Gualeguaychú frente al espejo: ¿Memoria selectiva o salto al vacío?
La política tiene una particularidad peligrosa: la capacidad de licuar la memoria colectiva. En Gualeguaychú, hoy parece sobrevolar un aire de nostalgia hacia tiempos que, al hacer un mínimo ejercicio de honestidad intelectual, preferiríamos no haber
La política tiene una particularidad peligrosa: la capacidad de licuar la memoria colectiva. En Gualeguaychú, hoy parece sobrevolar un aire de nostalgia hacia tiempos que, al hacer un mínimo ejercicio de honestidad intelectual, preferiríamos no haber vivido. ¿Acaso olvidamos cómo nos entregaron esta ciudad?
Retroceder es, para muchos, una tentación política. Pero retrotraerse en el tiempo es volver a una Gualeguaychú de trama vial destruida, donde circular era una odisea. Es volver a las obras sanitarias gestionadas con parches de “goma de bicicleta” en lugar de infraestructura seria. Es recordar la terminal de ómnibus, esa cara de entrada al turismo, sumida en un abandono que gritaba inoperancia.
La lista de la desidia es larga. ¿Quién no recuerda la planta asfáltica convertida en chatarra, el eterno drama de las inundaciones ante cada creciente, o los barrios enteros clamando por agua potable mientras el Estado se limitaba a enviar a los bomberos, sin haber invertido un solo peso en una solución estructural? A eso debemos sumar los cortes de luz interminables, sin explicaciones, sin respuestas, sin responsables.
Pero hay heridas más profundas. La seguridad, otro pilar descuidado, fue blanco de ataques desde una lógica política que estigmatizó a quienes debían cuidarnos. En ese vacío de autoridad, la droga corrió, como bien se dice, “como agua caliente”, y la respuesta fue el silencio cómplice o la inacción manifiesta.
Mientras la ciudad se caía a pedazos, la dinámica de poder tenía otras prioridades. La “Fiesta del Pescado y el Vino” se convirtió en el escenario predilecto para el despliegue de una casta: amigos, militantes y periodistas amigos disfrutaban de cenas, hoteles y comodidades pagadas con el bolsillo del contribuyente. A eso, sumémosle la pauta oficial abultada que regaba los medios cada mes. Hoy, cuando el grifo se cerró, los mismos actores, sin pudor alguno, siguen operando y señalando, ignorando que la inmoralidad y la desinformación con la que formaron opinión durante años tienen nombre y apellido.
Aquellos que hoy critican son los mismos que no supieron interpretar el momento histórico cuando tuvieron la oportunidad de gestionar. Se dedicaron a construir relatos mientras la infraestructura colapsaba.
Gualeguaychú se encuentra hoy en una encrucijada. Volver al pasado, reciclar los nombres que ya conocemos y que fueron protagonistas de esa desidia, no es una alternativa: es una condena. Es repetir el ciclo del populismo que solo ofrece espejismos mientras la realidad nos desborda.
La memoria no debe ser un arma de ataque, sino una guía para no volver a tropezar con la misma piedra. El futuro de Gualeguaychú no puede estar atado a quienes, lejos de construir, solo supieron ser expertos en la administración del abandono.
Redacción: Nova Comunicaciones.