. Obregón ganó, pero perdió el brazo derecho.
En 1916, después de que los Estados Unidos reconocieran el gobierno de Carranza, Villa atacó la ciudad estadounidense de Columbus, en Nuevo México. Los Estados Unidos reaccionaron enviando una expedición punitiva al mando del general John Pershing con la misión de atraparlo, pero fracasó.
Desde 1916 hasta 1920, Pancho Villa volvió a ser guerrillero y bandido como en sus inicios y atacó diversas poblaciones de Chihuahua y Coahuila para después refugiarse en la sierra. Se retiró en 1920. Villa quedó en la historia como símbolo de rebelión popular, y Obregón, como arquitecto pragmático de la nueva República posrevolucionaria.
Pancho Villa fue emboscado en la ciudad de Parral el 20 de julio de 1923, mientras conducía su automóvil. Los asesinos, 11 dirigidos por Jesús Salas Barraza, dispararon alrededor de 150 veces contra el auto. Las primeras ráfagas destrozaron el parabrisas y acribillaron a Villa, que quedó con su cabeza tirada hacia atrás. No tuvo tiempo de sacar su arma, recibió doce balazos plenos. En esa época era presidente del país el general Obregón, quien no tenía ningún interés en descubrir a los asesinos.
Al día siguiente del crimen, el sábado 21 de julio, luego de una misa, un enorme cortejo fúnebre llegó hasta el Panteón de Dolores de Parral. Se dispararon 21 tiros de despedida ante la fosa 632. Luego de poco más de dos años, el capitán Garcilazo había recibido la orden de profanar el cuerpo del revolucionario cortándole la cabeza para llevarla como trofeo. ¿Podría tratarse de una venganza de Obregón por haber perdido su brazo en la guerra contra Villa?
Garcilazo llamó a un tal cabo Silva, le contó sobre la misión y le indicó que formara un grupo. Desde ese momento, todo se enfrió a tal extremo que llegó Año Nuevo. El coronel Durazo no paraba de llamar a Garcilazo para apurarlo y ordenarle que echara a patadas a ese cabo Silva. El capitán designó en su reemplazo al cabo Figueroa y le encomendó que buscara a no más de cinco soldados de confianza y que disimuladamente se ocupara de la tumba 632.
La tarde del 5 de febrero, a casi tres años del asesinato de Pancho Villa, el capitán Garcilazo organizó el grupo que asaltaría el cementerio; estaba integrado por el propio Figueroa y los soldados Anastasio Ochoa, José García, Nivardo Chávez y José Martínez Primero. Les dijo que llevaran palas y barretas, una linterna y un litro de alcohol. Sin armas.
Leé también: Fue desertor, capellán, profesor y cirujano en la guerra de Corea: la increible vida del camaleón impostor
Por su parte, el coronel Durazo dispuso que el sargento Lino Pava, ya en la madrugada del día 6, se apostara cerca del cementerio e impidiera el paso a lecheros y trasnochadores. Dio la misma orden al sargento Roberto Cárdenas Aviña, para que vigilara las esquinas del camposanto. Durazo no informó al capitán sobre estas medidas. Los profanadores saltaron la tapia del cementerio por la parte de atrás y fueron hacia la tumba 632 de la novena sección.
El capitán se quedó afuera. Con las barretas, los soldados destruyeron un lateral de la tumba. A cada rato se escuchaba de uno o de otro un sonoro: ¡Shhhh!, para imponer silencio y disminuir los ruidos. Pero era imposible. El miedo los volvía más torpes de lo que ya eran. Lo peor estaba por venir. No les habían dicho que el cuerpo estaba embalsamado. La impresión fue tremenda; perdieron equilibrio, se tropezaron; uno cayó, y su cara se hundió en la tierra mientras imploraba que no se despertara José García bebió el alcohol desinfectante.
