Panadero modelo, cazador premiado y padre de familia ejemplar, así actuaba el brutal asesino de Alaska
Se le adjudicaron 17 femicidios y más de 30 secuestros y violaciones entre 1971 y 1983. Las autoridades creen que su raíd criminal puede haber superado las 30 víctimas fatales.
El panadero que cazaba mejor que nadie
Durante casi dos décadas, Robert Christian Hansen fue un vecino respetado de Anchorage, la ciudad más grande de Alaska. Tenía su panadería en la avenida 9th y Old Seward Highway, conocida entre los clientes por el olor constante a pan recién hecho y la puntualidad de su dueño. La gente lo llamaba Bob.
Había nacido en Estherville, Iowa, en 1939, y era el hijo de un panadero danés inmigrante. Hansen aprendió el oficio de su padre desde chico. Tenía un carácter tímido y una marcada tartamudez y por esto recibía burlas en su juventud. En 1960, se casó por segunda vez, se estableció en Alaska y fundó una pequeña empresa de panadería que le dio reputación y estabilidad económica.
Por los años ´70 del siglo XX, Anchorage era una ciudad en crecimiento por el auge petrolero del oleoducto Trans-Alaska. Hansen representaba el modelo de ciudadano laborioso. Era miembro activo del club de tiro y cazador premiado. En 1967, había batido un récord de caza con arco.
Los periódicos locales lo retrataban como el panadero que cazaba mejor que nadie.
Una vida doble que nadie había imaginado
Vivía con su esposa Darla Marie Henrichsen, maestra de escuela, y sus dos hijos. Colaboraba con la parroquia y mantenía una conducta que, para los vecinos, era irreprochable. Sin embargo, detrás de esa imagen se escondía una vida doble que nadie había imaginado.
Antes de llegar a Alaska, Robert Hansen ya había mostrado señales de desequilibrio y resentimiento. Las burlas por su forma de hablar, la humillación permanente formaron el núcleo de su resentimiento contra las mujeres, especialmente las que lo rechazaban. Con sus compañeros varones, el asunto era diferente pues reconocía su falta de valor para enfrentarlos abiertamente.
En 1960, trabajaba como ayudante de panadero en el negocio familiar cuando cometió su primer delito grave: incendió un almacén escolar supuestamente para vengarse de los que lo habían humillado. Fue arrestado y condenado a tres años de prisión, de los cuales cumplió menos de un año gracias a su buena conducta.
Durante su reclusión fue sometido a evaluación psiquiátrica. El informe, firmado por el doctor Arnold Norem, lo describía como un sujeto con profunda inseguridad, propenso a la mitomanía, baja tolerancia a la frustración y fantasías de venganza sexual. Después de salir de prisión, se casó con una mujer de su iglesia luterana, pero el matrimonio duró poco. Ella lo abandonó cuando descubrió su afición por las armas y su temperamento inestable.
En 1967 se mudó a Anchorage, Alaska, con su segunda esposa, Darla Marie, creyendo que la distancia lo redimiría, pero sus problemas continuaron. En 1971, fue arrestado por secuestro y violación de una mujer, junto a un cómplice. Pasó poco tiempo en prisión porque el juez consideró que era un hombre trabajador que merecía una segunda oportunidad.
Desde entonces, Hansen perfeccionó un método de doble vida: por las mañanas, el panadero cumplidor; por las noches, el hombre que patrullaba las calles y los bares del centro, donde trabajaban prostitutas y bailarinas que habían llegado a Anchorage atraídas por el dinero del petróleo.
Sabía cómo moverse sin despertar sospechas
Robert tenía camioneta, avión propio -una Piper Super Cub- y un permiso de caza que le permitía internarse en las zonas deshabitadas de Alaska.
Su estilo criminal se definió hacia 1973: desapariciones de mujeres jóvenes, todas prostitutas o empleadas de bares, sin familia cercana, cuyos casos no provocaban el interés de nadie y se archivaban sin investigación. Nadie imaginaba que detrás de esas ausencias estuviera aquel hombre correcto que los domingos iba a misa con su familia.