Se quedaron inmóviles. Nada pasó. Entonces lograron romper un costado del sepulcro y por ahí sacaron parte del cajón. Lo rompieron, agarraron con las dos manos los costados de la cabeza y tiraron con fuerza, con la idea de que se desprendería fácilmente. No. Fue inútil. Martínez Primero se armó de valor y la cortó con un cuchillo. Estaban tan nerviosos que, en esa acción, el soldado García quedó herido. Que sostenía la cabeza, que no la sostenía, el otro con el cuchillo y al final se lastimaron.
Serían las tres de la madrugada. Garcilazo, que había dejado a sus hombres a la buena de Dios, se cansó de esperar y se fue al cuartel. Al fin regresaron los soldados. Le dieron la cabeza al capitán, envuelta en una camisa vieja. Garcilazo, a su vez, se la entregó al jefe de la escolta de Durazo, quien la guardó en el cuarto del coronel.
Juanito Amparani, empleado del cementerio, descubrió la profanación de la fosa del general Villa la mañana del 6 de febrero de 1926. Los sacrílegos no habían sacado completamente el féretro, sino que habían escarbado y roto la tapa a la altura de la cabeza. Cerca de la tumba había una botella de tequila abierta, con un líquido no identificado, y un algodón con manchas de sangre fresca de alguno de los profanadores. También encontraron huellas de zapatillas y botas militares. Esta fue la investigación que hicieron los sepultureros. La policía no hizo nada.
Los empleados del cementerio advirtieron que los profanadores nunca quisieron llevarse el ataúd, sino que habían cortado la cabeza a la altura del tronco, y esa era la pieza que faltaba. El escándalo erizó la piel del país. Los militares que habían integrado el ejército de Villa enseguida amenazaron con tomar la ciudad de Parral.
De golpe apareció un sospechoso. Decían que era un estadounidense de baja estatura, de unos 50 años, que había preguntado por la tumba de Pancho Villa y se había quedado con los lugareños escuchando historias del general. Los empleados del cementerio lo conocían de tanto que visitaba el lugar y dieron su nombre y el hotel donde se hospedaba, el Hotel Juárez. Estacionado en la puerta hallaron un auto de la ciudad de El Paso, en Texas, cerca de la frontera con México. El tipo se llamaba Emil Holmdahl. Lo detuvieron junto con Alberto Corral, primo de Luz Corral, una de las viudas de Villa dicen que el general ha tenido sesenta esposas . La multitud trató de lincharlos.
Resultó que Holmdahl, doce años antes, había sido soldado de Villa y luego lo había traicionado cuando el general atacó territorio estadounidense. Se defendió afirmando que no tenía nada que ver con la decapitación del cadáver y que todo era un error. El yanqui contaría años después que estaba en Parral porque había ido con Alberto Corral a buscar un tesoro de más de diez kilos de oro en pequeñas barras, que pudieron encontrar, y luego, al averiarse un neumático de su auto, se quedó con Corral en el Hotel Juárez. Al fin, su versión fue aceptada por un juez de Ciudad de México y lo dejaron libre junto con Corral. Del oro no se supo nada más.
Las versiones acerca del paradero de la cabeza de Pancho Villa corrían como el rayo. Una indicaba que un millonario estadounidense de Nuevo México había ofrecido una fortuna por el cráneo. Otra hablaba de que la cabeza era esperada en la ciudad de Chicago, donde un grupo de científicos estaba listo para estudiarla. Todos eran rumores. También que el responsable había sido el magnate de la prensa William Randolph Hearst, editor y publicista estadounidense que abonó un periodismo especulativo y propagador de noticias distorsionadas o falsas.
El nombre del coronel Durazo no permaneció oculto. Se decía que en Parral había entregado una caja con la cabeza al piloto de una avioneta. Se contaba que el médico Manuel F. Villaraoz de la guarnición de Parral había atendido al capitán Garcilazo de un corte y se dijo que había perdido uno de los dedos de la mano derecha en el procedimiento de decapitación. Era una mentira, pero lo interesante fue que los nombres de Durazo y Garcilazo estaban en boca de todos.
El escándalo era ya nacional. ¿Quién había robado la cabeza de Villa? ¿Quién había ordenado robarla? ¿Para qué la querían? ¿Dónde estaba? ¿Cómo se podía arrancar de la memoria las confrontaciones producidas por la revolución si se insultaba a los muertos?
Durante los años siguientes se dieron decenas de explicaciones, y casi todas ellas incriminaban al coronel Durazo. La teoría más repetida decía que él estaba en tratos con el intermediario de un millonario estadounidense que por razones de venganza ofrecía 50 000 dólares por la cabeza de Villa, y que la presencia de Emil Holmdahl en Parral no era accidental.
Según los insistentes rumores, Ernesto Weisel, chofer de Durazo, llevó la cabeza a Ciudad Jiménez, en el mismo estado de Chihuahua, para dársela a Holmdahl en el hotel Chow. Holmdahl había prometido pagar 20 000 dólares. Pero el yanqui tenía solo la mitad de ese dinero, y la cabeza volvió a manos de Durazo.
Los rumores que involucraban a Durazo iban creciendo, y el general Santiago Piña Soria, comandante de la 5ª zona militar, lo mandó llamar y le dijo que se deshiciera de la cabeza o, de lo contrario, lo fusilaría. El coronel tenía la cabeza dentro de un canasto de mimbre, envuelta en una camisa, debajo de su cama, y había estado durmiendo sobre ella en su rancho de El Cairo.
Frente a la orden del general Piña Soria, Durazo mandó llamar otra vez al capitán Garcilazo y esta vez le ordenó que se llevara la cabeza. Garcilazo se la entregó al cabo Figueroa, quien la metió en una caja de municiones de 7 milímetros que clavaron para dejarla bien cerrada. El cabo y el chofer Weisel fueron con el auto del coronel por la carretera de Parral a Jiménez y allí le indicaron a un soldado que trabajaba en las caballerizas que, por órdenes del coronel, enterrara la caja. Este soldado, del cual no se tienen otras noticias, se fue en dirección al cerro El Huérfano y excavó a un lado de un viejo camino.
Marcelo Caraveo, comandante militar de Chihuahua, destituyó a Durazo poco después. El grupo de profanadores de la tumba terminó muy mal. José García murió a los pocos días de gangrena. El cabo Figueroa pidió un adelanto de su salario, desertó y desapareció. Fidel Martínez, exsubteniente, confesaría más tarde que Durazo había ordenado la muerte de dos de los soldados porque temía que hablaran. Otro de los soldados murió en una pelea tras un juego de naipes, acuchillado por un compañero. El cabo Silva murió alcohólico, y el soldado Martínez Primero, el que había cortado la cabeza, murió en circunstancias extrañas, tal vez ejecutado por no contener su lengua y andar contando lo que hicieron en el cementerio. Por su parte, el capitán Garcilazo abandonó la guarnición de Parral y se fue a trabajar a Ciudad de México.
Del destino de la cabeza de Pancho Villa se siguió hablando durante mucho tiempo. En 1929 hubo una versión que decía que se había exhibido en un circo en los Estados Unidos, pero ese circo, Ringling Brothers, lo negó, y no hubo nadie que dijera haberla visto allí. También se dijo que la habían exhibido en el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York, pero nadie lo registró.
El coronel Durazo, muchos años después en una entrevista, sostuvo que un sargento a su mando se la había robado para dársela al museo Smithsonian, que quería estudiarla, pero al final el negocio no se hizo y el sargento desapareció. A todos les pareció que esa explicación del coronel era una flagrante mentira. Algo no era mentira: los delirios que sufrió el coronel en sus últimos días de vida. Padecía constantes pesadillas en el cuarto de hospital donde murió, y decía que Pancho Villa había ido a buscarlo sosteniendo su cabeza con una de sus manos.