El criminal quedó completamente encubierto por el ciudadano modelo. Mientras los noticieros lo mostraban recibiendo premios de tiro con arco, Robert Hansen ya había matado al menos a seis mujeres.
Hansen vivía con una disciplina férrea. Se levantaba a las cuatro para amasar pan y abría su negocio a las cinco. Cerraba al mediodía, dormía una siesta corta y por la tarde se dirigía a los bares donde las mujeres buscaban clientes o transporte. Allí elegía.
El modus operandi era casi siempre el mismo
Les ofrecía dinero, una comida o la promesa de posar para fotografías en su cabaña de caza. Cuando accedían, las atacaba, las llevaba a su casa familiar mientras su esposa y sus hijos estaban fuera, antes de la noche cerrada. Allí las amenazaba con un arma, las maniataba, las violaba y las trasladaba en su avión particular, el Piper Super Cub N3089Z, hacia áreas deshabitadas al norte del río Knik y en la región del Matanuska-Susitna Borough, una enorme extensión de naturaleza salvaje y valles agrícolas, montañas y glaciares.
Una vez en tierra, el ritual se volvía macabro: les daba una ventaja mínima, las obligaba a correr por el bosque y luego las cazaba con su rifle o su arco de caza. Luego las enterraba. Durante años, el terreno (bosques, tundra, zonas sin caminos) y la indiferencia policial le dieron cobertura. Las mujeres desaparecían y nadie unía los casos, a pesar de que el perfil de las víctimas era el mismo: chicas de 16 a 25 años, con cabello largo, camareras de clubes o de prostíbulos del área de Fourth Avenue. Todas ellas desaparecidas entre 1973 y 1983.
El primer cuerpo identificado con certeza fue el de Eklutna Annie, nombre dado a una joven no identificada hallada en 1979 en un camino cercano a la aldea de Eklutna. A ese hallazgo, siguieron otros: Joanna Messina (1980), Sherry Morrow (1981), Paula Goulding (1983). Todos los sitios de enterramiento compartían la misma disposición: tumbas superficiales, restos cubiertos de grava y tierra, proyectiles del mismo calibre y la huella de un avión ligero en las cercanias de esas improvisadas tumbas.
Recién en 1982, el FBI revisó los informes de mujeres desaparecidas y comenzaron a detectar coincidencias: fechas, descripción del secuestrador, vehículo, zonas. El perfil elaborado por el agente John Douglas describía a un hombre blanco de entre 40 y 50 años, propietario de negocio, buen vecino, cazador meticuloso, casado, con un historial de delitos sexuales y fuerte sentido de control. Pero nadie sospechó aún del panadero, que ya llevaba 17 víctimas.
Darla, la esposa de Hansen, jugó un papel a su favor sin darse cuenta. Sabía que su marido era reservado y que pasaba largas temporadas cazando. No preguntaba, confiaba. En la casa, había un sótano al que solo él bajaba. Allí guardaba trofeos de caza, armas, fotos y un pequeño mapa plegado: el registro de las muertes.
Solo cuando una víctima logró escapar, el muro comenzó a resquebrajarse
El 13 de junio de 1983, a las siete, una joven de 19 años corrió esposada y descalza por la Fifth Avenue de Anchorage. Se llamaba Cindy Paulson. La recogió un camionero que la llevó a la comisaría. Estaba temblando, tenía las muñecas marcadas y aún llevaba en uno de los tobillos el alambre con que la habían atado. Dijo que un hombre de unos cuarenta años, bajo y con lentes, le había ofrecido dinero por sexo oral. Luego la encañonó con un revólver, la llevó a su casa en Old Harbor Avenue, la violó y la encadenó. Después, la obligó a subir a un pequeño avión estacionado en una pista privada de Merrill Field. Mientras preparaba el vuelo se distrajo un momento y ella aprovechó para huir por una puerta lateral del hangar.
La descripción que dio, es decir una casa de dos plantas, un avión amarillo con franja marrón, coincidía con un único propietario de la zona: Robert Hansen.
Dos policías, Gregg Baker y Glenn Flothe, fueron a lo del panadero a interrogarlo. Hansen, muy amable, les dijo que conocía a la joven, que la había llevado a su casa, pero que ella lo había chantajeado pidiéndole dinero. Mostró recibos de compra en un restaurante a la hora estimada del secuestro. El caso quedó en suspenso, y Cindy Paulson, sin protección, desapareció del radar oficial.
Sin embargo, el policía Glenn Flothe no abandonó la investigación. Durante meses, revisó los archivos de mujeres desaparecidas en los últimos 10 años y detectó un patrón que coincidía con la historia de Cindy. Con el apoyo del FBI, obtuvo una orden de allanamiento en octubre de 1983.
El sótano de Hansen
El 27 de octubre, agentes federales y estatales ingresaron a la casa y al sótano de Hansen. Allí encontraron joyas pertenecientes a varias víctimas, armas de fuego, recortes de periódicos y, dentro de una caja metálica, un mapa topográfico de Alaska con 37 cruces rojas marcadas a lo largo del valle de Knik y del río Susitna.
Cuando se le mostró el mapa, Hansen calló. Los forenses excavaron los sitios señalados y hallaron al menos doce cuerpos. Los exámenes balísticos confirmaron que las balas coincidían con su rifle Mini-14 calibre .223.
Ante la evidencia, Robert Hansen confesó parcialmente el 22 de febrero de 1984. Reconoció 17 asesinatos y más de 30 secuestros y violaciones entre 1971 y 1983.
El panadero modelo, el cazador premiado, el padre de familia ejemplar, resultó ser uno de los asesinos seriales más prolíficos en la historia de Estados Unidos. Cuando los psiquiatras le preguntaban si se consideraba un asesino, respondía: No. Solo un hombre que perdió el rumbo.
El agente Flothe, que dirigió la investigación, escribió años después: Hansen no era un monstruo escondido en el bosque. Era el hombre que te vendía el pan y te decía buenos días. El panadero que cazaba mujeres y marcaba sus muertes con cruces en un mapa, el hombre correcto que transformó la confianza de su comunidad en un escudo perfecto.
El juicio
El 18 de febrero de 1984, Robert Christian Hansen compareció ante el Tribunal Superior del Estado de Alaska, en Anchorage. El juicio no duró mucho: las pruebas eran abrumadoras y la defensa solo buscaba evitar la pena de muerte. El 22 de febrero, Hansen se declaró culpable de cuatro asesinatos -los de Joanna Messina, Sherry Morrow, Paula Goulding y Eklutna Annie-, además secuestros y violaciones. A cambio, el fiscal Frank Rothschild retiró el pedido de pena capital y acordó la prisión perpetua. De hecho, cinco días después de los alegatos finales el juez Ralph Moody dictó la condena: 461 años de cárcel.
Darla presentó una solicitud de divorcio, vendió la panadería y se mudó con sus hijos a otra ciudad bajo otro apellido.
En prisión, Hansen llevó una vida metódica. Trabajó en la biblioteca y cocinó para otros reclusos. Solo en 2003 aceptó una breve conversación con un periodista del Anchorage Daily News, a quien dijo: Me arrepiento de haber traído vergüenza a mi familia. Lo demás... ya pasó.
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Fue un cineasta de Nueva Zelanda, Scott Walker, el que llevó la historia al cine. Había comenzado a escribir un guión de película de ficción sobre un cazador y su obsesión de cazar seres humanos y matar, hasta que un colega le dijo que tenía muchas similitudes con la historia de Hansen. Realizó la película The Frozen Ground. El actor John Cusack interpretó al panadero.
Hansen murió el 21 de agosto de 2014, a los 75 años, por complicaciones cardíacas. Los forenses continuaron identificando cuerpos en las zonas marcadas de su mapa.
En 2021, se logró identificar a Robin Pelkey, apodada Horseshoe Harriet, cerrando uno de los últimos casos abiertos. En total, diecisiete víctimas confirmadas y al menos doce más probables componen hoy el registro del caso.